El guardia y la princesa
EDOARDO SANTACROCE
Llego a la nave un poco antes de que Ettore vuelva del viaje a Egipto. El plan es llevar a mi víctima al límite para solo entonces sacarle lo que de verdad necesitamos. Y esta vez cuento con la autorización del Don para jugar con él todo lo que quiera.
Francesco está apoyado en un pilar, con los brazos cruzados y la expresión calmada de siempre.
—La basura está ahí atada, esperándote.
Me quito el abrigo y recorro con la mirada el pasillo interior, donde la puerta metálica separa la nave del espacio que usamos cuando queremos arrancar una confesión... o un alma.
—¿Ha hablado? —pregunto.
—Bastante. Suplicó, lloró. Pero, como todo era en alemán, no entendí ni una puta mierda.
Suelto el aire por la nariz, sin rastro de humor.
Voy hasta el fregadero del rincón, abro el grifo y dejo correr el agua.
El ruido del grifo abierto llena el silencio durante unos instantes.
Me lavo las manos despacio, frotándome bien los antebrazos hasta los codos.
Jabón, aclarado y jabón otra vez. Cumplo mi ritual de siempre, como si estuviera a punto de entrar en un quirófano.
El pensamiento me arranca una sonrisa. En cierto modo, lo estoy, y necesito sentir el agua llevándose el mundo de fuera antes de adentrarme en el de dentro.
Contemplo mi reflejo en el trozo de espejo torcido fijado a la pared. El rostro que me devuelve la mirada es el mío: los mismos ojos y la cicatriz que me enseñó que la violencia puede venir de donde menos se espera. Pero no es ese el rostro que va a entrar en aquella sala.
Me seco las manos con una toalla áspera, cojo la máscara de la mesa metálica y la sostengo durante un minuto entre los dedos. La máscara no forma parte de un disfraz, sino de mi personalidad, una faceta reservada únicamente para quienes la merecen. Es el Diablo encarnándose una vez más.
Me la pongo despacio, cerrando una puerta por dentro, y se ajusta a mi rostro a la perfección. Mi respiración cambia en el instante en que el mundo empieza a llegar hasta mí filtrado, más amortiguado, más distante. Mejor.
Ya no soy Edoardo.
Ahora soy el Diablo.
Francesco me observa sin decir nada. Ya ha visto esto demasiadas veces como para impresionarse como los demás.
—Francesco, esta vez quiero oír Mein Herz brennt.
Él asiente, saca rápidamente el móvil del bolsillo y lo conecta al sistema de sonido. En cuestión de segundos, las primeras notas se apoderan de la nave, pesadas, oscuras, como si el aire también hubiera decidido participar.
Rammstein encaja aquí como un guante. El metal industrial le da al lugar la banda sonora que merece, brutal, mecánica, sin delicadeza.
Espero a que la música tome cuerpo y dejo que la introducción se arrastre por el hormigón hasta que el golpe encuentre el ritmo de mi pulso. Solo cuando llega la parte que quiero, la que me hace vibrar con la melodía, me muevo.
Sie kommen zu euch in der Nacht
(Vienen a vosotros por la noche)
Dämonen, Geister, schwarze Feen
(Demonios, espíritus y hadas negras)
Sie kriechen aus dem Kellerschacht
(Se arrastran desde el sótano)
Und werden unter euer Bettzeug sehen
(Y mirarán debajo de vuestras mantas)
Camino hasta la puerta metálica y la empujo.
El chirrido es largo, desagradable. Dentro hay algunos focos repartidos, preparados para más tarde, pero ahora están apagados.
La luz que queda es tenue y amarilla, calculada para cansar la vista y hacer que el tiempo parezca más lento y el aire, más frío.
Aquí dentro, la temperatura siempre es diferente, como si la nave guardara ese frío a propósito, no por casualidad, sino para aumentar el terror.
Miro hacia el centro y allí está él, atado a una silla, con las manos sujetas detrás y los tobillos inmovilizados.
Lleva un trapo en la boca, rasgado por los bordes de tanto intentar masticarlo.
Tiene los ojos abiertos de par en par, con las pupilas dilatadas, esa clase de miedo que hace que el cuerpo quiera correr incluso cuando no hay adónde ir.
Llegó a la ciudad junto con Rosimeire. Niklaus se encargó de la entrega el día de la boda, pero, mientras ella fue directamente a la mansión, él vino aquí.
Su situación ya era crítica porque lo trajeron con un objetivo muy específico, pero, después de que Filippo y yo tuviéramos una charlita con Rosimeire, todo adquirió otra dimensión.
David.
Ya he estado aquí observándolo al otro lado del cristal, estudiando a mi víctima. Pero, aunque nunca lo hubiera visto, no me sorprendería en absoluto. Ya he visto a muchos de ese tipo.
Lo bastante guapo y amable como para engañar y manipular, pero cobarde cuando le niegan lo que quiere.
Cierro la puerta detrás de mí y dejo que el silencio trabaje. Él me ve. Ve la máscara. Y entiende lo que significa. Su pecho sube y baja deprisa, como si no le llegara bien el aire.
Sé que el alemán es la lengua materna de David. Por eso, cuando empieza la música, entiende cada palabra y eso cambia la forma en que me mira.
Para él, la letra no suena a música, sino a una invocación sombría, una canción de cuna corrompida, demasiado dulce en la superficie y podrida por dentro.
Un cuento infantil contaminado por pesadillas, de esos que oyes cuando eres niño y te pasas el resto de la vida intentando olvidar.
Veo cómo su miedo cambia de textura cuando se da cuenta de que no solo va a tener que lidiar con lo que puedo hacer con las manos, sino también con lo que aquellas palabras, comprendidas por completo, pueden hacer dentro de su cabeza.
Camino hasta quedar a pocos pasos de él.
David intenta hablar, pero el trapo amortigua su voz. Intenta mover el cuerpo, pero las cuerdas lo sujetan. Cojo una silla y me siento frente a él, como si fuéramos a mantener una conversación civilizada.
—La cosa es la siguiente, David —empiezo con un suspiro—. ¿Sabes ya por qué estás aquí?
Él sacude la cabeza, desesperado.
—Voy a refrescarte la memoria con un cuento de hadas. ¿Qué te parece?
Como no dice nada, empiezo con voz tranquila, como si esto fuera solo una historia.
—Érase una vez un guardita de palacio que encontró a la princesa y le gustó lo que vio.
Ella era preciosa, pero un poco inocente, y su padre quería que se casara con un sapo horroroso —digo, abriendo mucho los ojos de forma teatral—.
El guardita pensó: ¿Qué? Si ese sapo puede, yo también puedo.
Entonces se acercó a la princesa y la sedujo con dulces palabras y promesas, robándole besos apasionados en el jardín del palacio.
Sus ojos parpadean deprisa. Negar siempre es el primer reflejo.
—El guardia convenció a la princesa Amélie de que huirían juntos y le quitó su...
joya preciosa —digo su nombre despacio, solo para ver el efecto—.
Y entonces, cuando ella lo buscó desesperada porque estaba embarazada, el guardia dijo que nunca había prometido nada.
Él no tenía nada que ver con aquel bebé.
Veo cómo se le mueve la garganta al tragar.
—Aun sabiendo que ella podía morir por haberse entregado a un mero plebeyo.
—Hago un gesto de desdén con la mano—. El guardita malvado dijo que él no tenía la culpa de que ella no hubiera tomado precauciones y, cuando ella le suplicó que la ayudara, él la hirió, le pegó, como hacen los cobardes.
—Inclino la cabeza, estudiando su reacción.
Él emite un sonido desesperado detrás del trapo y su cuerpo se debate, lo suficiente para demostrar que el recuerdo sigue vivo.
—La princesa dijo que iban a matar a su bebé, que querían quitárselo.
¿Y qué hizo el guardita? —canturreo las palabras con un tono casi demasiado ligero para tener cabida aquí dentro.
Miro hacia arriba, buscando la respuesta en el techo, y chasqueo la lengua como quien intenta recordar el final del cuento—.
Déjame pensar... —La sonrisa se ensancha despacio, torcida, lunática—.
Ah, claro. Dijo que estaba feliz porque era lo mejor para él.
Me levanto despacio y rodeo la silla. Me quedo detrás de él durante un instante y David intenta girar el rostro, pero no puede.
—Y, antes de que ella pudiera escapar, el guardia fortachón la empujó contra un árbol para forzar una despedida.
Era solo una última vez. Ella ya había aceptado antes, ¿por qué iba a negarse ahora?
—pregunto despacio—. ¿Solo porque él había apaleado a la princesa y había dicho que era estupendo que le arrancaran al bebé?
No, él merecía aquella despedida... —Dejo escapar una risa breve detrás de la máscara, torcida, casi alegre—.
Lo bueno de esta historia es que ahora ya sé cuánto te gustan las despedidas, David.
Por eso, dentro de poco, también voy a darte una.
Una despedida esmerada para tu polla... —le cuento, con una sonrisa sádica—.
No voy a abrirte ahora porque todavía me eres útil.
Pero te garantizo una cosa: no serás el mismo hombre que entró aquí cuando haya terminado contigo.
Él deja de moverse y su miedo se vuelve más quieto, más pesado. Como si el cuerpo entendiera que negarlo ya no sirve de nada. Me acerco a su oído y mi voz sale en un hilo.
—Pero, volviendo a nuestro cuento de hadas, aquella noche la niñera de la princesa surgió de entre las sombras.
Él se queda helado.
—Golpeó al guardia malvado en la cabeza por detrás y cuidó de la princesita herida.
Me aparto un paso, vuelvo al frente y me agacho despacio a la altura de sus ojos, con un teatrillo calculado y una sonrisa torcida en la comisura de la boca.
—La princesita casi perdió a aquel bebé, ¿sabes?
Estaba muy malherida, pero la niñera la ayudó a huir y ella vino a esconderse aquí —digo, abriendo los brazos para señalar mi Italia—.
Vamos a saltarnos los detalles. Resulta que ahora aquella princesita se ha convertido en la reina de la Cosa Nostra.
Así que el guardita está jodido, querido.
Se le abren tanto los ojos que podrían saltar de su rostro y caer a mis pies.
—Y aquí estamos nosotros.
Los ojos de David brillan de desesperación.