El salvador
Ettore Santacroce
Italia me recibe con el frío limpio de un aeropuerto privado: mármol claro, demasiado cristal y gente entrenada para fingir que no ve nada.
Amélie camina a mi lado con las gafas de sol puestas, todavía con el sol de Egipto pegado a la piel, pero con la postura de siempre, lista para cualquier cosa, y, en un momento dado, apoya la mano en mi brazo y seguimos juntos, como corresponde a una pareja que acaba de llegar de su luna de miel.
El teléfono vibra en el bolsillo interior de la americana.
El mensaje de Edoardo aparece en la pantalla, crudo, con toda la información que de verdad importa.
Lo leo y todo a mi alrededor se convierte en ruido durante un segundo.
La palabra padre remueve algo duro dentro de mí, un monstruo que, por lo general, no sale a la superficie.
Lo leo de nuevo, como si la repetición pudiera devolverme el control.
No lo hace.
Cojo el móvil y llamo a Niklaus antes de que mi expresión cambie lo suficiente como para que Amélie lo note. Contesta rápido.
—Santacroce.
—Necesito otro servicio —digo, y levanto la mano, indicándole a Amélie que me espere, mientras me aparto unos pasos hacia un rincón del vestíbulo, donde el sonido no llega con claridad.
—¿Qué es esta vez? —pregunta Niklaus, y oigo la sonrisa en su voz—. Los favores que pides suelen ser bastante divertidos. ¿Quién es?
—Vas a tener que entrar de nuevo, pero esta vez iré contigo.
El silencio se prolonga al otro lado.
—¿Estás seguro? Acabo de coger la puta corona. Deben de estar atentos.
—No lo suficiente para nosotros. Estudia los cambios en la seguridad. Necesito ocuparme primero de algo importante aquí, pero me reuniré contigo dentro de una semana. Te mando los detalles después.
—Está bien, pero me debes una.
—Y yo siempre pago. —Cuelgo.
Vuelvo junto a Amélie con el teléfono aún caliente en la mano. Está mirando un escaparate cualquiera, sin verlo de verdad.
—Amélie —la llamo.
Ella vuelve el rostro despacio.
—¿Qué pasa?
Sopeso la pregunta antes de soltarla, porque sé lo extraña que va a sonar.
—¿Tu padre es diestro o zurdo?
Ella parpadea, confundida de verdad, como si su cerebro se hubiera atragantado con la palabra padre después de días intentando fingir que la vida podía ser solo mar y farolillos.
—¿Qué? ¿Por qué quieres saber eso así, de repente?
—Responde —le pido con una sonrisa amable que no delata el tamaño de la mierda que me pasa por la cabeza.
Ella aprieta el asa del bolso.
—Diestro. ¿Pero no vas a decirme por qué?
Siento que el estómago se me contrae una única vez al pensar en cuánto sufrió a manos del desgraciado.
—Gracias.
—Ettore, ¿qué está pasando? —pregunta, con esa cautela de siempre en la voz.
Me acerco un poco, solo lo suficiente como para que sienta que no estoy lejos, aunque durante nuestro último día de luna de miel haya estado un poco raro, porque todo lo que descubrí me dejó trastornado.
—Nada. Está todo bien entre nosotros, más que bien. Solo necesito resolver una cosa. Vamos a coger el helicóptero ahora y te dejo en casa para que estés con Alessia. Filippo está allí con ella y Rosimeire.
Ella sostiene mi mirada, desconfiada, y veo cómo las ganas de preguntar más luchan contra el miedo a la respuesta.
—¿Resolver qué?
—¿De verdad necesito decirlo? —respondo con otra pregunta, sin parpadear.
Antes de que vuelva a abrir la boca, uno de mis hombres se acerca discretamente y avisa:
—El helicóptero ya está listo, Don.
Conduzco a Amélie por el pasillo exterior del aeropuerto.
El viento es ligero, pero cortante, y arrastra olor a combustible y a asfalto caliente.
El sonido de las hélices ya llega desde lejos, creciendo en el aire hasta convertirse en un rugido constante.
Delante, el helicóptero nos espera con las luces de navegación parpadeando, negro y demasiado limpio.
El fuselaje brilla bajo los focos como una pieza de lujo hecha para la guerra.
Uno de mis hombres abre la puerta incluso antes de que lleguemos y el piloto, con los auriculares puestos, se limita a asentir, concentrado en el panel.
Amélie sube primero. El vestido se le pega a las piernas con la corriente de aire. Pongo una mano firme en la parte baja de su espalda, guiándola, y ella se acomoda en el asiento y se abrocha el cinturón con dedos rápidos.
Entro a continuación y cierro la puerta con un clic pesado. El ruido del exterior cambia de inmediato y se convierte en un ronroneo amortiguado. Entonces me inclino, pulso el botón del intercomunicador y hablo con el piloto en un tono breve, como una orden.
—Primero vamos a dejar a la señora Santacroce en casa. Después, directos a la nave.
El piloto hace una señal para confirmar que ha entendido y las hélices ganan velocidad. El helicóptero tiembla mientras el suelo se aleja de nosotros.
—Alessia tiene hemodiálisis hoy. Llegamos justo a tiempo. Voy a pedirle al chófer que nos lleve y después vuelvo directamente a casa —dice, mordiéndose la punta de una uña.
Asiento en señal de acuerdo. Quiero decirle que no vaya, que Alessia ya no va a necesitar las sesiones, pero me controlo.
El vuelo es rápido, directo, una línea recta que corta el cielo. Conforme nos acercamos a la mansión, las luces del helipuerto aparecen como un círculo de aterrizaje dibujado en la oscuridad.
El descenso empieza suavemente. El helicóptero se inclina y pierde altitud. El viento se levanta en oleadas y el sonido de las hélices parece romper el espacio.
Tocamos tierra con una sacudida controlada. Las hélices continúan girando, levantando polvo. Me desabrocho el cinturón, extiendo la mano hacia Amélie y sus dedos se cierran sobre los míos.
La puerta se abre y el viento nos golpea como un empujón. Bajo primero, ayudo a Amélie a bajar y la conduzco fuera del círculo del helipuerto, lejos de las hélices, hasta que Filippo llega para acompañarla hasta la entrada.
Al verla entrar en casa, vuelvo al helicóptero y me dirijo directamente a la nave. Minutos después, con el ruido de las hélices todavía vibrando en mis oídos, llego al barracón. Francesco me recibe en la puerta, pero no pierdo el tiempo.
—¿Has preparado la camilla y el equipo que pidió el médico?
—Sí, Don. Acabo de ponerlo todo ahí dentro.
—Perfecto. Debe de estar a punto de llegar —digo.
Cuando entro en la sala, veo a David, prisionero y atado a la silla como si ya formara parte de ella, como si le hubieran atornillado el cuerpo en aquel lugar.
Tiene la boca hinchada y torcida, el labio abierto en una línea irregular y el rostro sucio de sangre seca por todo lo que Edoardo le ha hecho.
Pero lo que me atrapa primero no es lo que veo: es el olor a hierro y esa nota amarga de carne cauterizada, de quemado controlado.
Incluso a distancia, veo las zonas oscurecidas y brillantes donde la cauterización ha sellado lo que ya no puede seguir sangrando.
Tiembla con sacudidas breves, con sudor frío en la frente y los ojos demasiado vidriosos y dilatados, y reconozco el truco: adrenalina en la sangre, fuerza prestada para que no se apague antes de tiempo.
Me ve y, por un instante, aquellos ojos me siguen con una esperanza sucia, la última mentira de quien aún cree que existe una negociación cuando todo ya se ha acabado.
Con el rabillo del ojo, veo a Edoardo, ya sin la máscara. Está sentado en el suelo, apoyado en un pilar, como si el lugar fuera suyo y el caos fuera solo decoración.
Fuma con la calma de quien ya ha terminado el trabajo y ahora decide si aplaude o empieza otro por aburrimiento.
Gira el cigarrillo entre los dedos como si barajara cartas y el ascua se enciende y se apaga a su ritmo.
La sonrisa torcida aparece y desaparece, indecisa entre el encanto y la amenaza, y su mirada permanece fija en David, como la de un artista que contempla su propia obra antes de firmarla.
Veo un trozo de carne colgando del cuello del guardia y tardo un segundo en entender de qué se trata. En otras circunstancias me habría parecido exagerado, repugnante, pero, cuando me pusieron al corriente de toda la verdad durante el último día de mi viaje, me invadió un odio brutal.
Cuando le pedí a Niklaus que trajera a Rosimeire y a David a Italia, mi intención con respecto a él era limitarme a extraer lo que necesitaba, pero la conversación con Rosimeire sacó a la luz una historia oscura que aún no había oído entera.
Mientras creía que David era solo un cobarde que había rechazado a su propia hija y abandonado a Amélie a su suerte, el plan era muy distinto.
No saldría vivo de aquí, pero tendría una muerte limpia.
Sin embargo, cuando supe que la había violado y creí que también la había apaleado, el plan se volvió mucho más sombrío.
—¿Recibiste mi mensaje? —pregunta Edoardo, arqueando las cejas.
—Sí. ¿Estás seguro de eso? ¿De que fue su padre?
—Señor, se lo juro... —me interrumpe David, desesperado.
Intenta decir algo más, intenta usar la educación como escudo, pero la voz le sale débil, raspada, como si cada palabra lo obligara a gastar demasiada energía. Levanto la mano en un gesto breve y definitivo. Se traga el resto al instante.
—Soy Ettore Santacroce —me presento, y la calma de mi voz es la parte más cruel—. Y creo que ya sabes exactamente por qué estoy aquí.
Desvía la mirada, rápido, cobarde.
—Yo no... lo juro...
—No he venido a oír juramentos, sino a cumplir una promesa que le hice a mi esposa —digo—. Ponedlo en la camilla —ordeno, y los soldados se mueven al instante.
El médico llega pocos minutos después, puntual, sujetando el maletín rígido. Tiene una mirada clínica que no juzga, sino que solo calcula. Es uno de los nuestros, un médico de la mafia acostumbrado a coser silencios y mantener a la gente viva durante el tiempo exacto.
Evalúa a David como quien analiza un animal antes del sacrificio y David empieza a llorar incluso antes de que alguien lo toque, un llanto feo, sin dignidad.
—Por favor... ¿qué vais a hacer conmigo? No volveré a tocarla jamás, lo juro...