El guardia y la princesa #2
Me levanto, cojo el trapo de su boca y se lo arranco de un solo tirón. Él se atraganta, cogiendo aire como si hubiera olvidado cómo respirar.
—Por favor... yo... yo no...
Me encajo el puño americano en los dedos, sintiendo que el metal frío afianza mi mano como una sentencia firmada.
No aviso, solo avanzo un paso y lo golpeo de lleno.
La cabeza se le sacude hacia un lado con el impacto y el sonido que viene después no es solo de dolor: es el de algo que se rompe.
La sangre brota al instante, caliente y oscura, resbalando por la barbilla y manchando la camisa, y varios dientes se desprenden y caen, golpeando el hormigón con un tintineo ridículo, demasiado pequeño para el tamaño del error que cometió.
—Vas a hablar cuando yo lo ordene, desgraciado.
Vuelvo a rodear la silla despacio, dejando que mis pasos sobre el hormigón marquen el tiempo, segundo a segundo, como un juez que no necesita levantar la voz para condenar.
—Lo que todavía no sabes es cuánto odio la cobardía, David. ¿Sabes qué hago con los hombres que se meten bajo unas faldas que no se han levantado por voluntad propia? —pregunto.
Él intenta enderezar la cabeza, pero el cuerpo no le obedece a la primera.
Su boca está torcida y se hincha deprisa, y cada vez que traga debe de sentir con más intensidad el sabor a hierro.
La sangre le chorrea por la comisura de los labios, mezclada con saliva, bajando por la barbilla y manchando la camisa.
Pasa la lengua por donde antes había dientes y solo encuentra un vacío, un agujero que acrecienta el pánico en sus ojos.
Cuando habla, la voz le sale pastosa, fallida, como si el dolor le ocupara la garganta y empujara las palabras con violencia.
—Yo... yo no le hice daño —se defiende, desesperado, como si la frase fuera un chaleco salvavidas—. Lo juro. No le hice daño.
Me detengo y vuelvo el rostro hacia él. El silencio regresa, pesado.
—Estás mintiendo —digo sin más—. La niñera la encontró en ese estado y tú eras el único que estaba allí. Amélie no negó que la obligaras.
David intenta negarlo, pero su boca ya no le obedece bien. La voz le sale rota, con las palabras tropezando contra el dolor.
—No estoy... —insiste, tragándose su propia desesperación—. Yo... yo no le hice daño de esa forma. Yo solo... lo del sexo. Pero ella... ella ya estaba llena de heridas aquella noche, los puñetazos y todo lo demás no fueron cosa mía.
Como el desgraciado admite la violación, que es lo peor, decido concederle el beneficio de la duda.
—Explícate mejor.
Se lame los labios por reflejo y hace una mueca cuando la lengua encuentra el corte. La mirada le tiembla, húmeda, demasiado desesperada como para poder sostener una mentira.
—Ella ya tenía las marcas, el ojo hinchado y sangre en el rostro —habla rápido, como si acelerar las palabras pudiera salvarle la piel—. Ella estaba... estaba llorando antes de que yo la tocara.
Me acerco despacio, hasta quedar lo bastante cerca como para que sienta que ya no le queda espacio ni dentro de su propia cabeza. Tiene que mirarme para no derrumbarse. Tengo ganas de meter la mano dentro de ese desgraciado y arrancarle de una vez un riñón y los demás órganos.
—¿Me estás diciendo que violaste a una chica ensangrentada, herida y llorando? ¿Por qué crees que decirme eso va a aliviarte en algo? —pregunto, incrédulo, sintiendo crecer la rabia.
Traga saliva.
—Sí, fui un mierda. Pero quien le pegó... fue el príncipe. —Lo suelta y la palabra sale con un miedo nuevo—. Dijo que su padre le había pegado. Él siempre le pegaba, era horrible, pero se enteraron de lo del bebé y entonces...
Algo dentro de mí hace un chasquido.
¿El desgraciado de su padre?
Me quedo inmóvil un segundo de más, asimilándolo. David piensa que ha encontrado una brecha e intenta coger aire como si aquello supusiera un alivio.
—Juro que yo no... yo no le pegué. ¡Puedes preguntar! Yo solo... yo solo...
—¿Solo le metiste la polla contra su voluntad?
—Sí... Pero todo lo demás... Has dicho que casi perdió al bebé, ¿no? Fue el príncipe, él fue quien apaleó a Amélie aquella noche, porque ella no quería abortar y porque el... el prometido no iba a querer a la princesa embarazada.
Levanto la mano y él se queda paralizado al instante. Mi calma se convierte en lo más peligroso de la habitación.
El príncipe apaleó a su hija embarazada. Él siempre le pegaba...
La furia sube en mí, pero lo hace fría, organizada, como si alguien estuviera apilando hielo dentro de mi pecho y hubiera llamado a eso control.
Cojo el móvil del bolsillo del pantalón y, sin quitarme la máscara, busco el número de Ettore. Mis manos están demasiado firmes para alguien que acaba de oír todo eso.
El gusano ha soltado algo nuevo. Ha confesado el abuso, pero ha dicho que Amélie ya estaba herida cuando la encontró. Quien apaleó a tu mujer embarazada fue el desgraciado de su padre, el príncipe.
Se lo envío y guardo el teléfono, volviendo la mirada hacia David. Él tiembla en la silla, con la sangre seca en la comisura de la boca, como si se hubiera dado cuenta de que, al intentar salvarse, acaba de encender otra hoguera.
—Ahora... hasta que llegue el querido Don... —Dejo que la frase flote en el aire, casi cantada, como si estuviera anunciando un número de circo. Inclino la cabeza y lo miro con una curiosidad casi enfermiza—. Voy a preparar una despedida a la altura de tu orgullo.
Hago una pausa, solo para que entienda y sienta cómo la palabra despedida crece en su interior.
—No será como imaginas... —continúo, y mi tono se vuelve peligrosamente ligero, casi divertido—, sino como mereces.
Mi sonrisa se ensancha despacio detrás de la máscara, larga y sádica, mientras saboreo la idea antes de servirla.
Veo que el pánico se apodera de él en el instante en que entiende que no existe negociación posible.
Su pecho se convierte en una máquina descontrolada, con bocanadas cortas y entrecortadas, y la silla cruje cuando David intenta debatirse, como si todavía pudiera encontrar una salida o cavar el hormigón con fuerza bruta.
Su voz estalla, fuerte y rota, en un caos de súplicas e insultos mezclados, palabras atropelladas que lanza al aire como si el ruido pudiera convertirse en una defensa, un torrente desesperado que llena la habitación y lo ensucia todo, hasta el silencio.
Pongo los ojos en blanco ante el drama.
Cojo la mordaza y vuelvo a metérsela en la boca sin la menor delicadeza.
La tela le roza los dientes rotos y le arranca un chasquido de dolor que muere antes de convertirse en palabra.
Tenso las tiras detrás de su cabeza de un solo golpe, apretando hasta que el trapo le muerde la piel y corta cualquier frase de raíz.
Lo que sale de él se convierte únicamente en un lamento amortiguado, preso en la garganta y condenado a no llegar a ninguna parte.
Sin prisa, apoyo la hoja en la tela y empiezo a cortarle la ropa con movimientos limpios y pacientes, como un artesano que conoce su propio ritual.
La tela cede con un sonido bajo a cada rasgón y retiro, uno a uno, los últimos pedazos de protección, hasta que no queda en él nada más que piel expuesta y cobardía temblando.
Su polla, ridículamente blanda y flácida, cuelga entre las piernas.