Ettore Santacroce La reina
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La reina

Amélie

Cuando era adolescente soñaba con el día de mi boda, aunque me habían criado para no verlo como un cuento de hadas, sino como una transacción comercial.

Aun así, imaginaba que algún día me casaría con un hombre guapo, que me amaría por encima de todo y que, cuando nuestras miradas se cruzaran, yo no tendría ninguna duda de sus sentimientos por mí.

En el gran día habría arreglos florales por todas partes, música de calidad y al menos quinientos invitados, además de un vestido maravilloso.

En lugar de eso, habían planeado para mí un matrimonio concertado por motivos políticos con un hombre cuarenta años mayor que yo.

Lo que tengo hoy no se parece a nada de eso.

No es como en las historias que le cuento a Alessia, porque los cuentos de hadas suelen basarse en el amor y no en contratos.

Pero tampoco puedo compararlo con la alternativa.

Ettore sí es mayor que yo, unos trece años, pero es tan guapo e intenso como puede serlo un hombre y, muchas veces, solo con estar cerca de él, siento que todo mi cuerpo se eriza.

Es un término medio. Puede que nunca llegue a amarme y, aunque siento que poco a poco me estoy enamorando de él, su deseo grita.

No hay cariño, pero sí respeto. Y no es ningún príncipe de Disney, pero ¿quién necesita a un idiota a lomos de un caballo blanco que solo aparece al final de la historia?

Él se parece más a un rey, aunque su reino sea el submundo.

Lo importante es que se enfrentaría a cualquier cosa que nos amenazara y eso tendrá que bastar.

Precisamente por eso, antes de bajar para que dé comienzo la ceremonia, estoy aquí encerrada en la habitación, escuchando los gritos que vienen del despacho mientras él y su tío se enfrentan.

—¡Vas a provocar una guerra, mocoso insolente! —La voz del padre de Filippo resuena.

Corro hasta la puerta de la habitación para intentar oír bien o, mejor dicho, camino lo más rápido que puedo con el vestido de novia. El despacho está justo enfrente, así que es posible oír nítidamente cada grito.

—¡Ya la he provocado! ¡Que se joda! —le grita Ettore a su vez.

¿Guerra?

—Salvatore lo entenderá como una afrenta. ¿Has cambiado a la hija del Don por la cocinera?

Ettore se ríe, un sonido irónico que, si no creyera que es imposible, me haría pensar que conoce la verdad.

—¿El consejo no quería que el Don se casara? Pues entonces que se den por satisfechos. Me caso con quien me dé la gana, tío.

—¿Y vas a seguir sacando pecho así si vienen a por ti?

—Que vengan. No representan una verdadera amenaza.

—No sé cómo apoyarte en esto... —La voz de su tío baja un tono, como si considerara la batalla perdida.

—No necesitas apoyarme, solo aceptar que no es tu elección.

Oigo cómo algo se rompe y me encojo.

—¿Sabes una cosa? Ser tu subjefe es tan difícil como lidiar con un niño caprichoso que no sabe asumir responsabilidades.

Esta vez hasta yo jadeo y abro la boca, impactada por su audacia al hablarle así a Ettore. ¿Quién se cree que es ese hombre? Me entran ganas de abrir la puerta, ir yo misma allí a decirle unas cuantas verdades y ponerlo en su sitio, aunque sea el padre de Filippo.

—¿Tan difícil está siendo? Vamos a facilitarlo —dice Ettore con un tono tranquilo, como si esa hubiera sido su intención todo el tiempo—.

Te estoy quitando esa carga, tío. A partir de hoy ya no eres mi subjefe.

Si quieres seguir en la famiglia, serás bienvenido en la mesa del consejo, pero Edoardo va a ocupar tu lugar.

Ahora sí que casi se me salen los ojos de las órbitas. Es cierto que quería que se enfrentara a él de verdad, pero no imaginé que llegaría tan lejos. ¿Todo esto porque se está casando conmigo?

—¡Te has vuelto loco! ¿Edoardo en mi lugar? Yo estoy en esa silla desde antes de que tú nacieras, Ettore.

—Estabas. Ahora, si me disculpas, tengo un compromiso. Creo que, si no quieres asistir a la ceremonia en silencio, sabes dónde está la salida.

Poco después, oigo pasos apagados al otro lado y deduzco que Ettore lo ha dejado solo. Espero un poco más y oigo otros pasos. Por lo visto, la pelea ha terminado y eso es todo.

La organizadora de bodas llega poco después, llama a la puerta y me avisa de que la boda va a comenzar, que se celebra en los jardines de la mansión. Bajo las escaleras junto a ella y me coloco detrás de una larga cortina, esperando.

Desde donde estoy, oigo el murmullo amortiguado del exterior y el estómago se me contrae como si estuviera a punto de entrar en un tribunal.

Tal vez sea exactamente eso. No un altar romántico, sino un rito de confirmación: una boda por conveniencia, con un contrato firmado ante Dios y ante hombres armados.

Lo que se firma aquí, sin embargo, es el apellido, el poder y el riesgo.

Han dispuesto el pasillo sobre el césped y han extendido una larga alfombra roja.

Huele a flores, pero también a las velas que he creado especialmente para Ettore y que me empeñé en esparcir por el lugar.

Hay decenas de ellas. Obviamente, tuvimos que colocar cúpulas con pequeñas aberturas para que se mantuvieran encendidas al aire libre, pero, por lo visto, ha funcionado, porque percibo el aroma incluso desde aquí.

La música empieza y casi puedo imaginarlo dirigiéndose hacia su lugar ante el altar.

Todavía no lo he visto con el traje elegido y estoy llena de curiosidad.

La organizadora de bodas coloca a Alessia a mi lado y ella me aprieta la mano con fuerza.

Lleva un vestido que es casi una copia del mío, pero en su talla.

Le han arreglado el pelo con un peinado lleno de rizos rubios, pero, a diferencia del mío, que está suelto, el suyo está recogido en un moño semisuelto. Parece una muñeca y está radiante.

—Mamá, yo voy a llevá las alianzas —anuncia, orgullosa, como si fuera la misión más importante del mundo y como si yo no lo supiera.

Me agacho para quedar a su altura.

—Lo sé, mi amor. Vas a ser la más guapa de todas.

Ella sonríe y, por un segundo, casi olvido dónde estoy. Casi olvido que el hombre al otro lado de esta puerta es un Don y que acepté ser su esposa por una razón, como quien acepta un chaleco antibalas. La felicidad de Alessia es tan pura que, por un momento, acaba contagiándome.

—Tú lo vas a sel, mamita. Estás malavillosa, una plincesa de veldad —dice, con una sonrisa enorme.

Antes de que pueda responderle, siento que una mano me toca el hombro y me vuelvo para encontrar a la Madre Rosalia justo detrás de mí. Su mirada es firme, pero no fría, y me examina de arriba abajo como si estuviera comprobando si todavía tengo alma antes de entrar en lo que llamó infierno.

Lleva el cuadernito en la mano, pero mira hacia ambos lados antes de girar la página para que pueda leer.

Todavía estás a tiempo de huir.

Sonrío porque sé que no está bromeando.

—Estoy decidida, Madre. Y estoy bien.

Suspira, como quien sabía que esa sería mi respuesta, y asiente. A continuación, se aparta y va a unirse a las demás para esperar a que yo entre. Entonces la puerta se abre y empieza la marcha nupcial. Respiro hondo y doy un paso al frente.

—Amélie, espera —me llama Filippo.

Vuelvo a girarme y lo veo acercarse a paso rápido.

—Pensé que ya estabas allí delante —comento, con el ceño fruncido—. Ettore ya ha entrado.

Él sonríe.

—Lo sé, pero tuve que salir a buscar una cosa. Ettore ha preparado una sorpresa para ti. No quería que entraras sola.

¿Filippo está insinuando que va a entrar conmigo y llevarme al altar? Bueno, entonces habría sido más adecuado que lo hiciera la Madre.

—No lo entiendo —digo, ansiosa.

La gente está esperándome y él está aquí diciendo cosas sin sentido.

—Puede entrar, signora —dice en voz alta, arqueando las cejas como quien espera una reacción absurda.

Miro por encima de su hombro, intentando comprender, y entonces, como si estuviera en un sueño, la veo: camina lentamente hacia mí, ya mayor, sonríe al verme y los ojos se le llenan de lágrimas. Suelto un grito que enseguida se convierte en llanto.

—¡Niñera! —Corro hacia ella y me lanzo a sus brazos, en un abrazo acogedor que pensé que nunca volvería a sentir—. Mi Kindermädchen, ¿estoy soñando? ¿Cómo puedes estar aquí?

Ella me estrecha con más fuerza y siento su cuerpo temblar con los sollozos. Filippo sale corriendo y me imagino que ha ido a pedir unos minutos más.

—Tu futuro marido, mi princesa. Me encontró y me trajo. Dijo que era demasiado importante que estuviera contigo.

—Él... ¿él hizo eso? —Poco a poco, caigo en la cuenta.

Ettore no podría saber lo de la niñera si no supiera todo lo demás.

—Dio mio...

Ella se ríe.

—¿Te has vuelto una italianita? Y vas a casarte...

Vacilo ante su comentario, pero inspiro hondo, intentando contener el llanto para no echar a perder todo el trabajo de la maquilladora.

—Voy a hacerlo, niñera. Sé quién es, pero tuve a mi bebé aquí, en Italia. Está enferma y solo el Don puede salvar a Alessia y protegerme. Sé lo que dicen de él, pero Ettore...

La niñera Rosimeire me aprieta las manos con cariño y esboza una sonrisa tierna.

—Niña, tu novio es un hombre duro, pero no es malo. Es duro con quien lo merece.

¿Cómo sabe eso?

—Va a cuidar de ti y de tu niña y va a resolverlo todo —continúa con una tranquilidad que consigue envolverme—. ¡Está cuidando hasta de mí! Espero que tengas toda la felicidad que un día te robaron.

Asiento porque, a pesar de todo, es un día muy feliz. Quiero saber todos los detalles, pero el momento no parece ser el más apropiado.

—¿Vamos ahora? Hay un italiano guapísimo esperándote en el altar... —La niñera me ofrece el brazo y me apoyo en ella, igual que ella se apoya en mí.

Le hago una seña a la organizadora de bodas para indicarle que estoy lista, la marcha se reanuda y las puertas se abren. Entramos juntas.