Ettore Santacroce El regalo con lazo #2
55%

El regalo con lazo #2

Las hermanas me saludan con la mirada y sonríen. No hacen preguntas en voz alta, pero hay una curiosidad contenida. La percibo en sus ojos, especialmente porque hoy no llevo el hábito, a pesar de venir de fuera de los muros.

Llevo a Alessia conmigo hasta nuestra pequeña habitación, la dejo con algunas muñecas viejas y un libro de dibujos y le pido que espere un poco. Ella asiente, obediente, pero veo la ansiedad brillando en sus ojos porque, si por ella fuera, querría seguirme a todas partes.

Camino por el pasillo silencioso y llamo a la puerta del despacho de la Madre Rosalia.

No espero a que responda. Es solo una manera de anunciar mi llegada. Está sentada ante la sencilla mesa, con un cuaderno abierto y un bolígrafo en la mano. Su hábito está impecable, como si nada en este mundo fuera capaz de alterarla.

Me mira y, antes de que yo diga nada, ya parece saber que no se trata de una visita corriente. Señala la silla que hay frente a la mesa y me siento.

¿Qué ha pasado? —escribe rápidamente en el cuaderno.

Respiro hondo.

—Madre, voy a casarme.

Su rostro cambia y se vuelve serio y aprensivo, como si anticipara el desastre.

¿Con quién?

Esta vez, la letra aparece garabateada por la prisa.

Vacilo un instante, pero no existe otra forma de hacer esto.

—Voy a casarme con Ettore Santacroce, el Don.

Por un segundo, la Madre Rosalia pierde la compostura.

—¡Che cazzo! ¿Te has vuelto loca?

Abro mucho los ojos al oír su voz, alta y clara, resonar por la estancia y, para colmo, al escuchar la palabrota.

—¡Madre!

Ella niega con la cabeza.

—¿Ves lo que me has hecho hacer? ¡Estoy hablando! Y, lo que es peor, ¡soltando palabrotas en un lugar santo!

Contengo una risa porque, a pesar de lo sorprendente que resulta, es gracioso comprobar que todavía es humana bajo el hábito y los votos.

—¡Y tú quieres reírte! —dice, exasperada.

—Perdóneme, nunca imaginé que la oiría decir una palabrota...

Ella cierra los ojos por un instante, como si pidiera perdón allí mismo.

—Madre...

—No me llames madre ahora —me corta, abriendo los ojos de nuevo con aquel brillo feroz de quien está realmente enfadada—. ¿Vas a casarte con Ettore Santacroce?

Asiento y ella se pasa la mano por el rostro, cansada.

—¿Por qué, Amélie?

—Yo... ¿No quiere volver a escribir? —sugiero, porque oír su voz así es realmente muy extraño.

—Volveré a escribir y le pediré perdón a Dios después de que me expliques por qué estás cometiendo esta locura.

—Porque va a proteger a Alessia y a mí. —Mi voz falla cuando digo el nombre de mi hija—. Usted conoce mi historia y sabe mejor que nadie que solo un hombre como él puede escondernos y protegernos.

—Estabais bien escondidas aquí —murmura.

—Lo sé, pero además me dará los documentos falsos que necesito, los papeles, un nombre nuevo. Usted misma le pidió documentación al antiguo Don...

Ella abre mucho los ojos.

—¡Por tu causa! La niña necesitaba una partida de nacimiento. ¿Cómo iba a conseguirla si no puedes usar tu nombre? La pedí para ayudarte.

La Madre me mira como si estuviera intentando devolverme la lucidez.

—Lo sé, no la estoy criticando. Al contrario, estoy muy agradecida. Solo digo que ahora soy yo quien necesita esos favores. La partida por sí sola no basta, necesito documentos para mí también.

—¿Y tú crees en él? ¿De verdad crees que va a darte todo lo que has pedido?

No vacilo. Creo en él como se cree en un hombre armado: por lo que es capaz de hacer, no por lo que promete.

—Creo en su poder —confieso—. Él necesita una esposa y me hizo esa propuesta. Cada uno obtiene lo que necesita, no es amor, es un contrato. Además, prometió salvar a Alessia.

La Madre Rosalia suelta un suspiro que suena pesado.

—Si estás decidida, solo puedo pedirle a Dios que tenga piedad de tu alma —dice con un tono de luto anticipado.

Trago saliva.

—Amén...

Se queda en silencio, mirando la mesa, el cuaderno, como si buscara allí una respuesta escrita. Después levanta los ojos de nuevo.

—¿Has dicho que va a salvar a la niña?

—Sí.

—¿Cómo?

Vacilo y entonces digo la parte que parece absurda incluso para mí.

—Dijo... —Me detengo, porque las palabras pesan—. Dijo que puede conseguir el trasplante.

La Madre se queda quieta por un instante y la dureza de su rostro se quiebra en una expresión que no sé nombrar. Tal vez sea esperanza.

—Es un Santacroce... —murmura, como si estuviera hablando sola.

—Sí, y lo prometió —insisto, porque necesito creer que saldrá bien.

La Madre Rosalia cruza las manos sobre la mesa.

—El Don tiene ese poder y, si está decidido a ayudar a nuestra niña... —habla pausadamente, reflexionando—. Puede que aún haya salvación.

—¿Salvación?

—¡Para el alma de tu futuro marido!

Abro la boca para responder, pero no consigo formular nada demasiado coherente. No quiero destruir las esperanzas de la Madre justo ahora que parece más receptiva a la idea.

—Iré a la boda —dice de repente.

Levanto el rostro para mirarla, sorprendida.

—¿Ha dicho que irá?

—No me hagas repetirlo —dice, y hay una sombra de ternura escondida en el tono—. Si vas a entrar en el infierno con un vestido blanco, al menos estaré allí para cogerte la mano antes de que la puerta se cierre.

Me trago el nudo que se forma en mi garganta.

—Gracias por eso. Significa mucho.

El silencio se instala durante algunos segundos, pero enseguida respiro hondo y dejo escapar el pensamiento que me atormenta.

—Quería que la niñera estuviera allí —digo en voz baja—. Quería que me viera, aunque fuera para llamarme loca. Quería... —Intento controlar la voz, pero me falla—, quería sentir que no estoy sola.

La Madre Rosalia suaviza la mirada.

—A mí también me encantaría volver a ver a mi hermana, ya han pasado muchos años. Pero Rosimeire estará en tu corazón —dice, sujetando mi mano sobre la mesa—. Y, si Dios lo permite, ¿quién sabe si un día podréis encontraros de nuevo?

Asiento, aunque no tengo la menor esperanza de reencontrar a la mujer que me crio, que cuidó de mí cuando perdí a mi madre y mi padre la sustituyó enseguida.

Me despido de la Madre y salgo del despacho. Voy hasta la habitación para buscar a Alessia, pero no está. Como conozco bien a mi hija, imagino que ha ido a visitar a Clotilde y camino hasta el gallinero, donde la encuentro de pie, rodeada de gallinas.

Pero no presta mucha atención a ninguna de ellas, porque sostiene un ser minúsculo y amarillo que tiembla y le cabe entero entre las manos.

—¡Alessia! —la llamo, alarmada de inmediato—. Mi amor, ten cuidado con él...

Se vuelve con orgullo, sosteniendo el pollito como si fuera un tesoro.

—¡Mamá! ¡He encontrado un bebé!

—¿De dónde lo has sacado?

Señala a una de las hermanas, que me dedica una sonrisa culpable, como si hubiera cedido ante la insistencia de una niña.

—Me lo han legalado. Es hijito de Cotilde y voy a dáselo de plesente al tío —anuncia Alessia.

Mi corazón da un salto.

—Al tío... ¿Qué tío?

Ni siquiera titubea.

—¡Al tío Edoado! Pala que no esté enfadao con mamá.

Me quedo sin palabras por un instante, pero, claro, me avisó de que iba a ayudar. Sin embargo, no imaginé que ese sería el brillante plan.

Pero no quiero apagar su entusiasmo por la idea.

—¿Y crees que le gustará?

—¡Sí! —garantiza—. Este es pequeñito, no da miedo.

Respiro hondo, previendo ya el caos.

—¿Estás segura? Edoardo es un poco... diferente —digo, por falta de una palabra mejor.

Mira al pollito como si lo estuviera consultando o se lo estuviera pensando, pero vuelve a mirarme, toda sonriente.

—Vamos ya, mamá. Tenemos que lleváselo al tío.

En el camino de vuelta a la mansión, sostengo la caja improvisada en la que Alessia ha colocado al pollito, con algunos agujeritos para que respire.

El bichito pía bajito y eso aumenta mi ansiedad, porque imagino lo que dirá el Diablo al recibir un regalo como ese.

Para colmo, Alessia decidió que sería una gran idea atar un lazo de satén rojo alrededor del cuello del pollito, que ahora parece de verdad un regalo cuidadosamente preparado.

Cuando entramos, me arrastra de la mano y subimos las escaleras. En el pasillo, Alessia tira de mí en dirección al despacho y empieza a gritar antes de llegar.

—¡Tío Ettole! ¿Se puede entlal?

La puerta se abre y Ettore aparece en el quicio. Sostiene un vaso en la mano y esboza una sonrisa discreta al ver a Alessia delante del despacho. Ettore tiene que mirar hacia abajo mientras ella alza la carita hacia él.

Hago una mueca, intentando ignorar el hecho de que el hombre está cada día más guapo, o tal vez se deba a que ahora sé lo que hay bajo la ropa y ya no puedo ignorarlo.

Su mirada se posa en mí y siento que me quema la piel mientras observa el vestido negro y sencillo que me he puesto para ir al monasterio.

—Tío Ettole... —Alessia tira de su chaqueta, intentando atraer su atención—. ¿El tío Edoado tá ahí?

Si a Ettore le extraña que la niña esté buscando a Edoardo, no lo demuestra. Solo abre la puerta de par en par y señala hacia el interior.

—Está allí. ¿Quieres hablar con él?

Ella asiente y extiende las manos para que le entregue la caja. Después, sin ceremonias, pasa junto a Ettore y entra en el despacho. Tras lanzarle una última mirada, la sigo dentro y Ettore nos sigue de cerca.

Edoardo está repantigado en un sillón, examinando una hoja de papel, pero levanta los ojos al oír los pasos atropellados de Alessia, que corre directamente hacia él, sin ningún miedo.

—¡Tío! —grita.

Edoardo abre un poco los ojos, sorprendido por la invasión, pero no la aparta y lo agradezco en silencio. Me dirige una breve mirada, todavía enfurecido, pero parece estar mucho más calmado que antes.

—¡Tío, cierra los ojos! —ordena Alessia.

Edoardo vacila, desconfiado y curioso al mismo tiempo.

—¿Cerrar los ojos?

—¡Sí! ¡Es una solpesa!

Él mira a Ettore, como si no supiera qué hacer, pero el Don se limita a observar, con una de las comisuras de los labios alzada, casi en una sonrisa.

—Ciérralos —dice Ettore, y el tono tiene una paciencia poco habitual.