La reina #2
Lo primero que me impresiona no es la visión del cura ni el hecho de que realmente haya uno aquí para celebrar esta boda.
Tampoco son el altar, la cruz ni la decoración.
En realidad, lo primero que me llama la atención es el contraste.
A un lado están las monjas, no solo la Madre, sino todas ellas: ochenta mujeres en total silencio, vestidas con sus hábitos oscuros, con las manos cruzadas y expresiones serias.
Están sentadas una al lado de la otra, una fila tras otra, como si formaran una pared de fe.
Algunas intentan mirarme con ternura, pero es obvio que sus expresiones delatan que se sienten en un velatorio.
Al otro lado están los hombres del Don: capos, soldati y empresarios con trajes a medida, hombros anchos y miradas atentas. Algunos llevan las armas bien visibles, mientras que otros parecen más relajados. No rezan, pero vigilan.
Dos fuerzas opuestas ocupan el mismo espacio, como si aquello fuera perfectamente aceptable. Y, de algún modo, lo es.
—Santo Dios —susurra la niñera en medio del pasillo—, vaya ambientazo, ¿eh?
Sonrío, pero sigo andando.
Veo a Filippo cerca del altar, sentado al lado de su madre, la tía de Ettore.
Hablamos solo una vez, cuando yo todavía no era más que una empleada de la casa, pero fue amable y me trató muy bien.
En realidad, antes de que me convirtiera en la novia, el tío Giuseppe también fue cortés.
Hablando de él, no lo veo por ninguna parte. Por lo visto, se ha ido de verdad.
Edoardo está entre los hombres, cuchicheando algo con Francesco, con una sonrisa que roza la burla. Cuando me ve, habla lo bastante alto para que lo oigamos todos, no solo yo.
—Cuñada, esto es muy gracioso. Tus amigas a un lado, rezando sin hablar, ¡un montón de monjas! Y los hombres armados al otro. Parece una escena de película, pero no sé quién tiene más miedo de quién —dice entre carcajadas.
Miro a Ettore en el altar, imaginando que va a gritarle a su hermano. Al fin y al cabo, estamos en mitad de mi entrada, pero parece contener una risa. Está bien, a mí también me está pareciendo gracioso.
Filippo se levanta y se coloca a su lado, dándole a Edoardo un codazo discreto. Edoardo ensancha la sonrisa, como si ni la amenaza divina fuera capaz de educarlo, pero noto que no se pasa del límite y se calla.
Mi mirada vuelve a Ettore y lo examino minuciosamente.
Está allí, con un traje negro y esa postura impecable.
Su rostro es serio, pero no me parece distante, no cuando su mirada encuentra la mía y la atrapa, haciendo que dé cada paso hacia delante como si un imán dentro de él tirara de mí, atrayéndome.
Es absurdo sentirme segura cerca de un hombre que manda matar como si fuera algo trivial, pero hay algo en él que me hace sentir que puedo confiar. Recuerdo sus palabras de los últimos días, sus promesas de que nadie me tocaría.
Te protegería a ti y a Alessia hasta del rey de Inglaterra.
Ahora entiendo lo que quiso decir.
Cuando llego al altar, Ettore toma mi mano y esperamos a que el cura nos guíe. Antes de nada, anuncia la entrada de las alianzas y nos volvemos para mirar a Alessia, que camina tranquilamente por el pasillo con la cajita en las manos. Mira a Ettore con reverencia infantil.
—Tío Ettole —susurra, ofreciéndole la cajita.
Él se agacha un poco para ponerse a su altura y eso me sorprende más de lo que debería. El Don no se inclina ante nadie, ni siquiera ante su tío, sangre de su sangre, pero sí ante mi hija.
—Grazie, piccola —dice, y su voz suena más humana.
Alessia sonríe como si hubiera recibido un premio y siento que los ojos me arden, pero contengo la emoción.
A continuación, el cura empieza la ceremonia. Todo es bellísimo, pero la ceremonia no es muy larga ni está llena de actos artísticos. Las palabras son sencillas y directas, como si hasta Dios entendiera que lo que estamos haciendo aquí no tiene que ver con el romance.
Cuando pregunta si acepto, no vacilo. Ya estoy decidida a seguir adelante. Miro a Ettore, pero él no me presiona, solo me observa con una expectativa controlada, porque ya conoce mi respuesta.
—Acepto —digo.
La pregunta se le hace entonces a él.
—Acepto —responde Ettore también, con firmeza.
El cura pide las alianzas y Ettore se las entrega. Veo al clérigo abrir la cajita y distingo dentro el anillo que era de mi madre, brillante, aún más bello que antes. En su centro, sobre el diamante negro, hay ahora una S grabada con láser.
Miro a Ettore, como si se lo agradeciera en silencio. Él sujeta mi mano durante un segundo más de lo necesario y siento el calor de su piel, la fuerza contenida. Por un instante, me pregunto si esto es realmente solo simbolismo o si me está ofreciendo apoyo, consuelo.
Entonces desliza el anillo por mi dedo. Es un gesto rápido, pero el significado es enorme. Miro el brillo de la piedra y siento que algo extraño se apodera de mí. Lo que Ettore me ofrece no es solo protección, sino autonomía y poder para elegir y decidir, todo lo que siempre anhelé.
Alessia observa con los ojos muy abiertos, fascinada.
El cura pide que yo le coloque el anillo y mis manos tiemblan un poco. Odio parecer débil, pero respiro hondo, observo el anillo que ha mandado hacer, muy parecido al mío, y lo coloco con cuidado en el dedo de Ettore. Su mano está caliente y es pesada, pero la sensación de sujetarla es agradable.