Ettore Santacroce Una grieta en la corona
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Una grieta en la corona

Amélie

La recepción de la boda se organizó básicamente porque sabíamos que los demás esperaban que la hubiera. Como capo di tutti i capi, el Don tiene que ostentar un nivel mínimo de lujo, algo que los hombres esperan y las mujeres aprecian.

Sin embargo, en cuanto salimos del altar, Ettore me avisó de que el jet privado ya estaba preparado para que partiéramos enseguida de luna de miel, un viaje del que yo ni siquiera sabía nada.

Según él, era necesaria porque los hombres y el consejo también esperan que el Don engendre un heredero.

Una boda no tendría sentido si ese no fuera el objetivo, al menos a ojos de los demás, aunque eso no forme parte de nuestro acuerdo.

Por lo tanto, también se espera un viaje de luna de miel cuando un hombre en la posición de Ettore Santacroce se casa.

Con el cambio de planes, tengo poco tiempo para organizarme. Ettore ya se ha encargado de la mayor parte: mandó preparar mis maletas para el destino elegido, tramitó los documentos y los pasaportes y reforzó la seguridad de la casa durante nuestra ausencia.

—¿Pero y Alessia? —pregunto, y mi tono deja muy clara mi preocupación.

—Va a quedarse con alguien de confianza.

Entrecierro los ojos.

—¿De confianza para quién?

Él sonríe, como si mi pregunta le hiciera gracia.

—Imagino que para ti, ya que estoy hablando de tu niñera.

Abro un poco más los ojos, sorprendida por la revelación. A nuestro alrededor, la fiesta ya está en marcha y, de vez en cuando, nos interrumpen otras personas que se acercan para felicitarnos.

—Ella... ¿ella va a quedarse aquí? ¿En Palermo? —pregunto, a punto de romper a llorar de nuevo.

—La saqué del palacio para que viniera a nuestra boda. No sería seguro que regresara. Le prometí un empleo, una casa y una vida cómoda aquí, a tu lado.

—No puedo creer que realmente hayas hecho eso... —digo, dividida entre la incredulidad y una emoción que amenaza con hacerme llorar de nuevo en mitad de la fiesta.

Ettore saluda a uno de los capos que se acerca a nosotros con su esposa y me presenta a ambos.

Percibo que los hombres todavía me miran con cierta desconfianza, intentando entender si soy una elección apropiada o si estoy más cerca de ser la responsable de la ruptura del acuerdo con la otra chica y del inicio de una posible guerra con la Camorra.

Ettore me contó algunas cosas, he oído otras en la conversación que mantuvo con su tío y he deducido que, al final, se trata de eso.

Siempre hay algún pariente intentando forzar una unión indeseada.

Espero hasta que la pareja se aleja para retomar el asunto.

—¿Dónde van a quedarse las dos?

—Aquí, en nuestra casa, claro. —La forma en que pronuncia la palabra "nuestra" resuena en mi interior y encuentra acomodo. Intento no sentirlo, pero hace demasiado tiempo que no tengo un hogar—. Edoardo estará cerca para protegerlas, igual que Filippo y los hombres, así que estarán seguras.

Asiento, agradecida y demasiado satisfecha con el arreglo.

—Solo hay un problema...

Él sonríe y arquea las cejas.

—¿Pensabas que me olvidaría de eso? —pregunta Ettore en tono provocador—. Sé que necesita ir a hemodiálisis, pero nuestro viaje durará solo un fin de semana. Estaremos de vuelta antes de que Alessia nos eche de menos.

—Vaya... Entonces creo que ya no hay ningún obstáculo.

—Perfecto. Ahora puedes ir a despedirte de ella, de tu Rosimeire, de la Madre y de quien más necesites. Pedí que prepararan tus cosas, pero puede que falte algo, así que será mejor que revises la maleta antes de irnos.

Asiento y bajo la mirada, observando el vestido de novia.

—Sí, y tengo que cambiarme de ropa.

—Puedes ir.

Llevo la mano a la cabeza, donde la corona todavía reposa como un brillante recordatorio de mi nueva posición ante cualquiera que se acerque.

—¿Y la corona?

—Es tuya. —Se encoge de hombros—. Puedes seguir llevándola o guardarla.

Sonrío, divertida.

—Claro que no voy a ir por ahí con esto puesto. No estamos en una monarquía, Don. Pero gracias por el regalo.

—No hace falta que me lo agradezcas.

—Esta corona, igual que el anillo, era de mi madre —cuento, emocionada—. Voy a subir a prepararlo todo, pero no pienses que no voy a interrogarte para saber cómo descubriste lo mío, quién me delató, cómo entraste en el palacio y robaste la corona y hasta el más mínimo detalle.

Ettore me mira como si estuviera decidiendo si merece la pena contármelo.

—Creo que es una buena historia —dice por fin.

Señala con la cabeza, sigo su mirada y veo a la Madre y a mi niñera abrazadas y riendo de alegría por estar por fin juntas.

—Ahhh... ¡Son adorables!

Ettore me mira con el ceño fruncido.

—Yo diría que son excéntricas.

—¿Quieres hablar de excentricidad, Don? —Arqueo las cejas.

Lo dejo en la fiesta, conversando con conocidos y amigos, y entro en la casa.

Subo las escaleras para cambiarme y, en la suite, encuentro la maleta que Ettore mencionó.

Primero me quito la corona, la coloco de nuevo dentro de la caja de terciopelo y la contemplo con admiración, pero una inquietud aflora en el fondo de mi mente mientras observo la joya.

Hace pocos minutos, cuando él la colocó sobre mi cabeza delante de todos, me sentí la mujer más poderosa del mundo. Pero ahora se ha disipado parte de la adrenalina y empiezo a considerar de verdad las implicaciones de lo que Ettore ha hecho.

Mientras estoy aquí, dentro de estas paredes, me siento segura y fuera del alcance de todos, pero temo que acaben encontrándonos cuando viaje con él, lejos del centenar de soldati que custodian la casa, justo después de que el palacio de Linchtensteyn haya sido invadido y la corona, valorada en más de quince millones de euros, haya sido robada.

El miedo eclipsa la alegría de tener la corona que fue de mi madre.

Mi padre debe de estar como loco buscando la joya.

Probablemente los medios ya hayan informado de la desaparición y quién sabe si hay fotos mías circulando por ahí y si han vuelto a hablar de la princesa desaparecida, como siempre hacen cuando ocurre una nueva tragedia.

Mi rostro no ha cambiado tanto entre los diecinueve y los veintitrés años.

Suspiro, resignada, e intento apartar los pensamientos lúgubres. Me quito el vestido de novia y me pongo un bonito conjunto azul, mucho más cómodo para el vuelo. Cuando estoy lista, reviso el contenido de la maleta para comprobar que está todo lo que necesito.

Salgo de la habitación lista para despedirme de todos, pero antes decido bajar a la cocina y revisar la despensa.

Si Alessia y Rosimeire van a quedarse aquí, tengo que asegurarme de que no les falte nada.

Cuando compruebo que tendrán todo lo necesario, cierro las puertas del armario y salgo, pero, al pasar por el salón, oigo un llanto desconsolado que viene del jardín de invierno.

Aguzo el oído y me descubro caminando hacia los sollozos. Malva, la tía de Ettore, llora desconsoladamente, aunque Filippo está junto a ella, abrazándola.

—Mamá, no te pongas así. Ettore está feliz. Todo está bien.

—Sí, pero se ha peleado con tu padre y ha dicho que va a quitarle el cargo —dice entre sollozos—.

Y no había nadie para acompañar a tu primo al altar, hijo.

El chico perdió a su madre de aquel modo horrible y ahora también ha perdido a su padre.

A pesar de todo, se me parte el corazón por él.

Pero, si yo me hubiera ofrecido, tu padre podría haberse enfadado...

Filippo le acaricia la espalda en un gesto de consuelo y me siento mal por estar presenciando un momento íntimo de dolor.

—Ettore todavía está de luto, pero lo superará. Todos sabíamos que tarde o temprano esto iba a pasar, mamá. No hace falta llorar ni lamentarse. El tío Orazio tenía muchos enemigos y mereció el final que tuvo.

Frunzo el ceño al oír el comentario. Nunca he hablado en profundidad con Ettore, Edoardo o Filippo sobre el antiguo Don, pero hasta ahora tenía la sensación de que era una persona razonable por todo lo que he oído en la casa, aunque lo que dice Filippo me hace pensar que no era exactamente así.

Antes de que me pillen escuchando una conversación ajena y la situación se vuelva incómoda, me alejo y regreso a la fiesta. Ya tengo bastante con mis problemas.

La despedida de Alessia es más fácil de lo que imaginé.

Esperaba lágrimas, un berrinche y una súplica para acompañarnos, pero recibo besos, sonrisas y una despedida efusiva.

Llego a sentirme molesta al darme cuenta de que solo yo estoy sufriendo, porque ella parece perfectamente satisfecha de pasar tres días lejos de su madre.

También abrazo a Rosimeire y a la Madre, y ambas prometen que nos veremos y tomaremos un café cuando vuelva. Por último, hablo con Edoardo y Filippo, pidiéndoles que cuiden de Alessia y Rosimeire.

Ettore prácticamente me arrastra hasta el jet privado, porque no dejo de retrasar la salida. Por mí, no viajaríamos y nos quedaríamos aquí, seguros en casa. Ahora que el pavor se ha apoderado de mí, no consigo librarme del miedo ni apartar de la cabeza los pensamientos sobre la corona robada.

Es como si una parte de mí estuviera feliz con el nuevo comienzo, pero esa felicidad quedara eclipsada por las sombras de mi pasado.

Ettore Santacroce

El jet privado asciende suavemente. El ronroneo bajo de los motores Rolls-Royce es un tipo de silencio caro, de esos que amortiguan el mundo.

Amélie está sentada frente a mí, cerca de la ventana, con el cinturón abrochado y la postura relajada lo justo para engañar a quien no la conoce. Aun así, veo su inquietud, un hilo tenso bajo la piel.

Sus dedos juegan con el anillo, girando el metal como si comprobara si todo esto, todo lo que estoy ofreciendo, es real o solo otra cadena disfrazada. Mira por la ventana, después vuelve la mirada hacia mí y siento que la pregunta se forma incluso antes de que abra la boca.

—¿Adónde vamos?