Ettore Santacroce La diosa de Egipto #2
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La diosa de Egipto #2

Deja el bolso sobre el sillón y se queda de pie en medio de la habitación, contemplando la vista a través del cristal como si todavía estuviera intentando creer que este lugar existe de verdad.

Echo el cerrojo por costumbre y el sonido metálico parece demasiado fuerte en el silencio. Ella se vuelve despacio.

—Ettore…

Me quito el Patek Philippe de la muñeca, lo coloco sobre la mesa y me aflojo el cuello de la camisa como si eso fuera a ayudarme a respirar mejor, cuando la verdad es que estoy nervioso como un chaval imbécil ante la idea de pasar este rato a solas con ella.

Joder. ¿Qué clase de Don soy? Puedo cortarle la mano a un vendedor en mitad de la calle si es necesario, pero no consigo sacarme a una mujer de la cabeza. No una mujer cualquiera: mi mujer. Pero, aun así, es ridículo.

—¿Qué pasa?

Amélie traga saliva. Está distinta, menos armada, menos dispuesta a huir.

—Quería… —empieza, vacilante— darte las gracias.

La palabra se queda entre nosotros como algo frágil, fuera de lugar en la lujosa suite.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué?

Da un paso, después otro, y se detiene a una distancia desde la que consigo ver el brillo de sus ojos.

—Por el vendedor —dice en un susurro—. Por haberme defendido.

Siento que la antigua rabia amenaza con resurgir y la imagen de él mirándola de aquella forma sucia todavía me hace querer romper cosas.

—Aquello no fue nada.

Amélie frunce el ceño, como si la palabra fuera demasiado dura.

—¿Nada? Pues para mí sí lo fue —insiste—. Estoy acostumbrada a… a tragarme ese tipo de cosas. A fingir que no lo he oído, a no reaccionar, porque reaccionar lo empeora todo. —Respira hondo antes de continuar—. Y tú no lo permitiste.

Pienso en cómo, antes de trabajar para mí y antes de que yo descubriera la verdad, usaba un hábito para esconderse y, aun así, pasaba por situaciones como esta.

Amélie es hermosa de una forma casi sobrenatural, demasiado para poder vivir en paz, y sé que no hay manera de que un hombre la mire y sea inmune a eso.

Pero muchos se pierden en su propio deseo y lo transforman en acoso, como si una mujer fuera de dominio público, como si los comentarios ofensivos fueran coqueteo.

—No tienes que tragarte nada —digo, serio y tranquilo—. Nunca más.

El silencio que sigue no está vacío. Al contrario, está lleno, cargado.

Amélie me mira, tal vez recordando que puedo usar el mismo tono calmado para apaciguar y para amenazar.

Después fija la vista en mi rostro y su expresión cambia de una forma sutil, casi irritada, como si conocerme mejor le permitiera ver una capa que antes no veía o prefería no ver.

—No imaginaba que supieras hablar árabe. —Su rostro refleja pura curiosidad.

—Hay muchas cosas sobre mí que aún no sabes.

Suelta un suspiro breve y, por un instante, parece que va a sonreír, pero la sonrisa muere antes de nacer, engullida por la realidad de lo que somos.

—Lo sé, pero es que parecías… diferente —dice, escogiendo las palabras como si fueran de cristal—. En aquel momento, quiero decir, creo que nunca te he visto hablar de esa manera.

Apoyo la lengua contra el paladar, conteniendo respuestas que no sirven.

—Me conoces en casa, junto a las personas en quienes confío: mi famiglia. La voz que has oído hoy es la del Don, Amélie.

—¿Y no son la misma persona? —indaga, sin tono de broma, como si de verdad quisiera entender.

—En cierto modo, sí. Son partes distintas de un mismo hombre, versiones diferentes de mí, y yo elijo quién merece cada una de ellas.

Amélie asiente despacio, pero no se aparta. Al contrario, da un paso más, tan pequeño que casi no parece un paso, pero lo siento como si hubiera atravesado un límite.

—Sé lo que hablamos aquella primera vez, pero ahora la situación es otra, ¿no? —pregunta, y su tono es un siseo, seductor y peligroso.

—Amélie, necesito que lo sepas de verdad, que comprendas esto. No hay nada bonito en mí.

Ella levanta las cejas y esboza una sonrisa ladeada.

—¿No? A mí me pareces muy guapo, Don.

No le devuelvo la sonrisa, porque necesito que vea que hablo en serio.

—A hombres como yo nos crían para la monstruosidad. Hay una parte de mí que es un monstruo, generalmente enjaulado y controlado, que reserva su ferocidad para quienes la merecen: los enemigos o aquellos que se cruzan en mi camino.

—No eres un monstruo… —replica, y percibo que no le gusta el rumbo de la conversación.

—No siempre lo soy, pero está aquí dentro. Me adapto y hago lo que hace falta, Amélie. Y créeme, aquello no fue nada comparado con lo que puedo ser y hacer. Ni siquiera toqué a aquel hombre.

—¿Por qué me estás diciendo todo esto? ¿Estás intentando asustarme? —pregunta, sin alejarse—. Ya te he visto entrar en casa cubierto de sangre, Ettore. Sé muy bien que se tortura a hombres a altas horas de la noche en aquellos mostradores y que tu dinero no viene de negocios honestos y legales.

La respuesta me sorprende. Imaginaba que sabía de nuestras actividades, pero no que tuviera tanta claridad al respecto. Recuerdo cuando le dije que la sangre era solo pintura.

—Y, aun así, no saliste corriendo… —constato.

—No. Porque también sé que eres el mismo hombre que hace una tarta de boda de cinco pisos porque una niñita se lo pidió, el mismo que se preocupa por enviar donaciones al monasterio, que consigue dominarlo todo y, aun así, hace lo posible para que yo me sienta libre y tenga el control de mi propia vida.

Te veo con Edoardo y Filippo y sé que yo nunca tuve lo que vosotros tenéis, ni siquiera dentro de una familia más que tradicional: la propia realeza.

Me quedo callado, observándola, intentando discernir cuándo bajé la guardia para que ella llegara a verme con tanta claridad.

—¿Qué pasa? ¿Pensaste que yo no me había hecho también una idea bastante clara de quién era el hombre con el que iba a casarme? Parezco inocente, Ettore, porque es como quiero que me vean, pero no soy tonta. He aprendido a reconocer cuáles son tus límites. ¿Y sabes qué? Me gustan.

—¿Te gustan?

Amélie se encoge de hombros.

—Darle a cada uno lo que merece, ¿no fue eso lo que dijiste? Entonces sí, me gusta. Y, en cuanto a lo de hoy, aunque no haya sido nada para ti, gracias —repite, y esta vez la voz le sale más firme—. No necesitabas hacer aquello.

Río sin humor.

—Sí lo necesitaba.

Me mira largamente.

—¿Por qué?

La observo, escogiendo una respuesta. Podría decir que es porque está bajo mi responsabilidad, porque mi reputación no lo permite, porque mis hombres estaban mirando y porque yo soy el Don Santacroce.

Pero ninguna de esas respuestas sería toda la verdad y, por algún motivo, siempre quiero decir la verdad cuando ella me pregunta.

—Porque no soporto ver que alguien te trate como si fueras menos que una reina —digo, y la frase sale antes de que pueda frenarla.

El ambiente a nuestro alrededor cambia. Puedo sentirlo y sé que ella también lo siente.

Amélie se queda inmóvil, como si no supiera qué hacer con la respuesta. Su garganta sube y baja y sus ojos se clavan en los míos de una forma que no expresa desafío, sino otra cosa.

—No eres un objeto. No pueden entregarte ni venderte a nadie. Tú eliges dónde y con quién quieres estar.

—¿Realmente piensas así? —pregunta con un hilo de voz.

—Lo pienso. Sé que te sentiste presionada cuando te hice la propuesta, pero en ningún momento te quité el derecho a elegir. Negociamos y llegamos a un acuerdo, a un consenso.

—Sí, creo que es verdad… —dice, y deja caer la mirada hasta mi boca.

—Es verdad. Y eres preciosa, de una forma que hace que los hombres deseen lo que no pueden tener —digo, sin contener lo que pienso—. Por desgracia, algunos no quieren distinguir entre desear y poder tener.

Amélie inclina la cabeza, mirándome más de cerca. La luz amarilla ilumina parcialmente sus ojos, pero no es suficiente para que su color se distinga con nitidez.

—¿Te parezco preciosa? —pregunta, sin desviar la mirada.

Suelto una risa ahogada.

—Joder, ¿me estás tomando el pelo?

Ella niega con la cabeza.

—No. Quiero saberlo.

—Amélie, eres la mujer más preciosa que he visto nunca.

Levanta la mano despacio, pidiéndole permiso a su propio cuerpo, y me toca levemente el brazo. Es un contacto muy suave, como una caricia, pero siento la misma electricidad de antes, solo que esta vez más intensa.

Tengo que estar volviéndome loco…

No me muevo. Amélie mira mi mano, después mi rostro, y veo la lucha dentro de ella: la cautela peleando con la necesidad de dejarse llevar.

—Has temblado —susurra.

Aprieto la mandíbula.

—No.

—Sí has temblado —insiste, y la voz le sale con una valentía delicada—. O tal vez… he sido yo.

Su mano se aparta de mí como si se hubiera quemado y siento el vacío que queda, el frío en la piel donde antes estaba el calor de sus dedos.

No da ningún paso atrás. Se queda ahí, demasiado cerca. Su perfume, discreto, se mezcla ahora con el olor de la noche en Egipto.