Ettore Santacroce Un pacto de sangre #3
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Un pacto de sangre #3

—No necesitarás salir. Estaréis seguras aquí. —Me inclino un poco hacia delante, apoyando las manos en las piernas, como si acercarme físicamente pudiera disminuir la distancia que ella insiste en mantener—. Voy a protegeros a ti y a Alessia hasta del rey de Inglaterra, si hace falta.

Ella suelta una risa breve, sin humor, pero veo el temblor mínimo en los hombros, como si aquella frase hubiera abierto una grieta en el hielo.

—Eres ridículo —murmura.

—Y sabes que quieres esto, que lo necesitas.

Amélie vuelve a quedarse callada. Y entonces formula por fin la pregunta que también la preocupa, aunque se haya resistido a exteriorizarla.

—Y si nos casamos..., ¿voy a tener que ser tu mujer también en la cama?

No desvío los ojos.

—No creo que eso sea un problema ni un sacrificio para ninguno de los dos.

El silencio que viene después es diferente: esconde un calor peligroso, como una brasa cubierta de ceniza.

—Estás diciendo que vas a usarme.

—No. Estoy diciendo que te deseo y que sé que tú también lo deseas, pero que nunca voy a obligarte.

Amélie me mira, sopesando la diferencia. Se acerca a la mesa auxiliar donde dejé un vaso de agua intacto desde antes de que llegara y toca el borde del vaso con la punta del dedo, sin beber, como si necesitara anclar el cuerpo a algo sólido.

—Y si digo que sí..., ¿cuándo ocurriría eso?

—Pronto. Cuanto antes.

Cierra los ojos por un instante y, cuando los abre, veo la decisión allí.

—Eso no te convierte en un hombre bueno —dice.

—No estoy intentando ser bueno.

Asiente despacio, como quien firma un papel sin leerlo aun sabiendo exactamente el precio.

—De acuerdo. Un contrato.

Me levanto, no para intimidar, sino para que por fin cerremos esto, para transformar palabras en actos.

—Un contrato —confirmo.

Amélie vacila un segundo y después extiende la mano. No es ni de lejos una proposición romántica, pero es lo que puedo ofrecer.

Le sujeto la mano con firmeza, sellando nuestro acuerdo.

Sabía que aceptaría sin cuestionar nada si le daba lo que realmente quiere, pero, por alguna razón, no quise utilizarlo.

Ahora que hemos llegado a un acuerdo, le hago una promesa, una que no me pidió, pero que altera el equilibrio de la balanza.

—Y hay una cosa más.

Amélie frunce el ceño.

—¿Qué?

Siento la vieja frialdad dentro de mí, esa que hace que las promesas suenen como amenazas, pero no tengo otra voz que ofrecer.

—Voy a conseguir el riñón para Alessia.

Ella se queda inmóvil, como si el mundo se detuviera mientras asimila lo que estoy diciendo, como si no pudiera ser verdad.

—No puedes... —empieza a decir, pero la voz le falla a mitad de la frase, mientras la esperanza se enfrenta al miedo a creer—. No hay forma, hay una...

—Puedo —la corto.

—Ettore... —pronuncia mi nombre como si fuera la primera vez, como si el nombre pudiera humanizarme.

No permito que duden de mí.

—Necesitas entender que no hay nada que yo no pueda hacer, Amélie. Si digo que voy a conseguir el riñón y que será compatible, puedes creerme. No voy a dejar que le pase nada malo a tu niña —prometo sin un resquicio de duda—. Al casarte conmigo, ella también se convierte en mi responsabilidad.

Amélie traga saliva y la dura coraza que había mantenido hasta entonces se resquebraja. Veo cómo los ojos se le llenan de lágrimas y cómo las contiene al mismo tiempo, porque no quiere permitirse mostrar debilidad delante de mí.

Suelta el aire despacio y las manos le tiemblan lo justo para irritarme, no con ella, sino con el mundo que la hizo temerlo todo y disimular tan bien.

Amélie me mira un segundo o dos más.

—¿Y cuándo es la boda? Necesito un vestido —dice con aparente ligereza.

—Pronto. Voy a preparar el contrato y te entregaré una tarjeta para que prepares todo como quieras, y mis hombres estarán a tu disposición. Pediré que también te traigan un móvil nuevo, ya que ese que usas es del monasterio.

—¡Qué dulce y romántico eres...! —dice con ironía.

—Combina con tu osadía, mi prometida.

Cuando Amélie sale, vacila un segundo en el quicio, como si el cuerpo quisiera quedarse y la cabeza la obligara a irse.

Entonces se lleva la mano al rostro, fingiendo arreglarse el pelo, pero veo escapar una lágrima furtiva, traidora, que ella aplasta con el pulgar antes de que caiga.

El sonido de sus pasos por el pasillo no es el de alguien que ha sido derrotada ni tampoco el de una vencedora, sino el de alguien que acaba de entrar en una arena sabiendo que no puede permitirse el lujo de sangrar.

No sé amar, pero cumplo mis promesas y acabo de prometer que pondré el mundo a sus pies, y lo haré sin vacilar.

Cojo el móvil de encima de la mesa con la misma mano que ya ha sostenido un arma sin temblar y, aun así, mis dedos parecen más lentos de lo que deberían.

Llamo a Filippo y responde al tercer tono. Su voz me llega seca, alerta.

—Ettore.

—¿Recuerdas a nuestro contacto en Suiza? Llámalo y dile que tenemos un trabajo para él en Linchtensteyn.

Al otro lado, se hace un breve silencio.

—¿Niklaus? ¿Quieres que le pase los detalles?

—Necesito que busque algo para mí. Será difícil, pero lo conseguirá. Dile que tiene dos semanas. Te enviaré la información por mensaje.

—Vale. ¿Puedo preguntar por qué?

—Siempre. Voy a casarme y ese va a ser el regalo de boda para mi prometida.