Una grieta en la corona #4
—¿Entonces es por eso, Amélie? —Le toco la barbilla para que me mire bien, con atención—. Conozco buena parte de tu historia. Tu padre quería que te casaras con un viejo decrépito que era un general jubilado, ¿no es así?
Ella se ríe.
—No sé por qué todavía me sorprendo de tu capacidad para desenterrar el pasado.
—¿Por qué lo eligió tu padre?
Amélie hace una mueca.
—Linchtensteyn es un país muy pequeño. Aunque es bellísimo y rico, no tiene ejército ni capacidad de defensa, y mi padre quería una alianza que pudiera proteger el país en una posible guerra.
Ese señor tenía más de sesenta años, sí, y era general y primo del primer ministro de Francia. Entonces, si yo me casaba con él...
—Antoine tendría su ejército, porque Francia ofrecería apoyo si fuera necesario.
Abre más los ojos.
—¡Dio mio! ¿Mandaste investigar toda mi vida? Sabes el nombre de mi padre y apuesto a que ya sabías todo lo que acabo de contar —dice en un tono que mezcla admiración y acusación.
—Claro que mandé investigar. ¿Crees que me casaría sin saber quién iba a ser mi esposa? ¿En qué me convertiría eso? ¡En un completo idiota!
Ella vacila, pero acaba inclinando la cabeza hacia un lado, como si me diera la razón.
—Y sí, ya sabía el motivo del matrimonio concertado entre Pierre Du Bastien y tú —digo, y ella arquea las cejas al darse cuenta de que también sé quién era el prometido—, pero quería que lo dijeras en voz alta para que pudieras escucharte y entender por qué no tienes nada que temer.
—¿Cómo que...?
—Tu padre quería casar a su hija para conseguir un ejército, pero no te casaste con Pierre, ¿verdad? Linchtensteyn sigue sin ejército, principessa. Sin aliados, nada más que una docena de guardias que vigilan el castillo.
Al oír la palabra guardias, traga saliva.
—Sí, creo que tienes razón...
—La tengo. Y puedes creerme, Antoine necesitaría más que un ejército para ponerle una mano encima a mi mujer.
Amélie se queda callada unos segundos, asimilando lo que estoy diciendo.
—Está bien. ¡Eres el Don de la Cosa Nostra! Si no puedes protegerme, ¿quién más puede? —dice con una seguridad que me demuestra que ya se ha repetido la frase a sí misma varias veces.
—Lo soy y mi hermano es el Diablo, querida. No va a pasarte nada. Pero, si eso sirve para tranquilizarte, puedo exterminarlos a todos —digo, encogiéndome de hombros—. Dime qué quieres y enviaré hombres allí esta misma noche. Antoine y su princesa no volverán a ver la luz del día.
Amélie abre mucho los ojos y la boca, pero no emite ningún sonido.
—¿Qué quieres, Amélie?
—No, yo... Quiero sentirme segura, saber que no vendrán a por mí, que mi hija está bien y que puedo caminar por donde quiera sin tener miedo. Pero no hace falta asesinar a todos los Roquefort para que eso ocurra.
—¿Cuántos son? —pregunto, empezando a hacer un cálculo mental.
Suelta una carcajada y me mira, entre divertida y asustada.
—¡Ettore! Deja de hablar de eso. Voy a dejar a un lado la paranoia y vamos a disfrutar de nuestro fin de semana en este lugar precioso.
Mi padre quería obligarme a contraer un matrimonio político, sí, pero muchas otras princesas han pasado por lo mismo.
Matar a un príncipe por ser conservador, machista y negligente es exagerado y haría que todos los medios se centraran en el caso —dice, más para convencerme de que no actúe que porque realmente lo crea.
Ella sabe que yo no dejaría ningún rastro.
—Está bien, no mataré a tus familiares —digo, levantando las manos como quien se rinde—. Lady Amélie Bausset-Roquefort, princesa de Linchtensteyn, es quien manda y el Don Santacroce, su súbdito leal, obedece.
Alcanzo mi objetivo cuando le arranco una sonrisa.
Me siento como un idiota, pero, por alguna razón, de verdad quiero que sonría más, y verla triste o asustada me irrita absurdamente.
Cuando Filippo me dio toda la información que había recabado sobre ella, mi primera reacción fue el asombro.
Una princesa real, fugitiva, trabajando como cocinera en mi casa, todo ello después de haberse escondido en el monasterio con la ayuda de la Madre.
Pero nada me preparó para lo que descubrimos después gracias a Rosimeire, la mujer que crio a Amélie.
La vida de Amélie estaba envuelta en seda y joyas caras, pero los privilegios terminaban en el lujo.
Un padre ambicioso que intentaba obligar a su hija a casarse con un viejo por sus propios intereses, una chica inocente que se entregó a uno de los guardias del palacio, creyendo en falsos juramentos de amor y en una posible huida, y un embarazo inesperado que cambió el rumbo de todo.
—¿Tú? ¿Súbdito de alguien? —Su sonrisa se ensancha—. Creo que tal vez en otra vida...
Amélie vuelve a mirar al mar y esta vez no parece a punto de derrumbarse.
Su expresión más serena me produce alivio, porque aquí, en este lugar, con el mar respirando allá abajo y un silencio caro envolviéndolo todo, quiero que crea, aunque sea durante dos días enteros, que el mundo puede ser algo más que miedo.