Encargos
Ettore Santacroce
Decido ir a ver a Amélie, deduciendo que estará en la habitación, terminando de arreglar a Alessia. Hay movimiento en los pasillos, con hombres circulando de un lado a otro, atareados, pero es lo mínimo necesario para que ellas tengan cierta comodidad aquí y se sientan como en casa.
Podría haber mandado a alguien a llamarla, podría haber encargado a otra persona que resolviera los pormenores y podría haber tratado nuestro acuerdo con distancia para que las líneas entre realidad y ficción no se mezclaran.
Sin embargo, hay cosas que me empeño en ver con mis propios ojos y la forma en que ella se mueve, tensa pero interesada, cuando estoy cerca es una de ellas.
Llamo suavemente a la puerta y oigo su voz diciéndome que entre. Me detengo en el umbral durante un segundo, evaluando el ambiente, para asegurarme de que la estancia servirá para mis propósitos.
Amélie sale del baño de la suite. Su cabello claro está suelto y húmedo por la ducha, y todavía lleva puesto un pijama sencillo, lo bastante viejo como para haberse vuelto un tanto transparente.
Joder... Puedo ver la sombra oscura de sus pezones y la escena por sí sola aviva mi imaginación y me hace pensar en su delicioso cuerpo tendido sobre mi mesa. ¿A quién se le ocurrió aquella ridícula idea de no repetir? Voy a matar personalmente al idiota.
—Buongiorno —saluda. Aunque está seria, parece menos irritada ahora, como si ya hubiera aceptado la idea del matrimonio y lo que el destino nos reserva—.
¿Necesitas hablar conmigo, Don? —pregunta.
Percibo que, aunque intenta sonar neutra, hay tensión en su voz, como si siempre esperara una mala noticia.
Entro en la habitación y cierro la puerta detrás de mí. Amélie inclina la cabeza, intentando entender qué está pasando.
—Quiero que vengas conmigo para elegir tu anillo —digo sin rodeos, porque, de lo contrario, voy a quedarme aquí absorto, devorando con la mirada lo que el pijama raído intenta esconder.
Su expresión cambia de una forma que me divierte un poco. No es alegría, sino la sorpresa de quien olvidó por un instante que el contrato se ha vuelto real, que la propuesta de matrimonio no se limitó al debate.
Amélie usa la toalla que tiene en las manos para secarse un poco el cabello, pero es evidente que está intentando ganar tiempo.
—Ettore... —empieza, y una vez más me sorprendo pensando en cuánto me gusta que pronuncie mi nombre—. Yo... tengo una joya familiar.
Levanto una ceja, interesado en la historia que va a inventarse esta vez.
—¿Joya?
Ella asiente y el gesto tiene algo de íntimo, como si admitir aquello fuera abrir una puerta que mantiene cerrada con llave.
—Sí, tengo un anillo —explica, y baja la mirada durante un segundo—. Era de mi madre.
La valentía de la que se reviste para sobrevivir pierde una capa cuando habla de su madre, aunque no mencione ningún nombre.
Y, por algún motivo, eso me irrita, porque recuerdo que tuvo toda una vida antes de mí, antes de mi casa, antes de convertirse en mía.
Mi prometida, al menos. Es ridículo y egoísta: todo el mundo tiene una historia, pero lo que me irrita es no oír la verdad de su boca.
No demuestro nada de eso. Todavía no.
—¿Y quieres llevar ese anillo? —pregunto, con un tono que no revela nada más que curiosidad.
—Si te parece bien, me gustaría —responde—. No es terquedad. Solo... —Amélie respira hondo, eligiendo cada sílaba como si un paso en falso fuera a delatar la verdad—. Es lo único que tengo de ella y quería sentir que está cerca de mí, aunque sea de forma simbólica.
Parte de mi rabia se desvanece al darme cuenta de lo difícil que le resulta admitirlo. Es un atisbo de debilidad.
La forma en que habla deja claro que ya ha aceptado el matrimonio como inevitable.
—Enséñamelo.
Ella vacila y no es una vacilación teatral, sino la de quien sabe que, con ese pequeño gesto, está entregando una parte de sí misma, pero no sabe si se la devolverán entera.
Entonces, despacio, camina hasta el armario en el que guarda la poca ropa que ella y Alessia tienen, y la veo levantar el montón, meter la mano debajo de todo y dejar al descubierto el escondite de la joya.
Con pasos lentos, vuelve junto a mí, sosteniendo el anillo en su delicada palma.
Es una joya antigua y, solo con mirarla, entiendo su vacilación.
Hay un enorme diamante negro en el centro del anillo de oro blanco, una piedra que revela lo que ella quiere ocultar.
Por eso le tiemblan un poco las manos: teme que yo lo sepa, que entienda lo suficiente como para reconocer una joya que vale al menos cinco millones de dólares, no solo por la rareza de la piedra, sino probablemente también por la historia ancestral que lleva consigo.
—Dámelo —pido, extendiendo la mano.
Ella clava la mirada en la mía durante un segundo, como si midiera el peligro de confiar, pero entonces me sorprende al depositar el anillo en mi palma. El metal está frío, pero siento el verdadero peso del gesto: Amélie no pone lo que le importa en manos de cualquiera.
—Voy a dejarlo listo —digo, guardando el anillo como si no fuera nada del otro mundo, solo una sencilla joya familiar, sin gran valor más allá del sentimental—. Lo mandaré pulir y pediré que hagan el mío parecido al tuyo.
Ella frunce el ceño, confusa.
—¿Parecido?
—Lo suficiente para que, cuando alguien los mire, entienda sin preguntar que se trata de una alianza. —Sostengo su mirada—. Pero no voy a borrar lo que es tuyo.
No lo digo por gentileza, sino porque entiendo los símbolos. Y entiendo que, para ella, ese anillo es más que una joya de valor astronómico.
Amélie exhala con un alivio contenido.
—Gracias. Pero ¿habría alguna forma de modificarlo? Tal vez para que tenga un aspecto más moderno.
La petición me sorprende, pero solo durante unos segundos. Enseguida entiendo lo que no está diciendo. Amélie no lo usa y ahora pide que lo modifiquen precisamente para que no resulte reconocible.
Hago un leve gesto con la mano, dando por zanjado el asunto antes de que genere una tensión innecesaria.
—Mandaré grabar la inicial de Santacroce en él. ¿Qué te parece?
Ella asiente rápidamente.
—Sería perfecto. Gracias.
—Otra cosa: la estilista te está esperando.
Abre un poco los ojos.
—¿Has llamado a una estilista?
—Sí —respondo, señalando con la barbilla hacia la puerta, como si el pasillo entero ya estuviera organizado en función de eso—. No has comprado nada con mi tarjeta. Así que mandé que las vendedoras también vinieran hasta aquí. Van a montar un fondo de armario nuevo para ti y para Alessia.
Cuando digo el nombre de la niña, algo cambia en su rostro.
—Tú... ¿has hecho todo eso? —pregunta, desconfiada, como si esperara que hubiera un precio oculto.
—Dije que no os faltaría nada, ¿no? No podéis seguir con esa ropa vieja y raída.
Amélie entrecierra los ojos y cruza los brazos, ofendida por mi comentario. El movimiento le realza un poco los pechos y los marca todavía más.
—Mi ropa es barata y sencilla, pero no es tan vieja...
La observo, inclino un poco la cabeza y, a continuación, sin poder resistirme, le señalo el pecho con el dedo.
—Se transparenta y es fina.
Se queda boquiabierta ante mi franqueza y se lleva las manos de inmediato a los pechos para cubrirse, arrancándome una breve sonrisa.
La estoy provocando, pero la verdad es que tampoco me gusta la idea de que ella, que vivió rodeada de un lujo inimaginable toda su vida, ahora tenga que contar cada céntimo y usar ropa donada por terceros.
Si va a ser mi esposa, aunque sea por conveniencia, eso se va a notar en cada detalle de su imagen, en la ropa a medida y de lujo, en las joyas y en todo lo demás que sea necesario para que sepa que, a mi lado, mi reino también es suyo.
—Y no pedí solo la ropa —continúo, ignorando el brillo de rabia que veo pasar por sus ojos azules—. He mandado llamar a gente para acondicionar una de las habitaciones para Alessia. Muebles, pintura, juguetes y lo que haga falta.
La rabia desaparece con la mera mención del nombre de su hija y sus ojos adquieren un brillo que reconozco como una mezcla de dolor y alegría: el de quien recibe un gesto sencillo como si fuera la salvación.
—¿Una habitación solo para ella?
—Claro, y una habitación de verdad —recalco—. Alessia necesita tener su espacio aquí, un lugar seguro.
Amélie asiente, satisfecha.
—Pero ¿y... la habitación en la que estamos durmiendo? ¿Esta habitación?
La observo antes de responder, porque sé adónde conduce la pregunta, incluso sin que la verbalice.
Dejo que un breve silencio se alargue, lo justo para hacer que se remueva un poco.
Por alguna razón desconocida, me gusta provocarla, llevar a Amélie al límite.
Tal vez porque fue exactamente así como la tuve aquella vez, al borde de un precipicio, lista para saltar y entregarse.
—Si quieres, esta habitación puede convertirse en otra cosa —digo, sopesando qué decir—. Una sala de juegos. O quizá un taller para tus velas.
Ella parpadea, quizá porque la palabra taller no encaja demasiado con esta realidad.
—¿Un lugar en el que pueda hacer velas?
Me encojo de hombros.
—Te gusta hacerlas —respondo con sencillez—. Y se te da bien. Conseguiste que encendiera esa mierda y que me enganchara a su olor —admito con una media sonrisa.
Amélie se muerde el labio por un instante, pensativa, y entonces pregunta con la lógica que siempre la devuelve a la realidad.
—Eso sería genial. Pero ¿dónde voy a dormir... si transformo la habitación?
Arqueo la ceja despacio y no necesito decir nada, porque el gesto y el silencio hablan por mí. La sugerencia queda entre nosotros, como una llamarada que se alimenta de migajas.
Sus ojos se fijan en los míos por un instante y entonces se desvían hacia mi boca en un gesto casi involuntario que ella intenta controlar, pero el cuerpo no se lo permite.
Cuando se da cuenta, el rubor le sube a las mejillas con la rapidez de quien percibe que preguntó más de lo que habría querido saber.