Ettore Santacroce Encargos #2
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Encargos #2

—Ahhh... —deja escapar en un susurro—. Voy a dormir en tu habitación.

No sonrío, pero por dentro algo se enciende.

Porque, joder, cómo me gusta verla sonrojarse, verla perder el control durante un segundo.

Ella se pasa la vida esforzándose por mantener una apariencia de estabilidad, de indiferencia y de dominio propio, pero ahora que está tan cerca de mí y respira con más intensidad, con el pecho subiendo y bajando de una forma que me vuelve loco, sé que, si doy un paso más, si le toco la barbilla con los dedos y atraigo su cuerpo hacia mí, no va a huir.

La observo durante demasiado tiempo como para que mi mirada pueda considerarse inocente y la estancia parece encogerse con la tensión que crece y se apodera del espacio.

Percibo su olor: jabón todavía sobre la piel y un perfume discreto, un aroma que no está hecho para seducir ni para provocar, pero quizá precisamente por eso me atrae de una manera casi obsesiva.

Doy un paso al frente y ella no retrocede. Pongo las manos en su cintura y me acerco un poco. Su mirada se desliza hacia mi boca y ya puedo anticipar su sabor, ya puedo imaginar a Amélie totalmente desnuda sobre la cama del fondo, mientras yo me...

—¡MAMITA! ¡TÍO ETTOLE!

La voz explota dentro de la habitación al mismo tiempo que la puerta se abre y choca contra la pared con un estruendo.

Amélie se aparta de un salto, como si una cuerda la hubiera arrastrado de vuelta a la realidad, y yo vuelvo el rostro justo cuando Alessia entra en la habitación con pasitos apresurados, orgullosa.

Lleva puesto un vestido nuevo, demasiado rosa para la casa de un Don. Probablemente, una de las vendedoras decidió empezar a trabajar, ya que ninguno de nosotros apareció. El vestido tiene detalles delicados y Alessia gira sobre sí misma como si fuera una bailarina.

—¡Mira! ¡Mírame! —dice, riendo, feliz de una forma que hace que el mundo parezca menos sucio por un instante.

Amélie se derrite inmediatamente, como siempre.

—¡Dio mio! Estás tan guapa... —dice, agachándose para arreglarle el bajo y darle un beso en la frente.

Observo en silencio y percibo que la felicidad de Alessia tiene un efecto extraño en mí. Son cosas pequeñas, como un vestido, una pirueta, una risa, pero consiguen provocarme una sensación inquietantemente buena.

—¿Qué te palece, tío Ettole?

—Pareces una princesa —digo y la palabra sale antes de que pueda pensarlo bien.

Alessia esboza una sonrisa enorme.

—¿Igual que mamá?

Amélie se queda paralizada durante una fracción de segundo y yo lo percibo. Son pequeñas reacciones que delatan grandes historias.

—Igualita —confirmo.

Alessia da otra vuelta, satisfecha, y sale corriendo de nuevo para mostrárselo a alguien en el pasillo. Probablemente lo hará con cada persona que encuentre por la mansión. Cuando la puerta se cierra, el silencio vuelve. Más pesado ahora, porque nos interrumpieron en el punto álgido.

Amélie deja escapar un largo suspiro, como si hubiera contenido el aire todo ese tiempo.

—¿Qué pasa?

—Nada —responde automáticamente.

Pero no me doy por vencido a la primera.

—Amélie...

Aprieta los labios, irritada por mi insistencia.

—No es nada del otro mundo, ¿vale? Lo que pasa es que está tan feliz con el vestido...

—dice, y la voz se le ablanda un poco—. Dentro de un rato voy a tener que decirle que tenemos que ir a la sesión de hemodiálisis.

Y cuando volvemos, Alessia se queda abatida.

Siempre. Parece que... —Se detiene sin terminar la frase.

—¿Parece que...?

—Siempre que gana algo, por pequeño que sea, el mundo se empeña en recordarle que no puede. Que tiene que pagar por ello... —dice, y veo que se le humedecen los ojos.

Siento una punzada en el pecho que no me gusta nombrar e instintivamente doy un paso hacia ella, no para tocarla esta vez, sino para dejar claro que ya no está sola.

—Ya dije que voy a encargarme de todo —digo con firmeza—. Y no hago promesas vacías.

—Pero, Ettore... ¿Cómo? —Su voz suena embargada y me mira con una mezcla de esperanza y miedo.

—Dije que voy a protegeros, Amélie, y eso incluye el trasplante.

—¿Vas a comprar un riñón en el mercado negro? —pregunta con un tono más sarcástico.

La observo con seriedad.

—Compraría diez si hubiera garantía de compatibilidad, pero, como no la hay, voy a encontrar otra forma, algo más seguro. Solo necesitas confiar.

Me mira con una mezcla de gratitud y miedo, como si todavía no supiera el precio de aceptar lo que ofrezco, y quizá sea mejor que no lo sepa.

—Hay otra cosa —digo—. ¿Hay alguien a quien quieras invitar a la boda? Necesitamos una lista para la organizadora de bodas.

Amélie parpadea, sorprendida por el cambio repentino de asunto. La pregunta parece simple, pero tiene implicaciones: invitar a personas que conoce significa admitir públicamente que está a mi lado.

—Ya he invitado a las suore —responde—. La Madre Rosalia dijo que vendría y creo que la hermana Solaine y la hermana Chiara la acompañarán. No tengo amigos ni conocidos aparte de ellas en Palermo.