Ettore Santacroce Una visita indeseada
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Una visita indeseada

Ettore Santacroce

Me quedo solo en el despacho, pero el silencio no es como otras veces: hoy parece algo vivo, presionando las paredes, ocupando el espacio que antes pertenecía a las decisiones y a los negocios.

Miro mi antebrazo y me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo haciéndolo, pero es que ahora, sobre los tatuajes, hay muchos colores, trazos torcidos y un amarillo insistente que no combina con nada de mi mundo.

Tenía la certeza de que, en cuanto la niña saliera, lo lavaría, pero no pude.

Recuerdo la forma en que me midió antes, como quien mide un mueble grande, y llegó por sí sola a la conclusión de que yo era un blavo buenecito y siguió dibujando, como si yo fuera solo una cosa más en el mundo que ella no podía controlar, pero sí colorear.

La simplicidad con la que la niña lidia con todo, incluida la enfermedad, parece una afrenta a mi instinto de dominarlo todo.

Amélie vuelve inevitablemente a mis pensamientos.

La forma en que pide disculpas como quien siempre está esperando que las cosas salgan mal, siempre anticipando una pérdida, los secretos a los que se aferra con tanta fuerza que parecen dolerle hasta en los huesos.

Conozco a personas que mienten por placer, para engañar y embaucar, y conozco a otras que mienten por supervivencia.

Amélie miente como quien intenta mantener la cabeza fuera del agua, y eso es lo que me atrapa y me mantiene alerta al mismo tiempo.

No confío fácilmente, no me enternezco fácilmente.

Pero ver a una mujer valiente luchando con bravura por su hija y a una niña tan pequeña sufriendo una enfermedad que parece más una sentencia me causa una extraña sensación en el pecho: no es pena, pero tampoco sé identificar qué es.

De pie, con un vaso de whisky en la mano, observo mi reflejo en el cristal de la ventana: los ojos oscuros, demasiado hundidos para mi edad, la barba de varios días dibujando una sombra en mi rostro, el pelo peinado hacia atrás por hábito y disciplina.

Cada detalle hecho para intimidar. Y, aun así, una niña con un rotulador consiguió desordenarme por dentro.

La manilla gira, pero no me vuelvo de inmediato. Filippo entra con esa cautela adquirida, como quien aprende pronto que no me gusta que me interrumpan cuando estoy demasiado callado.

Camino despacio hasta la mesa, me siento y todavía consigo ver a la niña allí, las piernas en el aire, la lengua atrapada en la comisura de la boca, la mirada seria como si dibujar fuera una misión.

Alessia. Demasiado pequeña para cargar con un nombre tan fuerte y con semejante peso.

Filippo cierra la puerta detrás de sí y da dos pasos hacia dentro, con la expresión seria, como si trajera malas noticias.

—Ettore, mis padres están aquí. Acaban de llegar y Papà dice que necesita hablar contigo.

Suspiro, exasperado, imaginando que mi negativa a atender las llamadas lo ha traído hasta aquí. Los trazos de tinta en mi brazo parecen brillar bajo la luz, como si se burlaran de mi intento de mantenerlo todo bajo control.

—¿Dónde está? —pregunto, con la voz baja.

—En la sala de visitas, donde Amélie está sirviéndoles algo a los dos...

Asiento, porque no tengo muchas opciones.

—Mándalo entrar y asegúrate de que nadie interrumpa.

Filippo asiente y sale al pasillo. Enseguida, Giuseppe entra en mi despacho con el mismo paso firme, el mismo olor a tabaco caro impregnado en la ropa y la misma aura de autoridad que exhalaba mi padre.

En cambio, yo todavía tengo tinta de colores en el antebrazo, una mancha infantil sobre un cuerpo hecho de elecciones adultas, y el contraste me irrita más de lo que debería.

—Hola, Ettore. Dame un abrazo.

El tío Giuseppe viene directamente hacia mí y abre los brazos, sin ceremonia, con la intimidad de quien tiene ese derecho desde antes de que yo aprendiera a decir que no.

Me acerco a él y acepto el abrazo corto y firme, del tipo que la familia exige y al que yo correspondo sin demostrar todo lo que me atraviesa.

Se deja caer en la silla, girando el puro entre los dedos, y enciende una cerilla. La llama lame la punta, que brilla al rojo vivo durante un segundo antes de que dé la primera calada y suelte el humo despacio, adueñándose del aire como si fuera suyo.

—He concertado una reunión entre tú y el Don de la Camorra, Salvatore Sforza.

La frase, dicha de manera tan natural, es como un puñetazo en plena cara y yo respondo con otro golpe en el centro de la mesa.

—¡Che cazzo! Dije claramente que no lo haría y usted pasó por encima de mi autoridad como Don —digo, con un tono autoritario, aunque respetuoso.

—Calma, muchacho. Es una cena —continúa, demasiado tranquilo—.

Allí hablaréis de esta colaboración como es debido.

Y sí, sé que no quieres, Ettore, pero con la muerte de tu padre esto se ha vuelto necesario.

Os sentaréis, comeréis juntos y cerraréis un acuerdo —declara, como si todo estuviera decidido.

La mandíbula se me tensa, siento el calor subirme por el cuello y me entran unas ganas enormes de lanzar la silla por la ventana solo para oír algo romperse.

—Colaboración —repito, con desprecio—. Quiere decir matrimonio.

El tío Giuseppe sostiene mi mirada sin vacilar.

—Quiero decir alianza.

—Lo que en este caso significa lo mismo. —Mi voz suena baja, peligrosa—. Está intentando obligarme a tomar una decisión en función de lo que usted quiere, pero ¡yo soy el Don de esta mierda!

Respira hondo, como quien ya esperaba tener que lidiar con mi temperamento.

—Estoy intentando mantenerte vivo, mantener en pie a toda esta familia. En tu posición, tienes que ser más racional, Ettore. Tienes que considerar las alianzas necesarias.

—¿Racional como usted? —gruño—. Porque veo una intromisión, una falta de respeto y a alguien que no sabe lidiar con la jerarquía. El hecho de ser mayor y de ser mi tío no le da derecho a cuestionar mis decisiones ni a decidir por mí.

—No te estoy faltando al respeto, pero lo que veo es que reaccionas como si todavía fueras solo el hijo —responde, firme—. Ya no lo eres. Como te has encargado de recalcar, eres el Don y un Don no puede actuar por orgullo.

Siento el peso de la muerte de mi padre otra vez, como si hubiera ocurrido esta mañana. No me dieron tiempo para respirar ni para lamentar su muerte ni para enterrar lo que aún estaba vivo dentro de mí. Solo depositaron la carga sobre mis hombros y la llamaron legado.

—Ha concertado una cena sin consultarme —digo, cada sílaba una amenaza.

—La he concertado porque alguien tenía que actuar —replica—. Será mañana por la noche. Te enviaré la dirección y vas a ir.

Suelto una risa corta, desprovista de humor.

—¿Y si no voy?

Me mira durante un segundo y veo al hombre detrás del tío, un hombre que aprendió pronto que toda negativa tiene un precio.

—Entonces, una de dos: o lo interpretarán como una muestra de debilidad —dice— y, cuando huelen debilidad, no conversan: muerden.

—¿O qué?

Se encoge de hombros.

—O lo interpretarán como una afrenta, lo que puede ser peor.

El sonido de mi sangre en los oídos ahora parece demasiado alto.

—Muy bien. Hemos terminado, tío —digo entre dientes, con la mandíbula apretada, como si cada sílaba tuviera que pasar a la fuerza por mi rabia—. Puede irse.

El tío Giuseppe no se altera, solo se gira y camina hasta la puerta como si ya hubiera ganado esta batalla.

—Puedes odiarme hoy, pero me lo agradecerás después —dice antes de abrir—. Usa la cabeza, no tus impulsos.

Sale del despacho y sigue por el pasillo, sin tener la menor idea del tamaño del avispero que acaba de agitar. Me quedo quieto, mirando la puerta como si el enemigo aún estuviera allí, como si mi tío fuera el enemigo.

Antes de que pueda reaccionar, mi tía irrumpe en el despacho, con una sonrisa de oreja a oreja, ajena a la rabia que estoy sintiendo.

—¡Ettore! Te echo de menos, no vienes a verme... —Rodea la mesa y me estrecha en un fuerte abrazo que me pilla desprevenido.

La tía Malva se casó con mi tío muy joven, poco después de que lo hicieran mis padres.

Hoy ronda los sesenta años y aún es muy bonita, con el mismo pelo oscuro y los ojos verdes que heredó Filippo.

Mi padre era hermano del tío Giuseppe, así que ella se convirtió en nuestra tía por matrimonio, pero siempre nos hemos llevado muy bien.

Al fin y al cabo, era una gran amiga de mi madre y cuidó de Edoardo y de mí cuando ella se fue.

Fue una época complicada, pero la tía Malva nos hizo más fácil aceptar que nunca sabemos exactamente lo que pasa por la cabeza de alguien.

No podíamos prever que mi madre se quitaría la vida tan joven.

De adolescentes, no éramos conscientes de la depresión que sufría y mi padre, siempre muy ocupado con los negocios, tampoco se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde.

—Hola, tía... —respondo, intentando ser amable, aunque todavía me hierve la sangre.

—¿Por qué esa carita? —Toca mi rostro, como si yo aún fuera un crío. No es que su expresión sea mucho mejor: parece alguien que fuerza una sonrisa y esconde la tristeza detrás de ella—. ¿Tu tío ha venido a molestarte?

—Siempre sagaz, tía —respondo, contrariado.

La tía Malva niega con la cabeza y los costosos pendientes de esmeraldas que lleva en las orejas se balancean con el movimiento.

—Giuseppe es un hombre difícil, pero no tanto como tu padre. Si le hablas con tacto, comprenderá tu postura.

Paso por alto el hecho de que mi tía lo considere más blando que mi padre, porque dudo que Orazio me obligara a algo así.

—No tiene que comprender mi postura, tía. Tiene que respetarme —digo, con la mandíbula todavía apretada.

—Ettore... Son cosas de gente mayor, ¿sabes? Todos tuvimos matrimonios concertados, quizá el de tus padres no haya sido de los mejores, pero mira a Giuseppe y a mí. Nos llevamos bien y construimos una buena vida juntos.