Un pacto de sangre #2
La observo durante un segundo más de lo necesario. No lo hago por deseo, aunque siempre esté ahí, ni por juego, sino por cálculo. Necesito estar seguro de que va a entender lo que estoy a punto de ofrecerle.
—Siéntate.
—Prefiero quedarme de pie.
Sonrío, comprendiendo por fin de dónde viene tanta audacia.
—Entonces, que así sea.
Ella cruza los brazos.
—¿Qué pasa? —pregunta, y esta vez hay impaciencia, como si ya hubiera agotado toda la valentía del día y yo estuviera pidiendo más.
Decido ser directo.
—Voy a casarme.
Amélie parpadea una vez, casi de forma imperceptible, y la sorpresa dura menos de un segundo.
—Felicidades —dice, seca.
No reacciono.
—No quiero felicitaciones. Estoy haciendo una propuesta.
El silencio cae entre nosotros y pesa, como en un cementerio en mitad de la madrugada.
Ella frunce el ceño.
—¿Una propuesta para mí?
—Sí.
Su risa no llega a salir, pero el sarcasmo sí, en la punta de su lengua ferina.
—Debes de haberte vuelto loco. Voy a llamar a un médico.
Acepto la palabra como si fuera un diagnóstico antiguo y me encojo de hombros.
—Tal vez esté loco, pero no estoy bromeando.
Da un pequeño paso, todavía sin sentarse, con la mirada más atenta.
—No sé si consigo seguir el hilo de esa idea absurda tuya.
Señalo el sofá y esta vez ella se sienta. Creo que necesita algo sólido para asimilar lo que está ocurriendo.
—Me están presionando para que me case con una mujer de otra mafia, obligándome a sellar una alianza mediante el matrimonio, y no voy a hacerlo: no voy a ceder.
Cuando hablo del matrimonio forzado, eso parece remover algo en su interior: cede un poco y se muestra menos arisca. Aun así, Amélie suelta el aire por la nariz, como quien intenta entender si lo que estoy diciendo es real o una amenaza mal disfrazada.
—Pero... ¿por qué yo? No tiene sentido.
—Al menos te conozco y no tienes una familia de mafiosos que quiera arrebatarme el control.
Ella tensa los labios hasta formar una fina línea y percibo que el recuerdo de su propia familia sigue ahí, vívido. Por ahora, lo dejo pasar.
—¿No conoces a la mujer?
—No, y no pretendo conocerla.
Amélie me mira con el ceño fruncido.
—¿Y entonces crees que yo voy a resolver eso?
—Lo creo —digo, asintiendo con énfasis.
Ella se levanta y empieza a caminar de un lado a otro.
—Te has vuelto completamente loco. ¿Cómo funcionaría eso? ¿Yo me convertiría en tu prometida de mentira? ¿Una muñeca en el escaparate?
—No —respondo, paciente—. Serías mi esposa sobre el papel y también en las cenas y en los eventos sociales cuando fuera necesario. El resto podemos definirlo.
Ella me mira con desprecio e incredulidad.
—Esto es un secuestro con un lazo de regalo.
Inclino la cabeza, intentando seguir el hilo de sus pensamientos.
—No. Si fuera un secuestro, no tendrías elección.
—¡Pero no tengo elección! —replica, demasiado rápido—. Eres el Don de la Cosa Nostra y, si digo que no...
—La tienes. Tienes elección —la interrumpo—, y puedes decir que no. Voy a seguir protegiéndoos a ti y a Alessia como pueda. Pero...
—Siempre hay un pero —murmura.
—Seguirán presionándome y, cuando me obliguen a contraer un matrimonio político, tú y tu hija dejaréis de ser una prioridad. Y alguien puede usar eso contra ti.
No me siento mal por llevarla al límite así. Amélie mintió, inventó historias y vivió en mi casa todo este tiempo fingiendo ser alguien que no es. No estoy mintiendo. Si se casa conmigo, no necesitará huir de nadie y estará protegida.
Veo su rostro cambiar: es un micromovimiento. La mención de Alessia siempre atraviesa a Amélie como un cuchillo certero.
—Me estás chantajeando —susurra.
—Estoy siendo honesto.
Se acerca un poco más, todavía sin perder el control.
—¿Y qué ganas con eso? Además de... tu teatrillo.
Respiro despacio.
—Gano estabilidad, gano tiempo y una salida que no abre la puerta a un enemigo dentro de mi casa.
Ella se queda callada un instante.
—¿Y qué gano yo si acepto? —pregunta, casi avergonzada por su audacia.
Dejo que la respuesta llegue sin prisa, porque necesito que ella me crea.
—Ganas el mundo. Tú y Alessia.
Amélie deja escapar un sonido breve de incredulidad.
—¿El mundo?
—Lo que quieras. Dinero, seguridad, médico, hospital y protección. Te garantizo que nadie os pondrá la mano encima sin pasar por mí.
Aprieta la mandíbula.
—¿Y dónde queda el amor? —pregunta Amélie con sarcasmo, porque ya sabe la respuesta.
No rehúyo la pregunta.
—No puedo dar algo que no poseo y no creo que sepa amar. Nunca me ha pasado, pero sé ser leal.
La frase me sale sencilla, casi clínica, pero también siento su impacto en mí, porque es una verdad fea. Amélie se queda mirándome, como si estuviera buscando la trampa.
—Quieres un contrato —concluye.
—Exactamente.
—¿Y crees que voy a aceptar eso?
Me encojo de hombros y juego mi última carta.
—Sé que vas a hacer lo que sea necesario por tu hija.
La rabia le sube al rostro, pero no explota: se la traga.
—Eres un desgraciado.
Acepto sin reaccionar.
—Es muy probable.
Da dos pasos por el salón, como un animal atrapado. Se detiene cerca de la ventana y mira el agua de la fuente sin mirar de verdad.
—¿Pretendes encerrarme? Porque no pienso pasar por eso...
¿Otra vez? Tengo la sensación de que la frase terminaría así.
—No. Le estoy dando a mi consejo la estabilidad que quiere, a Alessia el final feliz que imagina que existe y a ti una oportunidad de salvarle la vida.
Ella se vuelve de nuevo.
—Y si acepto..., ¿qué exiges?
No sonrío: no hay nada gracioso ni romántico en todo esto.
—Discreción, lealtad y actuación.
Ella levanta la barbilla.
—Entonces yo también puedo hacer mis exigencias.
—Claro. ¿Qué quieres?
—Documentos falsos y pasaportes para Alessia y para mí.
No demuestro sorpresa porque ya lo esperaba.
—Me encargo —respondo, tranquilo.
—¿Y podré usarlos? —presiona Amélie.
—Podrás usarlos cuando sea necesario, pero no vas a huir.
Ella sonríe, encogiéndose de hombros.
—Solo es una precaución —responde con dureza—. No voy a ser tu prisionera sin tener una salida. Si un día...
La palabra prisionera reverbera en mí como una acusación, pero también como un recordatorio de lo que esto es: un arreglo, uno que elegí, pero un acuerdo al fin y al cabo.