La diosa de Egipto
Ettore Santacroce
La noche en Sharm el-Sheikh tiene un calor más suave que el día, como si el cielo hubiera aprendido a tocar sin herir.
Cuando el coche se detiene, percibo el Farsha incluso antes de oírlo.
El olor a incienso y shisha se enrosca en el aire, dulce y ahumado.
Amélie se queda parada un instante a mi lado, con la mirada recorriendo el escenario como si intentara entender cómo puede existir algo así fuera de una película.
Doy un paso al frente, guiándola hacia la entrada, y siento a mi gente moverse a nuestro alrededor sin que parezca que están cerca. Pero yo siempre los veo. Dos a la derecha, uno detrás y el cuarto más alejado, fingiendo observar la vista. No necesito mirar para saber que están ahí.
Es entonces cuando aparece el vendedor, saliendo por un lateral como si hubiera brotado de la sombra de las linternas.
Es un hombre delgado, con la piel quemada por el sol, una sonrisa demasiado rápida y unos ojos ávidos de turistas y carteras.
Lleva pulseras en el brazo, un pañuelo colgando y esa intimidad forzada de quien vive intentando acortar distancias.
Pero, en lugar de preocuparse por sus productos, mira a Amélie como si ella fuera la mercancía y la sonrisa se ensancha.
—¡Mil camellos por ella! —dice el desgraciado en inglés, riéndose y haciendo un comentario malicioso como quien cuenta un chiste.
No se dirige a Amélie, sino que habla conmigo, pero tiene la audacia de levantar la mano como si fuera a tocarle el pelo y ella retrocede un paso, asustada. Siempre tan asustada. ¿Qué te hicieron, principessa?
Mis hombres se mueven en el mismo instante, pero levanto una mano en un gesto corto y definitivo y se quedan paralizados al momento.
El mundo no se encoge, pero el aire cambia de temperatura. Se vuelve frío y me coloco delante de Amélie sin pensar, como si mi cuerpo supiera qué hacer antes que mi cabeza.
Mi mandíbula se tensa y siento la sangre subir en un silencio violento, de esos que no gritan, sino que solo anuncian el desastre. Doy un paso hacia el vendedor, lo bastante cerca para que sepa que ha calculado mal la distancia.
—Repite —digo en voz baja—. Y levanta esa mano sucia de nuevo, a ver si no te la arranco ahora mismo.
Su risa falla a mitad de camino. El hombre intenta mantener una expresión ligera, pero sus ojos ya delatan que la broma no ha sido bien recibida.
—Señor, era solo una broma… —empieza, intentando apaciguarme.
Inclino la cabeza sin cambiar de expresión.
—No estás en un mercado. Mi mujer no es un producto que se compre o se venda. Y no tienes ni la menor idea de con quién acabas de meterte.
El vendedor traga saliva. La luz de las linternas tiembla en su rostro y ahora parece la iluminación de un interrogatorio.
—Disculpe, señor, yo…
Me acerco más despacio, hasta quedar lo bastante cerca como para que pueda oler mi perfume, y mi voz sale baja, tersa y sin prisa, como una hoja que roza la garganta antes del corte.
No grito. Pero es peor, porque es esa clase de calma la que hace que el cuerpo entienda el peligro antes de que la mente pueda asimilarlo.
Esta vez hablo en árabe, para que entienda cada sílaba, pesada y deliberada, mientras clavo las palabras en el suelo.
—Mil camellos —repito despacio, como si masticara la ofensa—. Eso no compra ni el silencio de mi chófer. Ni siquiera le hace cosquillas a mi cuenta bancaria.
Dejo que la última palabra caiga con un desprecio silencioso y el vendedor retrocede, casi tropezando, asintiendo con la cabeza de forma desesperada, como si cualquier cosa que hiciera lo bastante rápido pudiera borrar el error que cometió.
—Mírame bien —ordeno.
Él me mira.
—No sabes quién soy y esa es la única suerte que has tenido hoy, porque, si lo supieras, no habrías abierto la boca ni te habrías acercado.
Puedo hacerte desaparecer de esta calle sin levantar sospechas, sin sirenas, sin informes, sin nombre.
Y nadie te va a echar de menos, porque un mierda que habla así de una mujer no deja nada de valor atrás.
Su rostro palidece bajo el bronceado. La sonrisa se convierte en un tic nervioso, como si intentara sobrevivir donde ya no tiene cabida.
—Perdóneme, señor. Perdón, por favor.
Dejo un segundo de silencio en el aire, solo para que entienda que el perdón no se da: se permite.
—Lárgate, desgraciado. Ahora.
Asiente demasiado rápido, tropezando con sus propias palabras.
—Sí, sí, señor.
Y desaparece, alejándose como si la noche se hubiera convertido en un pasillo estrecho y necesitara correr antes de que la puerta se cerrara. Cuando me vuelvo, Amélie está rígida, con los ojos muy abiertos y la respiración contenida, como si hubiera recibido un golpe.
Su mano roza mi antebrazo con ligereza, pero basta para que sienta el temblor que intenta esconder. La rabia sigue aquí, quemando bajo la piel.
—Ettore… —susurra.
Mantengo mi cuerpo entre ella y el resto del mundo por instinto, pero bajo la voz, intentando no dejar que mi furia la salpique.
—Nadie va a hablar de ti así. Ni a tocarte.
Me mira como si mis palabras sonaran a protección y a prisión al mismo tiempo, y veo el conflicto pasar rápidamente por su rostro: las ganas de agradecérmelo y las ganas de cuestionarme.
—¿Aquí es… normal eso? —pregunta en voz más baja, como si temiera llamar la atención hasta del aire.
—No conmigo —respondo.
Le ofrezco mi brazo y ella vacila un instante, pero acaba aceptándolo y, cuando sus dedos se aferran a mí, siento el mismo choque de antes, rápido y fuerte, como si un simple roce fuera el detonante del deseo.
La bajada por las escaleras del Farsha parece un camino hacia el interior de un sueño encendido por linternas. La piedra todavía guarda el calor del día bajo las alfombras y los cojines de colores se esparcen por los niveles. Las cortinas son muy ligeras y tiemblan con la brisa del mar.
Tal como se lo describí durante el vuelo, el humo dulzón de la shisha se mezcla con el olor a incienso y sal, creando un aire tibio que vuelve etéreo todo el ambiente.
Allí abajo, el mar Rojo es un pedazo de noche líquida, brillando en silencio, y las pequeñas luces se reflejan en el agua como si el cielo y el océano se encontraran.
Todo eso, en conjunto, se esfuerza por devolverle a Amélie la idea de belleza. Dejo que lo admire, pero por dentro todavía siento el sabor metálico de la rabia en la lengua y la certeza intacta de que cualquiera que ose confundir a mi esposa con mercancía aprenderá enseguida el precio de un error.
No son celos: es cuidar de lo que es mío.
Amélie se detiene en el último peldaño y se queda inmóvil.
Sus ojos lo recorren todo: las linternas colgadas, los candelabros de cristal, las mesas bajas, los cojines mullidos, los rincones oscuros que abrazan a quien se sienta allí.
Se le nota el embeleso en el rostro, un tipo raro de rendición que Amélie suele esforzarse por esconder, como si admitir cualquier satisfacción fuera abrir una brecha peligrosa.
Solo hubo una excepción: aquel día en que entró en mi despacho, me contó su sueño y se entregó por completo.
Aquel día sus defensas cayeron por tierra y abrió todas las brechas.
Joder, pensar en eso me hace recordar cada parte de ella, cada brechita que yo…
—¡Esto es tan bonito!
Camina un poco más, mirando alrededor, y su expresión cambia y muestra extrañeza, como si la escena fuera demasiado bonita para ser verdad.
—¿Por qué está vacío? —pregunta en voz baja, desconfiada, como si esperara que alguien apareciera delante de ella en cualquier momento.
Observo el lugar durante un segundo, no por el ambiente en sí, sino por el efecto que causa en ella. Amélie necesita silencio, paz, pero no sabe pedirlo.
—Pedí que lo cerraran para nosotros —respondo.
Vuelve la cara despacio, mirándome como si hubiera dicho algo absurdo.
—Tú… ¿lo has cerrado? ¿Todo esto?
—Lo he cerrado.
Sus ojos se entrecierran, no por rabia, sino por incredulidad, como si intentara medir el alcance del poder que poseo.
—Ettore, eso es imposible.
Doy un paso, deteniéndome lo bastante cerca para que sienta mi presencia. La noche tiene aquí ese truco: lo vuelve todo íntimo, incluso cuando no debería serlo.
—Normalmente, el Farsha no admite reservas. Eso se aplica a cualquiera menos a mí.
Amélie traga saliva y, por un instante, el embeleso se hace visible en su rostro. Mira de nuevo el mar, las linternas, el vacío a su alrededor, y la voz le sale más baja, casi como un susurro.
—Puedes ordenar al mundo que guarde silencio.
No respondo de inmediato, porque la verdad no es bonita.
—Puedo ordenar que la gente se aparte —digo con cierto pesar—, pero este silencio, el que calma la mente y el corazón, no está a la venta, como sí lo está todo lo demás.
Me mira de nuevo y veo una pregunta escondida en sus ojos azules.
¿Por qué hacer algo así por mí?
¿Para qué, si nuestra relación no es verdadera?
Desvío la mirada hacia el mar, porque es más fácil hablar con él que con la mujer que he puesto bajo mi techo.
—Solo quería que respiraras —respondo a la pregunta que no ha formulado—. Solo eso. Aquí nadie va a observarte ni a acercarse. Puedes existir sin defenderte durante un minuto.
Amélie se queda quieta y veo ceder un poco la tensión de sus hombros, como si su cuerpo quisiera creer antes de que la mente lo permitiera. Entonces suelta el aire despacio, todavía desconfiada, pero demasiado encantada para negarlo.
—Esto parece de verdad una película —dice, recordando lo que mencioné durante el vuelo.
Sus ojos se cierran y esboza una sonrisa. Después toma aire con fuerza y me siento satisfecho al percibir que, al menos aquí, aunque sea durante un minuto, consigue respirar y sentirse viva.
La puerta de la suite se cierra detrás de nosotros. Amélie entra primero, todavía con el olor del Farsha pegado a ella y con otro aroma, uno que es solo suyo, imposible de nombrar o ignorar.