La novia fantasma
Amélie
Estoy corriendo.
Pero no es una carrera normal. Corro y siento cómo el miedo atraviesa mi ropa y se instala en mi piel, frío, gélido. Es el pavor que siento ante la posibilidad de que me pillen haciendo algo por lo que van a castigarme. Corro como quien intenta escapar de una condena.
El vestido es de fiesta y pesa. La pedrería me golpea las piernas mientras el tejido áspero me araña la piel, y siento las lágrimas resbalar mientras apenas consigo respirar.
Atravieso las puertas altas y salgo al jardín, como si el aire del exterior fuera lo único capaz de mantenerme viva.
El jardín es demasiado perfecto para ser real.
Oculta con su belleza todo lo horrible que hay dentro.
Hay caminos de grava blanca dibujados como laberintos, rosales simétricos, setos recortados para formar dibujos y una fuente en el centro, de la que oigo el murmullo bajo del agua cristalina al caer.
Hasta el olor es diferente aquí, dulce, una mezcla de todas las especies de flores esparcidas por el lugar.
La noche no es fría. Está limpia y silenciosa, al menos en la superficie, porque dentro de mí hay una pobre chica rica que grita e implora que la salven.
Camino deprisa, tropezando con el bajo del vestido. Apoyo las manos en los árboles mientras avanzo, con el pecho dolorido de tanto contener el llanto, pero aquí fuera brota, intenso, feo, sin la elegancia que se me exigió toda la vida.
—¿Amélie?
La voz viene de un rincón oscuro del jardín, cerca de los rosales, y levanto el rostro sobresaltada al darme cuenta de que hay un hombre allí, escondido entre las sombras. Finalmente, mis ojos se adaptan a la oscuridad y lo reconozco: es David.
Es guapo de una forma que desprende peligro, no porque tenga aspecto de chico malo, sino porque todo en esta relación nos conduce al peligro.
No tiene la belleza pulida de los hombres que mi padre recibe en cenas y eventos, pero me gusta porque parece vivo.
Su pelo es claro, al igual que el mío, y sus ojos tienen un tono marrón dorado que se parece a la miel.
A diferencia de todos los de aquí, no lleva ropa de lujo, sino el uniforme de la guardia.
Aun así, su postura no es la de quien se siente inferior.
David camina como si el jardín también fuera suyo, como si nada ni nadie tuviera derecho a expulsarlo de allí.
—¿Qué ha pasado? —pregunta, deteniéndose lo bastante cerca como para que sienta el calor de su cuerpo—. ¿Por qué estás llorando?
Sus manos todavía no me tocan, pero su mirada sí. Recorre mi rostro mojado con una atención que me hace llorar aún más.
Intento hablar, pero la voz me falla.
—Mi padre... —Trago saliva—. Ha firmado un acuerdo y va a obligarme a casarme.
David frunce el ceño, como si la noticia no tuviera tanto impacto en él como en mí, como si ya se la esperara.
—¿Con quién?
Miro al suelo, humillada por la verdad.
—Un general. Quiere tener a sus hombres a su disposición.
Es un hombre que tiene edad para ser mi abuelo.
—Las palabras salen como si escupiera veneno—.
Papá no quiere... no quiere escucharme. Dice que es necesario, que es una cuestión política.
Que es... —Suelto una risa rota en medio de las lágrimas—. Que es mi deber.
Él da un paso al frente y la tenue luz de la fuente le ilumina el rostro, haciendo que sus ojos parezcan todavía más dorados.
—No tienes que casarte con nadie, estamos enamorados, ¿verdad?
Asiento con vehemencia.
—Claro que sí, pero mi padre... Nunca va a aceptarlo. —Me falta el aire y aprieto con fuerza la tela del vestido—. Pero no quiero perderte, David.
Lo digo en voz baja, como si la frase estuviera prohibida, temiendo que alguien aparezca entre los árboles y me arranque de aquí tirándome del pelo.
La mano de David por fin me toca el rostro. Sus dedos están calientes y firmes, y me seca una lágrima con el pulgar como si fuera un gesto demasiado íntimo para existir en medio de un jardín. Me sujeta la barbilla con cuidado y me obliga a levantar el rostro para mirarlo.
—No te preocupes —dice en voz baja—. Eso no va a pasar.
Mi corazón se dispara y le creo incluso antes de saber lo que pretende.
—¿Cómo vamos a impedirlo?
Él sonríe de una forma que me desarma por completo, como si el mundo entero fuera sencillo cuando habla.
—Vamos a huir —dice, y suena como una promesa—. Te saco de aquí, lejos de este lugar, lejos de tu padre y de ese viejo. ¿Confías en mí?
—Confío —digo, con la fuerza de quien entrega la vida en manos de otra persona.
Se inclina y me besa, y el gesto parece suficiente para sellar algo, algo definitivo.
Cierro los ojos y, por un instante, consigo imaginar una vida sin muros y sin el peso de un apellido que me sujeta por el cuello.
Consigo imaginar el viento golpeándome el rostro, una carretera, una casa pequeña y la libertad de vivir como quiera.
—David... —Su mano se desliza bajo mi vestido y el contacto es agradable, pero me llena de miedo—. ¿Cuándo nos vamos?
—Pronto —murmura—. Ahora deja de llorar y ven a darme un beso como es debido.
De repente, la escena cambia. Seguimos siendo David y yo, pero él me empuja contra uno de los árboles y me besa de una forma brusca. Me duele la boca porque la tengo toda herida y apenas consigo verlo porque tengo un ojo cerrado por el puñetazo que he recibido.
—David, no quiero... Nuestro bebé...
—¿Has pensado que matar a ese bebé puede ser lo mejor que nos va a pasar? Ahora quédate quietecita. Necesito una despedida.
Sus manos suben por mi falda, insinuándose bajo ella, y yo me debato, intentando escapar, pero es en vano. Él tiene más fuerza que yo. Lloro, implorando que no haga aquello, no ahora. Me duele todo el cuerpo y el sangrado me hace pensar que voy a perder al bebé, pero David no me escucha.
Y entonces me despierto sobresaltada. Creo que hasta mi inconsciente considera demasiado revivir todo el escenario de horror que vino después, justo en el momento en que tomó lo que yo ya no quería entregar voluntariamente.
El terror es tan grande que todo mi cuerpo se contrae y el corazón late como si hubiera corrido de verdad. Mi mano va al pecho y, por un segundo, necesito recordar dónde estoy: en Italia, en Palermo, en la mansión de los Santacroce, a salvo.
Respiro hondo, intentando expulsar el sueño como si fuera humo. El rostro de David sigue muy nítido, un recordatorio de cuando aún era tonta y soñadora.
Aprieto los ojos, con la garganta ardiendo. ¡Qué tonta fui! ¡Qué absurdamente y peligrosamente tonta fui por confiar en aquel imbécil!
Me obligo a salir de la cama, deduciendo que tal vez la proximidad de la boda haya rescatado esos recuerdos. Las dos semanas que acordamos para el gran día prácticamente ya han terminado y ahora solo faltan dos días para que sea oficialmente Amélie Santacroce.
Se me escapa una sonrisa.
Mi padre sucumbiría al ver nuestra sangre asociada a la de un mafioso, y esa idea me alegra de una forma medio sádica.
Voy hasta el armario y me pongo una bata sobre el camisón.
Son prendas nuevas de entre los cientos que Ettore me hizo comprar.
Ettore también me compró un móvil, ya que tuve que devolverle a la Madre el del monasterio, y así puedo comunicarme con él cuando voy al hospital y también organizar algunas cosas de la boda.
Fue así como recibí el mensaje de la estilista avisándome de que vendría para la última prueba de mi vestido.
Ettore sugirió que la hiciera en la suite principal, donde hay un espejo enorme para que pueda ver bien el resultado, así que cierro la bata y voy hasta allí. Cuando entro, Lina, la estilista, ya está esperándome.
Me ayuda a vestirme y percibo que la luz de la mañana entra por las amplias ventanas, atraviesa las cortinas y se extiende por el suelo con un dorado suave, iluminando cada centímetro del tejido que me envuelve.
El vestido de novia cae sobre mi cuerpo con cierto peso.
Ya ni recordaba cómo era llevar algo así, lleno de pedrería y con tantas capas de falda que hace falta cierto esfuerzo para moverse.
Podría haber elegido algo más sencillo, más básico, sobre todo porque no tengo tantos invitados, pero toda la cúpula de Ettore estará presente, todos sus hombres, y no quiero avergonzarlo con la elección que ha hecho.
Además, esta boda se parece cada día más a un hito para mí, como si hubiera muerto y ahora renaciera como un fénix.
Y el plumaje de un fénix necesita ser bello e imponente, aunque dudo de que, después de tanto tiempo escondiéndome del mundo, todavía sepa brillar.
—¿Cree que ha quedado bien? —pregunto, alisando la falda para verla mejor.
Lina arquea las cejas, ofendida.
—¿Está preguntando si el vestido que yo he hecho ha quedado bien? Signora, con todos mis respetos, ya he creado piezas exclusivas para la realeza.
Sonrío, pero me contengo.
Claro que lo hizo...
—Quiero saber si me queda bien a mí, no estoy cuestionando su talento.
Lina responde efusivamente, colmándome de elogios, pero ya no la escucho.
Dos días. Es todo el tiempo del que dispongo antes de un cambio tan radical en mi vida, pero es suficiente para permitirme respirar y, al mismo tiempo, no parece nada, porque aquí todo ocurre demasiado rápido, ya sean las decisiones, los juramentos o las compras.
Miro mi reflejo y levanto las manos para tocar el escote con delicadeza, comprobando la caída como si fuera una especialista, cuando en realidad solo estoy intentando convencerme de que la mujer del espejo soy realmente yo.
El tejido es blanco y las faldas, muy amplias, están cubiertas de piedras brillantes.
No es una elegancia contenida. Es como si el vestido hubiera sido diseñado para demostrar poder y posesiones.
El escote es lo bastante profundo como para mostrar parte del pecho, pero sin exageraciones ni vulgaridad, y las mangas de encaje me cubren los brazos hasta las muñecas.