Ettore Santacroce La reina #3
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La reina #3

Ettore no mira su propia mano, sino a mí, como si el gesto tuviera menos que ver con los diamantes y más con el dominio.

El cura continúa con las palabras finales, pero apenas lo escucho.

Mi corazón late con fuerza y me siento fuera de mi cuerpo, como si estuviera observándome atravesar un destino que nunca planeé, pero que, extrañamente, empiezo a apreciar.

—Puede besar a la novia —dice finalmente el cura, con el cansancio resignado de quien ya lo ha visto todo.

Ettore se inclina un poco y me atrae hacia sí. Sus ojos recorren mi rostro y sonríe al fijarse en mis labios. Siento que me falta el aire cuando me besa.

No dura más de dos segundos, pero es suficiente para que recuerde cómo me hace sentir su contacto. Cuando creo que todo ha terminado, me da la espalda durante un instante, bajo la mirada atenta de todos los invitados, y hace algo que no estaba en el guion.

Da un paso a un lado y coge una caja negra de terciopelo de las manos de un hombre que nunca he visto en mi vida, pero que me mira con una amplia sonrisa.

—Herzlichen Glückwunsch —susurra, vocalizando lo suficiente para que pueda leerle los labios.

El hombre parece un armario de lo fuerte que es y, al igual que Edoardo, tiene más tatuajes de los que se pueden contar, pero lo que de verdad me desconcierta es que me está felicitando por la boda en alemán. Entrecierro los ojos, intentando comprender qué está pasando.

Vuelvo a mirar a Ettore, que sostiene la caja, dispuesto a montar toda una escena.

—Antes de iniciar la recepción —dice lo bastante alto para que todos lo oigan—, necesito decir unas palabras.

El cura parpadea, sin entender, las monjas se miran entre sí y siento que la tensión recorre el ambiente como una corriente eléctrica. Hasta los hombres parecen ponerse más atentos y curiosos.

Ettore abre la caja y saca una corona de su interior.

Jadeo y necesito apoyarme en el altar para no desmayarme allí mismo.

Porque esta no es una corona cualquiera, sino mi corona.

O la que debería haber sido mía si las cosas hubieran sido diferentes.

Hecha de oro y diamantes negros, igual que mi anillo, la deseé durante años, pero nunca llegué a sacarla de la caja de cristal.

—Ettore... —empiezo, pero la voz me falla.

Él levanta la corona para que todos la vean y solo entonces se vuelve para mirarme. Con un cuidado absurdo y una delicadeza que llega a asustar, la coloca sobre mi cabeza, como si de verdad me estuviera coronando.

Ettore se vuelve hacia los invitados y su voz llena el jardín con una autoridad absoluta.

—Os presento a mi esposa, mi reina.

El silencio que sigue es tan denso que oigo mi propia respiración y el leve crepitar de una vela.

Algunos hombres reaccionan primero: una sonrisa contenida aquí, un gesto respetuoso allí.

Filippo está sonriendo, como si conociera el plan desde el principio, y Edoardo suelta un silbido breve, divirtiéndose con el espectáculo.

Las monjas se quedan inmóviles, como si intentaran decidir si aquello es una afrenta o una muestra de protección.

Veo a la Madre Rosalia apretar los labios y sus ojos se llenan de lágrimas porque, a pesar de todo, hay un brillo de comprensión en su mirada.

Ella entiende lo que eso significa antes incluso de que yo lo comprenda.

Me quedo inmóvil, sintiendo la corona sobre la cabeza y cómo el mundo cambia de lugar sin que yo haya dado un paso.

Ettore se acerca y toma mi mano. Mi cuerpo reacciona antes que la mente y el corazón se acelera.

Se detiene muy cerca, lo suficiente para que perciba el perfume amaderado que ahora siempre me recordará a su cuerpo.

Pero esta vez no me besa. Ettore inclina el rostro hasta mi oído y murmura en voz baja, preservando el secreto y creando un lazo indiscutible entre nosotros.

—De princesa perdida de Linchtensteyn a reina de la Cosa Nostra. Bienvenida a mi trono, esposa.

Me quedo paralizada al oír mi antiguo título.

El pasado que enterré, la vida que quedó atrás: él lo sabe todo, tal como ya indicaba la presencia de mi niñera. Pero, antes de que pueda asimilar lo que eso significa, Ettore sonríe y en su sonrisa no hay amenaza.

—¿Cómo...?

La sonrisa se ensancha.

—Te dije, principessa, que pondría el mundo a tus pies si aceptabas mi propuesta, ¿no? Como símbolo de esa promesa, recuperé tu corona para que entiendas de una vez por todas que no hay nada que yo no pueda hacer.

Siento la corona, siento el anillo, siento el peso del apellido que ahora es mío en la práctica. Y, por primera vez en mucho tiempo, entiendo con claridad que, a su lado, me vuelvo intocable, adquiero esa clase de aura que hace que las personas retrocedan incluso antes de avanzar.

Debería sentir alguna incomodidad o tensión, pero lo que se apodera de mí cuando le devuelvo la sonrisa es otra cosa, una sensación inesperada y peligrosa, porque nunca me he sentido tan poderosa, tan fuera del alcance de los demás.

Finalmente, dejo de ser solo una superviviente y paso a ser la dueña de mi destino.

De princesa de Linchtensteyn a reina de la Cosa Nostra.