Ettore Santacroce El regalo con lazo #3
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El regalo con lazo #3

Edoardo suspira, pero obedece. Observo cómo Alessia coloca la caja en su regazo con cuidado, como si fuera un verdadero tesoro.

—Puedes ablir ahora —anuncia.

Edoardo sigue la orden, curioso.

Cuando ve al pollito dentro de la caja, amarillo, minúsculo y con un lazo rojo atado al cuello, la expresión de su rostro cambia tan rápido que resulta difícil asimilarlo. La rabia de antes y el tedio de ahora dan paso a un asombro casi infantil.

—¿Qué coj...? —Mira a Alessia e interrumpe la palabrota—. ¿Qué es esto? —pregunta, sin agresividad.

—Es pala ti —dice Alessia, orgullosa—. Pala pedil diculpas pol lo que mamá hizo con tu gallito. ¿La peldonas?

La pregunta resuena en el despacho y el ambiente se vuelve extraño de repente. Edoardo mira al pollito, después mira a Alessia y noto algo diferente en su mirada, algo que jamás habría esperado ver. Parece cariño, ternura o algo parecido: un sentimiento dulce que apenas alcanzo a vislumbrar.

Pasa el dedo por la cabeza del bichito con delicadeza y el pollito pía con más fuerza.

—¿Es un regalo para mí? ¿Y cómo va a llamarse? —pregunta Edoardo, entrando en el juego.

Alessia sonríe, sin entender la absurda diferencia que hay entre un gallo de pelea, que valía mucho dinero, y un simple pollito.

—¡Puede ser Cotildo! Porque es hijo de Cotilde.

Edoardo hace una mueca, como si la sugerencia le pareciera horrible, y oigo la risa de Ettore detrás de mí.

—Cotildo no —decide inmediatamente—. Puede llamarse Diablillo.

Alessia abre mucho los ojos.

—¿Diablillo?

—O Capiroto... ¡Capirotito! —rectifica, como si fuera una cosa mona—. Porque es pequeño, pero va a ser peligroso como yo. —Y mira a Ettore, con diversión en los ojos—. ¿Qué te parece?

Ettore suelta una risa baja y niega con la cabeza, como si no pudiera creer que esa escena estuviera ocurriendo dentro del despacho del Don.

Alessia, en cambio, parece considerar Capirotito una opción.

—Vale —decide—. Capilotito es pequeño, entonces no da miedo. Pero vas a diculpal a mamá, ¿verdad?

Edoardo me mira por un instante y, poco a poco, veo que la rabia deja paso a la resignación.

—Perdona por haberte gritado, Amélie. Sé que no lo hiciste con mala intención... —dice en voz baja, como si sintiera vergüenza por pedir disculpas.

—Yo... Lo siento, Edoardo. El gallo era importante para ti. Prometo que nunca más voy a cocinar otro animal en esta casa sin asegurarme antes de que está destinado a eso.

Me mira a mí y luego a Ettore, y suelta una risa más ligera.

—¿Vas a seguir cocinando? Quiero decir, me he enterado por el Don de que vamos a ser cuñados —provoca.

Cambio el peso del cuerpo de una pierna a la otra.

—Me gusta cocinar —digo, sin saber muy bien qué responder.

—¿Qué es cuñado, mamá?

—Bueno, es... Un cuñado es... —Parpadeo, intentando encontrar una forma de explicarlo.

—Cuando una mujer se casa con tu hermano, se convierte en tu cuñada —le explica Edoardo a Alessia—, y tu mamá va a casarse con el tío Ettore. ¿Qué te parece eso, Alessia?

Ella abre mucho los ojos, llevándose la manita a la boca.

Por un momento, mi corazón se detiene. Pretendía contárselo todo hoy mismo, pero no así, tan repentinamente.

—¿Le pediste que se casala contigo, tío? —Se vuelve hacia Ettore, con una enorme sonrisa creciendo en su rostro.

¿A Alessia le gustó? El salto que da para subirse a su regazo lo desestabiliza y casi hace que ambos caigan al suelo, lo que, por supuesto, responde a mi pregunta. Es obvio que le encantó la idea.

—¿Ves, mamita? ¡He encontlado un plíncipe pala ti!

Edoardo contiene la risa y me dirige una mirada medio cómplice, como queriendo decir: pobre niña, mira que considerar príncipe a un mafioso.

Lo que él no sabe es que los mafiosos pueden ser mucho mejores que los príncipes.

A pesar de todo, siento un gran alivio. Aparentemente, Alessia acaba de hacer, con un pollito y un lazo rojo, lo que yo no conseguí hacer con palabras y, si voy a entrar en la familia, prefiero hacerlo en buenos términos con mi... cuñado.

Edoardo vuelve a acercar el rostro al pollito.

—Voy a cuidar bien de él —le promete a Alessia, que ahora está encaramada en el regazo de Ettore—. Y mantendré a Capirotito escondido de Stella.

Ettore frunce el ceño.

—¿Stella? ¿Quién es Stella?

Edoardo esboza una sonrisa maliciosa.

—La pantera que compré para vigilar la otra casa. ¿No te lo dije?

Me quedo quieta, intentando asimilarlo.

¿Una pantera? Tiene que ser una forma de hablar, porque no es posible que él...

Aunque, tratándose de él, me parece totalmente posible.

Alessia no parece impresionada.

—¿La pantela come pollitos? —pregunta, preocupada.

—Solo si me descuido —responde Edoardo, demasiado serio para que parezca una broma—. Pero no voy a dejar que pase. Capirotito tendrá un escondite secreto.

Alessia asiente satisfecha, como si hubiera resuelto un problema de estrategia mafiosa, mientras Ettore observa la interacción entre ellos con una expresión que no sé descifrar.

No es solo diversión: es algo más... humano, como si, por un segundo, estuviera viendo su propia vida desde un ángulo diferente.

Y me gusta ese ángulo.