El regalo con lazo
Amélie
En el sueño, estoy sentada en la cama, en mi antiguo hogar. Por alguna razón, sé que estoy soñando, pero, por mucho que me esfuerzo por despertar, no lo consigo.
Lloro mientras le cuento lo ocurrido a Rosimeire, mi niñera, que siguió trabajando y cuidando de mí incluso cuando me hice adulta.
—Tienes que ayudarme, niñera. No sé qué hacer. Mi padre va a matarme si descubre lo del bebé. ¿Qué hago?
Rosimeire me mira con una expresión que mezcla piedad y ternura.
—Voy a pensar en algo, mi niña. Vamos a arreglárnoslas para que tú y tu bebé estéis bien...
La puerta de la habitación se abre de repente y lo veo. Mi padre entra, con los ojos echando chispas de rabia y los puños cerrados. Me encojo en un rincón de la cama.
—¿Bebé? Ya había oído los rumores de que salías de madrugada al jardín, pero no imaginé que fueras tan estúpida como para acostarte con un hombre cualquiera. ¿Eres idiota, Amélie? —grita, fuera de sí—. ¿Crees que el francés va a aceptarte así? ¡Embarazada de un bastardo!
—Padre, yo... lo siento mucho... —digo por miedo a lo que pueda hacer.
Ya he recibido muchas palizas, pero nunca he logrado acostumbrarme al dolor. Y, aunque no quiera casarme con el francés al que se refiere, tampoco quiero despertar la ira de mi padre.
—Rosimeire, fuera. Necesito hablar con mi hija a solas.
Ella lo mira a él y después a mí, preocupada, pero asiento para que se vaya. Mi padre siempre fue malo, pero ni siquiera él sería capaz de pegar a su hija embarazada.
No debería haberlo dicho en voz alta. Si hubiera mantenido la boca cerrada, tal vez David y yo aún podríamos arreglarnos, aún tendríamos una oportunidad de escapar y ser felices, porque ahora tendremos un hijo juntos.
Rosimeire sale por la puerta y mi padre echa la llave, encerrándonos por dentro.
Normalmente se quita el cinturón y me azota, pero esta vez decide hacerlo de otra manera.
Coge un candelabro de encima de mi tocador, una de esas piezas clásicas que solo sirven de adorno, y camina hasta quedar muy cerca de mi cama.
No. Él no haría algo así...
Siento el impacto contra el rostro y el dolor cuando me golpea. Mi nariz empieza a sangrar y me llevo la mano a ella. Miro el rojo de la sangre que me mancha las manos.
Y entonces, cuando prepara otro golpe, me despierto sobresaltada, jadeando de pavor, con el rostro bañado por las lágrimas.
La sensación que tengo al despertar es que sigo encerrada en aquella habitación con él. Los recuerdos son tan intensos y reales que a veces se transforman en sueños y me perturban en plena noche.
Me froto el rostro y otra imagen me viene a la mente, superponiéndose a la primera. Ettore y yo, en aquella sala ayer mismo, escuchando todas aquellas ideas insanas y experimentando algo que nunca imaginé.
Lo que ocurrió ayer también es un recuerdo muy nítido que parece haberse quedado atrapado en mi mente, repitiéndose en flashes y más flashes, pero, ante los horrores que ya he vivido, empieza a parecerme soportable.
Me irrité al principio, como si Ettore pretendiera usarme en uno de sus juegos, pero pasé toda la noche reflexionando sobre ello y llegué a la conclusión de que lo que me está ofreciendo es una salida, una salvación.
No es amor ni un cuento de hadas, pero es un matrimonio, es seguridad para Alessia y para mí y, sobre todo, es la oportunidad de salvar a mi hija de una vez por todas.
Además, como él dijo, ser esposa de Ettore Santacroce en el sentido literal no parece precisamente un sacrificio.
Me siento despacio en el borde de la cama de la habitación que ahora comparto con Alessia, en la mansión, y me quedo unos segundos escuchando únicamente su respiración.
Mi hija duerme de lado, con un brazo abrazando la almohada, el rostro todavía marcado por el cansancio que le dejó la última hemodiálisis.
Alessia parece tan pequeña y frágil que, por un segundo, siento ganas de arrastrarla de vuelta al monasterio, a nuestro sencillo colchón, al olor a cera y esencias, al mundo que la ha mantenido hasta ahora alejada de todo tipo de violencia.
Pero no voy a hacer eso, no voy a retroceder. Porque aquí, dentro de la Cosa Nostra y junto al Don, la violencia, aunque no sea un idioma que yo hable, significa poder, y el poder es lo que nos garantiza protección.
Muchos hombres podrían jurar protegerme, pero ninguno de ellos conoce mi historia como para saber a qué se enfrenta. Ettore tampoco la conoce, pero, en mi interior, sé que, si existe en este mundo alguien que pueda enfrentarse a mis demonios y mantenernos a salvo, ese alguien es él. Son ellos.
Y por eso los Santacroce serán nuestra famiglia.
Los documentos ya me ayudarían mucho y la seguridad también, pero la última promesa que me hizo, la de que conseguiría, literalmente, un riñón para Alessia, fue lo que derribó todas mis defensas de una vez.
No es el tipo de promesa que un hombre como Ettore haría de boquilla.
Lo dijo con ese mismo tono, con esa frialdad controlada que siempre tiene, como si estuviera diciendo que va a comprar un coche, como si conseguir un órgano del cuerpo fuera solo un elemento más dentro de una lista.
Lo acusé de no ser bueno, pero, si yo fuera realmente una buena persona, habría dicho que no.
Existe una lista de espera y un orden de prioridad, y tenemos que esperar hasta que llegue el turno de Alessia.
Pero cada día que la veo debilitada siento que tenemos menos tiempo juntas y que, si el milagro no ocurre pronto, voy a perder a mi niña.
Así que, en el fondo, prefiero ser egoísta si eso significa tener a Alessia conmigo. No me importa cómo vaya a conseguir el trasplante, siempre que se haga.
Por eso dije que sí.
Dije que sí porque soy madre antes de ser cualquier otra cosa y voy a seguir siéndolo, aunque tenga que aceptar un pacto con el diablo si esa es la salida. No es que Ettore Santacroce sea el diablo, pero su nivel de poder puede salvar tanto como destrozar.
Alessia se mueve, murmura bajito y, por fin, abre los ojos con dificultad.
—Mamita... —Su voz suena soñolienta—. Buenos días...
—Buenos días, princesita —respondo, dándole un besito en la frente—. ¿Vamos al monasterio con mamá un ratito?
Ella arruga la nariz, todavía medio dormida.
—Pelo a mí me guta la casa del tío Ettole...
Claro que le gusta. Nunca he visto a un trío de hombres violentos y brutos transformarse tan fácilmente en aduladores ante una niñita.
—Sé que te gusta, solo tenemos que ir allí a hablar con la Madre un momento.
Cojo su ropa y la visto enseguida con uno de sus vestidos, ya algo raído, y después le arreglo el pelo con los dedos.
La ayudo a levantarse y le pongo un abrigo más calentito encima del vestido, porque las mañanas en Palermo suelen ser bastante frías, incluso cuando el cielo parece despejado.
Cojo el bolso, agua, una muda de ropa, los análisis de Alessia y las galletas, cosas que llevo adondequiera que vaya.
Cuando bajamos, los pasillos de la mansión todavía están silenciosos.
Algunos hombres de guardia en el vestíbulo me observan pasar con Alessia, pero no preguntan nada.
Ya han aprendido que tengo libertad para ir y venir.
El coche ya nos está esperando fuera y el chófer abre la puerta sin mirarme directamente, como si yo fuera más importante de lo que realmente soy o como si fuera mejor no fijarse en demasiados detalles.
En el asiento trasero, mi pequeña apoya la cabeza en mi hombro.
Está mejor que en los últimos días, pero todavía tiene momentos de cansancio.
Siento la ligereza de su cuerpo, que aparentemente ha perdido un poco de peso, y me da rabia, rabia por la enfermedad, por el mundo y conmigo misma por sentirme tan impotente ante eso.
El coche sale de la ciudad y durante algunos minutos solo oímos el rumor del motor y el sonido de nuestras respiraciones, pero entonces Alessia habla, como si hubiera recordado algo que la estaba incomodando.
—Mamá... ¿Pol qué el tío Edoado tá enfadao contigo?
Cierro los ojos por un instante, recordando al pobre gallo. Claro que, para Alessia, el mundo se organiza en afectos simples: una persona está feliz o triste, enfadada o no. Todavía no entiende que hay cosas más profundas de por medio.
—Es que mamá hizo una tontería sin querer —digo, escogiendo las palabras como quien pisa cristales.
—¿Qué tonteía?
Paso la mano por su pelo, pensando en cuánto ama Alessia a las gallinas e incluso les pone nombre a todas. Seguro que sentiría empatía por Edoardo.
—Vi un gallo en el patio y pensé que era... un gallo normal. Lo preparé para la comida del otro día.
Sus ojos se abren mucho.
—¿Te comiste el gallo?
—Todo el mundo lo comió —confieso, y vuelve a invadirme la vergüenza, esa vergüenza tardía que solo llega cuando la confusión ya ha ocurrido—. Tú también... —Sonrío, apretándole la puntita de la nariz.
Alessia se queda en silencio un segundo, procesándolo con la seriedad de quien está aprendiendo una regla nueva.
—Comí con camalón...
La palabra equivocada me arranca una risa.
—¿Pelo el gallo no ela pala comel?
Niego con la cabeza.
—No, el tío Edoardo lo quería mucho. Era como Clotilde, una mascota.
Esta vez parece realmente impactada y me dirige una mirada reprobatoria.
—Entonces tienes que pedil diculpas.
Río bajito, sin querer. Parece muy sencillo para ella.
—Las pedí, mi amor.
—¿Y él dijo que sí?
—Todavía no.
Alessia me mira con una expresión muy decidida, como si fuera a resolver aquello con la misma facilidad con la que elabora sus dibujos.
—Yo voy a ayudal.
Le beso la mejilla.
—Tú siempre ayudas.
El convento aparece a lo lejos, con sus muros antiguos y el pesado portón. Cuando atravieso aquel umbral, es como si volviera a un lugar donde todo tiene otro peso. El olor característico me envuelve y veo el limonero en medio del claustro.