El Don y la princesa del desierto
Ettore Santacroce
—Amélie... —pronuncio su nombre con una advertencia implícita.
—¿Qué?
Doy un paso, acortando la distancia entre nosotros, y veo que su pecho sube levemente y que su respiración cambia de compás.
—No avanzo si tú no quieres.
—¿Y si nunca quiero? —pregunta, y la idea me causa dolor físico.
—Tendré que usar tus propios artificios para seducirte.
Una sonrisa sensual se dibuja en sus labios.
—¿Y cuáles son esos artificios míos?
—Como vamos a compartir la cama, puedo empezar a dormir sin ropa.
—Pero yo no duermo sin ropa...
—Puede ser, pero ese pijama transparente y nada son lo mismo.
—¿Y quién ha dicho que me puse eso para seducirte? —pregunta, con la mirada clavada en la mía.
Intenta sonreír, pero la tensión crece, volviéndolo todo más serio.
—Me sedujiste igualmente. Si lo prefieres, puedo vestirme de cura e intentarlo de otra manera.
Esta vez se le escapa una carcajada.
—No tengo fantasías con curas, lo siento.
—¿No? —Le toco el rostro con las yemas de los dedos y ella cierra los ojos—. ¿Cuáles son tus fantasías, esposa mía?
Y, cuando mis dedos rozan su cuello, inclina un poco la cabeza hacia atrás, dejándome vía libre.
—Generalmente incluyen al Don de la Cosa Nostra —admite, con un tono embriagado de deseo.
Mis dedos descienden hasta su pecho, bordeando el escote del vestido.
—Tu marido. Generalmente incluyen a tu marido —digo, acercándome a su oído para susurrárselo.
Amélie suelta un gemido bajo cuando le muerdo la piel en ese punto y el sonido envía una descarga directa a mi polla.
—Sí, son con él, todas con él...
—¿Ah, sí? ¿Y qué hace él contigo? —pregunto, con la mano ahora dentro del vestido.
—Más de lo que estás haciendo ahora...
Sonrío ante su osadía. Ahí está ella, la Amélie que es valiente y se enfrenta a todo y a todos, la mujer que sabe decir lo que quiere y cómo lo quiere, y no va a ser un príncipe hijo de puta el que destruya a mi chica.
Acerco un poco más mi cuerpo, casi pegándolo al suyo, pero le ofrezco la oportunidad de huir. No lo hace, se queda. Sus párpados cerrados tiemblan levemente.
—Ahora no hay vuelta atrás —digo con un tono ronco que delata el calentón.
Amélie asiente y abre los ojos.
—Lo sé, pero, como dije, eres mi marido.
—Lo soy...
—Y no veo ninguna razón para no disfrutar de los privilegios de ser tu mujer.
Mía.
Mi mujer.
—No hay ninguna razón.
Respira hondo una y otra vez.
—Te deseo a ti —dice Amélie, y su voz es casi inaudible, pero yo oiría esa rendición aunque ella solo moviera los labios.
Acerco mi rostro al suyo, deteniéndome a un centímetro, y entonces la beso. Como la primera vez, ahora tampoco es delicado. Es atropellado, desesperado.
Mi boca encaja con la suya y Amélie entreabre los labios para que mi lengua se deslice dentro.
Ese es el problema de refrenar el deseo, de intentar negarlo o huir de él.
Cuando la barrera se rompe, todo es mucho más intenso, lleno de prisa, como si hasta entonces una puerta hubiera contenido una tormenta.
Su boca está caliente y es deliciosa. Siento la mano de Amélie llegar hasta mi nuca y, cuando sus dedos se cierran allí, los restos de mi paciencia se deshacen.
Saco la mano de debajo de su vestido y le rodeo la cintura, tirando de su cuerpo hacia mí con tal fuerza que sus pechos se pegan a mi pecho.
—Ettore...
Amélie suelta un sonido bajo, otro de sus gemidos contenidos, y siento que su piel se eriza bajo mis dedos, que ahora recorren su espalda.
—Esto es una pésima idea... —susurra, pero sus manos están sobre mí y me besa con avidez.
—Tengo muchas ideas pésimas —respondo, con la boca rozando aún la suya, como una promesa.
Amélie ríe bajito contra mis labios y entonces aprovecha la mano que tiene en mi nuca para tirar de mí y volver a pegar su boca a la mía.
El gesto me alcanza como una chispa, encendiéndome todavía más.
La sujeto con más firmeza y el beso se profundiza de un modo que nos deja sin aire, no por falta de oxígeno, sino por exceso de sensaciones.
No volvemos a separarnos. La levanto del suelo y Amélie me rodea la cintura con las piernas, facilitando que la lleve hasta la cama.
—Necesito saborearte de nuevo. Solo con recordar tu sabor se me hace la boca agua.
Me desabrocho la camisa, dejando que la tela caiga sobre el sillón que hay junto a la cama. Me acerco y le subo el vestido hasta la cintura con prisa, como si el tiempo fuera demasiado escaso para desperdiciarlo con lentitud.
Las bragas minúsculas quedan al descubierto, provocadoras, con las tiras laterales tensándose contra la piel y el centro marcado por la separación de sus labios.
—Sabía que renovar tu armario merecería la pena.
Aparto la prenda con dos dedos y le rozo levemente la piel para que lo sienta todo.
Mi polla se endurece aún más cuando poso los ojos en su coño liso y expuesto. Paso el pulgar por su clítoris, sintiendo la humedad que se acumula alrededor, y me llevo el dedo a la boca para saborearla.
Amélie suelta un gemido y el sonido es más alto, lo suficiente para destruir mi autocontrol.
Ya no consigo contenerme. Bajo el rostro entre sus piernas, hundiendo la lengua con urgencia, y me sumerjo en su acogedora humedad, sintiendo cómo el sabor salado y dulce se extiende por mi paladar, como un vino prohibido que ansiaba desde hacía tiempo.
Ella arquea la espalda, sus dedos se enredan en mi pelo y tira de mí para acercarme más mientras se le escapan gemidos suaves de los labios entreabiertos, resonando por la habitación poco iluminada.
Su cuerpo responde con delicados temblores, la piel caliente contrastando con el satén frío del vestido enrollado alrededor de su cintura.
Exploro con avidez cada pliegue hinchado mientras mi pulgar presiona el clítoris para intensificar su placer y siento cómo palpita en la punta de mi lengua.
El aire está cargado ahora con una mezcla de nuestros olores, un aroma embriagador a deseo y sudor, y aquí, en esta cama, el mundo exterior se disuelve, dejando solo la conexión cruda y eléctrica entre nosotros.
Mientras continúo lamiendo y chupando, con un ritmo creciente, ella murmura mi nombre con un tono ronco que me incendia todavía más y mueve las caderas al compás de mi boca.
Con cada lamida, siento el cuerpo de Amélie rendirse por completo, sus uñas se clavan levemente en mis hombros y el sonido de su respiración jadeante se funde con mi propio pulso acelerado. Su delicioso coño tiembla con mis caricias.
Me incorporo solo para librarme de los pantalones.
Me los quito con manos ágiles y me deshago también de los calzoncillos.
Mi polla endurecida queda libre, palpitando con una necesidad urgente.
Vuelvo a agacharme para saborearla y envuelvo la base de mi polla con la mano, acariciándola despacio al principio.
El roce caliente envía descargas eléctricas por mi columna vertebral mientras mi boca permanece pegada al sexo mojado de Amélie.
Vuelvo a incorporarme y ella me mira, intentando comprender qué está pasando. Me tumbo en la cama a su lado.
—Ven aquí. Quiero que te sientes en mi cara.
Los ojos de Amélie se oscurecen de deseo y se mueve con rapidez, colocándose encima de mí, con las rodillas hundidas en el colchón y una pierna a cada lado de mi cabeza.
Baja lentamente. Dejo que sienta mi barba áspera contra su piel sensible mientras empieza a mover las caderas, frotando el coñito empapado contra mi rostro.
Deliciosa, mojada. Cada gota que sale de ella me vuelve más loco. Aprieto mi polla con fuerza y aumento el ritmo de los movimientos de mi mano. Ella se mueve una última vez antes de suplicar, casi desesperada.
—Ettore, necesito tenerte dentro de mí... ahora.
No es que yo quiera esperar más. Tiro de ella con firmeza y le aprieto la cintura con las manos en un gesto posesivo, guiándola hacia abajo mientras su coño deja un rastro de calor en mi pecho y mi abdomen, hasta que su cadera encaja sobre la mía y puede montarse en mi polla.
Con un suspiro compartido, la coloco sobre mí y me deslizo dentro de su coño.
Está tan mojada que apenas hay fricción.
El movimiento es fluido y la lleno por completo, hasta el fondo.
Amélie empieza a cabalgarme sin pudor, balanceando las caderas a ratos y subiendo y bajando acto seguido. La fricción crea una presión intensa que le arranca gemidos.
—Quítate eso —ordeno.
Ella se quita el vestido por la cabeza y sus pechos llenos quedan al descubierto. Ahora se balancean con cada embestida y la visión despierta un nivel de excitación que me vuelve loco.
Atrapo uno de sus pezones con la boca, succionándolo y tirando de él, provocándola mientras penetro más hondo en ella.
—Yo... Ya no consigo aguantar más —susurra, con la voz jadeante y cargada de urgencia—. Voy a correrme...
—Entonces córrete para mí, principessa. Córrete en mi polla.
La frase precede al orgasmo porque, tras algunas embestidas más, mientras le succiono los pechos con ferocidad, Amélie alcanza el clímax y se pierde entre espasmos que comprimen mi polla y gemidos escandalosos.
Ella aún se está recuperando y su respiración sigue desacompasada, pero la sujeto con firmeza por la cintura y hago que giremos en la cama, invirtiendo nuestras posiciones. Amélie me mira, intrigada por el movimiento, y yo sonrío.
—A cuatro patas.
Su mirada brilla, maliciosa, mientras se incorpora apoyándose en los brazos solo para girarse. Amélie se coloca con las manos y las rodillas apoyadas en el colchón y yo me pongo detrás de ella, penetrándola por detrás de una sola embestida.
El ángulo me favorece porque me ofrece la visión de su culo delicioso y respingón, y le doy una fuerte palmada que le arranca un grito. Enredo una mano en su pelo rubio y tiro de él con fuerza mientras la follo con una ferocidad que la deja empapada.
—Qué deliciosa eres...