Ettore Santacroce El Don y la princesa del desierto #2
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El Don y la princesa del desierto #2

Empujo más hondo, entrando y saliendo, sintiendo cómo su sexo me comprime por dentro.

Sin avisar, le suelto el pelo, le tiro de los brazos hacia abajo para que queden a ambos lados del cuerpo y le empujo la cabeza contra el colchón.

Así, con el rostro pegado a la almohada y los brazos estirados a los lados del cuerpo, mantiene la cadera en alto, ofreciéndome el mejor ángulo para admirar su delicioso culo, la entrada mojada que me engulle y el culito rosado que todavía va a recibirme. Hoy no, pero lo hará.

Embisto, sintiendo cómo cada movimiento llega hasta el fondo de ella.

Amélie intenta guardar silencio, pero enseguida sus gemidos vuelven a resonar.

Siento que estoy cerca e intensifico el ritmo, follándola mientras imagino mi semen escurriéndose dentro de ella.

Con un gruñido animalesco, me corro y los chorros calientes de semen me proporcionan una sensación de alivio indescriptible.

Cierro los ojos solo durante un instante mientras una idea sucia y lasciva cruza mi mente.

Salgo de ella con la polla embadurnada de semen y de sus fluidos. Amélie se gira para mirarme, pensando que he terminado con ella.

—Abre la boca y chupa.

Aunque los ojos se le abren un poco, no se niega y hace lo que le ordeno.

Sus labios llenos forman una O y me la meto en la boca.

Ella lame cada gota de semen, gimiendo como si estuviera dándose un festín con mi polla.

Se le ensucia la comisura de la boca y veo a la tía buena pasarse la lengua por los labios.

—Eso es, sin desperdiciar nada. Trágatelo todo.

Como si fuera la mejor orden que ha recibido jamás, bebe de mi polla hasta que no queda nada.

El sol ya está bajo cuando salimos del hotel y el desierto parece una historia antigua fuera de la ciudad, dorado y quieto, como si el mundo hubiera evolucionado y hubiese dejado el misterio de las arenas anclado en un pasado remoto.

Como siempre, me he vestido con un traje impecable, la corbata en su sitio, el reloj en la muñeca y los zapatos de vestir brillando como si fuera a entrar en una reunión.

Filippo me llamó después del almuerzo y cambió buena parte de los planes que teníamos para un prisionero en concreto, lo que acabó enturbiando el ambiente de luna de miel que Amélie y yo disfrutábamos.

Aun así, hago todo lo posible para que ella no lo note.

No quiero que se preocupe ni se entristezca, así que finjo que no pasa nada.

Amélie se fija en mi ropa en cuanto entramos en el coche y veo que la comisura de su boca amenaza con dibujar una sonrisa.

—¿Estás seguro de que vas así? —pregunta, mirando mis pies como si la elección de los zapatos fuera un error.

—Es solo un paseo y no he traído zapatillas ni otra ropa.

—Claro. Para ti lo diferente es lo informal, ¿no?

Me encojo de hombros.

—Pero quiero montar en camello. ¿Cómo vas a hacerlo así?

Amélie lleva hablando del puto camello desde anoche y ha seguido hablando de él toda la mañana y durante el inicio de la tarde. ¿Cómo podría negarle una felicidad tan sencilla? Si quiere montar en camello, que así sea.

—Saldrá bien —respondo.

—Ettore, estás de traje —señala lo obvio.

—Lo sé.

Amélie suelta una risa breve, de esas que parecen escapar antes de que la persona consiga contenerlas.

—Eres completamente absurdo.

—Prefiero la palabra coherente.

Si llevo traje todos los días, en casa, en la calle y en todas partes, no va a ser ahora cuando cambie eso.

—Claro, solo porque estemos en un desierto cualquiera —me provoca.

Sonrío. Uso mis trajes hasta para torturas y asesinatos.

Un poco de arena no es nada. Cuando llegamos, el ambiente cambia.

El aire parece más seco y el espacio, más abierto.

Vemos algunas tiendas a lo lejos y un pequeño grupo de guías esperando, todos con ropas ligeras, pañuelos y esa mirada experta de quien ya ha visto a todo tipo de turistas intentando ponerse a prueba.

Bueno, no a todos, porque ninguno de ellos parece estar preparado para un hombre que aparece con un traje negro y zapatos de vestir.

Uno de los guías me mira de los pies a la cabeza, sin disimular la sorpresa.

—Sir... camel? —se aventura a preguntar en inglés, como si quisiera saber si estoy en el lugar equivocado.

Asiento.

—Camello —respondo en árabe.

Mira a Amélie, como si ella fuera la única explicación posible para lo absurdo de mi ropa. Ella intenta mantener el rostro serio, pero fracasa y veo el brillo en sus ojos.

—No te rías —advierto en voz baja, lo bastante cerca para que solo ella me oiga.

—No me estoy riendo —miente, con la voz cargada de diversión.

El camello se arrodilla con una lentitud casi ensayada y observo la altura del animal como quien evalúa un edificio. Ya he hecho cosas peores que esto, lo sé.

Amélie sube primero a uno de ellos. Ha venido preparada, con un conjunto ligero, un pañuelo en el pelo y las manos firmes sobre la silla. Se acomoda con más naturalidad de lo que esperaba y, cuando le miro el rostro, la sonrisa aparece, plena.

Preciosa...

—Vamos, Don Santacroce —me provoca en voz baja, como si fuera un secreto divertido—. Sube a tu camello.

Subo después, con la menor ceremonia posible, lo cual es difícil cuando uno intenta mantener la dignidad encima de un animal que tiene opinión propia.

El cuero de la silla cruje y la arena entra en mi zapato con el primer movimiento.

Lo noto, pero lo ignoro y me acomodo como si estuviera sentado en una silla cualquiera.