Encargos #3
Asiento. Eso ya lo esperaba. La presencia de las monjas va a legitimar a Amélie a ojos de algunos de los más conservadores, hombres que matan a sangre fría, pero que prefieren que sus esposas sean un ejemplo de caridad y pureza.
También puede ayudar a calmar su conciencia, aunque la conciencia no tenga gran utilidad en la mafia.
—¿Nadie más? —pregunto, tanteando el terreno.
Es su turno de encogerse de hombros.
—La única persona que de verdad quería que estuviera conmigo no puede venir.
—¿Quién? —pregunto.
—Mi Kindermädchen —dice en un alemán perfecto.
—¿Tu niñera? —pregunto, ignorando el alemán que aflora de forma inesperada en sus labios, como si ni siquiera se diera cuenta—. ¿Y por qué no puede venir? ¿Ha muerto?
Ella niega con la cabeza.
—No, pero no hay manera.
—¿Por qué? —pregunto, intentando anticipar la mentira que va a inventar ahora.
Su mirada se desvía: un pequeño gesto que esconde otra gran respuesta.
—Porque... no sería posible —dice, y su tono pretende ser definitivo, pero no convence.
Cruzo los brazos, intentando ser paciente.
—Amélie, tienes que empezar a confiar en mí. ¿Todavía no has entendido que estamos juntos en esto? —pregunto, suspirando, un poco cansado—. Voy a hacerlo todo por vosotras, pero no voy a pasar por alto para siempre tus secretos y mentiras.
Ella exhala, frustrada.
—Es complicado, ¿vale? La historia es muy...
Grande.
—¿Muy?
—Complicada —repite—, y no es que no confíe en ti, pero tengo mis reservas.
La observo durante un segundo, sopesando qué decir.
Puedo contarle a Amélie que ya lo sé todo, solo para ver la expresión de conmoción en su rostro, o esperar hasta la ceremonia para que la sorpresa y el impacto sean mayores.
Opto por lo segundo, no necesariamente por maldad.
Si ella miente, yo omito. Los dos sabemos jugar a este juego.
Lo que ella no ha entendido es que, cuando decido que algo va a ocurrir, no le pregunto al mundo si es complicado o posible.
Derribo las imposibilidades.
—De acuerdo —digo, aceptando su retirada por ahora.
Y dejo que crea que la conversación terminó aquí, haciéndole un gesto para que salga.
—Ahora tienes que bajar. La estilista está esperando. Y tienes que hablar con las vendedoras y elegir bien lo que Alessia va a ponerse.
Amélie vacila, como si quisiera darme las gracias de nuevo, como si quisiera preguntar cosas que no se atreve a plantear, pero al final solo asiente y sale de la habitación.
Me quedo solo por un instante, mirando la puerta abierta.
Complicado.
Cojo el móvil mientras salgo de su habitación y camino por el pasillo sin prisa, pero con la cabeza ya trabajando.
Esta vez me pongo en contacto directamente con Niklaus.
No forma parte de mi cúpula, pero trabaja ocasionalmente para la Cosa Nostra, tanto en Suiza como en los alrededores.
Sus servicios incluyen todo tipo de encargos, también los que respiran, y precisamente por eso es el mejor en su campo: un ladrón de élite que entra y sale de cualquier lugar y podría robarle al papa la mitra de la cabeza sin que nadie se diera cuenta.
Me gusta ese hombre porque no pregunta demasiado, entrega lo que pido sin que la información circule y entiende el peso y la importancia de la palabra discreción como si fuera su religión.
El teléfono suena dos veces antes de que Niklaus conteste.
—Sali, Don.
—¿Cómo estás, Niklaus? Imagino que Filippo ya se ha puesto en contacto y te ha dicho lo que necesito.
Hay un silencio breve.
—Estoy organizándome para entrar.
—¿Y te dará tiempo? —pregunto, presionándolo.
—Santacroce... —Su tono roza la diversión—. ¿Alguna vez he incumplido un plazo que me hayas dado? En menos de dos semanas estará en tus manos.
—Perfecto. Pero no he llamado por eso. Necesito añadir dos encargos más al encargo inicial.
—¿En el mismo lugar?
—Sí. Harás el trabajo en un solo día.
—¿Encargos para Hel? —Es su forma de preguntar si debe enviarlos vivos o como cadáveres.
En su cultura, Hel es la diosa que gobierna el inframundo y recibe a los muertos. Una información medio inútil que aprendí precisamente gracias a Niklaus, algo que seguramente Amélie también podría decirme.
Miro por el pasillo, asegurándome de estar lo bastante apartado como para hablar sin que haya oídos indiscretos cerca.
—No. Quiero a los dos aquí y vivos. El medio de transporte será lo que diferencie las cargas.
—Eso es fácil. ¿Tienes los nombres?
Esbozo una leve sonrisa sin humor.
—Te los mando por mensaje.
—¿Y el pago? —pregunta.
—Vas a recibir lo que pidas, codicioso de mierda —respondo con frialdad.
El desgraciado se ríe.
—Si quieres que haga una mierda de ese tamaño, tienes que rascarte el bolsillo, Don.
—Haz el trabajo y dime el precio.
Cuelgo y guardo el teléfono en el bolsillo, pero, en lugar de seguir hacia el despacho, miro en dirección a la escalera, imaginando a Amélie entre las vendedoras y la estilista, rodeada de ropa nueva y tomando decisiones que no ha podido tomar desde hace mucho tiempo.
Esta mujer todavía no ha entendido lo que significa de verdad llevar mi apellido y estar a mi lado.
Pero lo va a entender.