Un rayo de sol #2
Filippo da un paso al frente, y su expresión se suaviza de una forma que es rara.
—Eh, tranquila —dice, mirando a Amélie, y después a la niña—. Alessia, ¿quieres dar una vuelta conmigo? Vamos a buscar un sitio más guay para dibujar.
Alessia se detiene y analiza a Filippo con desconfianza, y entonces mira mi brazo como si estuviera decidiendo si deja la obra a medias.
—¿Puedo llevarme el rotulador?
—Puedes —responde Filippo, con paciencia—. Pero no me vas a pintar la cara, ¿eh?
Ella sonríe, una sonrisa pequeña, y se desliza del regazo de Edoardo con cuidado, lo veo soltar el aire despacio, creo que estaba conteniendo la respiración desde que la niña se sentó.
Filippo extiende la mano, y Alessia la coge. Antes de salir, me apunta con el rotulador, como quien da una orden.
—No lo laves, ¿vale? Si no, se estlopea.
Miro mi brazo, ahora con trazos de colores por encima del negro de los tatuajes, y asiento.
—No lo lavaré.
Se marcha con Filippo, y la puerta se cierra detrás de ellos. El despacho parece más grande de repente, vacío de una forma extraña. Edoardo todavía está sentado, pero cuando sus ojos se desvían hacia el rostro de Amélie, se levanta.
—Voy a resolver unas cosas. Quédate aquí con esa asesina de gallos —suelta, con la voz seca y cortante.
Y ni siquiera intenta disimular el disgusto, solo lanza una mirada dura a Amélie, y sale, consciente de que la conversación que tendremos no le corresponde. Amélie se queda quieta, retorciéndose las manos, como si todavía intentara esconder algo, incluso después de que todo haya sido expuesto.
Me apoyo en la mesa e inclino un poco la cabeza, observándola con calma. La calma que uso cuando quiero que la otra persona hable sin mentiras.
—No necesitabas correr tanto —digo, notando que está sudada.
Sudorosa como estuvo aquí, encima de esta mesa.
Es un pensamiento fugaz, pero mi mirada recae sobre la mesa y veo que sus ojos azules siguen mi movimiento. Amélie suelta una risa nerviosa que no encaja con ella, pero ignora la tensión y la carga de recuerdos de la mesa.
—Sí lo necesitaba. Pensé que… pensé que estaba en la habitación. Fui a buscar un vaso de agua y cuando volví…
Se detiene, y los ojos le brillan de culpa.
—Lo siento, Don. Nunca quise… no quería ponerla cerca de vosotros así, de su trabajo, de todo esto. No sabía qué hacer...
Dejo que el silencio pese lo suficiente para que Amélie entienda que no es ella quien controla el asunto.
—Creo que acordamos que me llamarías por mi nombre, Amélie.
—Bueno, sí, pero pensé que era solo en aquel… en aquel momento.
—No lo era. Y en cuanto a Alessia, ya lo sabía —digo, sin rodeos.
Parpadea, como si no hubiera entendido.
—¿Qué?
—Antes del episodio del perro —continúo—. ¿O de verdad pensaste que iba a tragarme aquel cuento? Más aún con aquel ladrido.
Su rostro se cierra por un segundo, y entonces cede, como si estuviera demasiado cansada para mantener la máscara.
—No quería que supieras de ella…
—Me di cuenta.
La observo respirar, las costillas subiendo y bajando rápido. Su valentía siempre llega, incluso con un borde de miedo, y eso es lo que me deja atrapado en ella. Una mujer intrigante, llena de secretos, y ninguno de ellos parece ligero.
—Me intrigas —confieso, dejando que la frase caiga entre nosotros—. Y me irritas. Porque odio no saber lo que está pasando dentro de mi casa. Dentro de mi territorio.
Amélie levanta la barbilla, en un pequeño gesto de defensa.
—Pero no formo parte de tu propiedad.
—¿Acaso no? —cuestiono, y ella jadea.
—Pensé que era tu empleada —replica.
—Díselo a esta mesa —digo, sin resistirme a la provocación.
Su boca se abre, atónita ante la mención del tema prohibido.
—¡Hablamos de eso! Ocurrió una vez, pero no va a repetirse —exclama, con el rostro ardiendo.
—Lo sé —respondo, más bajo—. Pero vamos a lo que importa. El hecho es que trabajas para mí, y has traído a Alessia a mi casa. No creo que esconder a una hija sea algo trivial.
—Claro que no es trivial. Al principio tenía miedo y después de explicar que no era monja, ya no sabía cómo contar lo de ella.
—Está bien, no tiene por qué ser un problema —digo, percibiendo el alivio en su expresión—. Pero deja a Alessia libre en la mansión, sin necesidad de estar metida en la habitación como si fuera contrabando. Mientras esté bajo mi techo, nadie va a tocarla, estará segura.
No sé por qué elijo esas palabras, pero algo en mí entiende que ella necesita ser consciente de eso. Los ojos de Amélie se llenan de lágrimas al instante, y se lleva la mano al pecho como si le hubiera quitado un peso físico de encima.
—Tú… ¿tú harías eso?
—Ya lo estoy haciendo —corrijo—. No es un favor. Si estás siempre preocupada por ella, no vas a trabajar bien.
Cierra los ojos por un instante, y cuando los abre, veo una mezcla de gratitud y cansancio.
—Gracias —dice, con la voz fallándole—. No entiendes cuánto significa esto…
—Creo que entiendo lo suficiente —la corto, porque no quiero que se deshaga en lágrimas y tener que lidiar con algo a lo que no estoy acostumbrado. Consuelo—. Ahora dime. ¿Por qué vas con ella al hospital todas las semanas?
Filippo descubrió que la niña tiene una enfermedad, y vi el brazo de la pequeña, pero quiero oír los detalles de su boca. Amélie respira hondo.
—Alessia está enferma.
—¿Enferma cómo? —pregunto, y mi voz sale más dura de lo que debería.
—Tiene una enfermedad renal crónica y necesita someterse al tratamiento al menos una vez a la semana —responde, tragando saliva entre las frases, como si el asunto le arañara por dentro—.
En realidad, lo único que puede salvar de verdad a mi hija es un trasplante, lo necesita pronto, pero me consideraron incompatible. Y yo… lo estoy intentando todo. Todo.
—Trasplante —repito, despacio—. ¿Y estás sola en esto?
Amélie vacila, y percibo que hemos llegado al punto en que los secretos se vuelven cuchilla.
—Yo no… —empieza, y se detiene. Después endereza los hombros como quien decide dejar de huir—. Estoy sola desde hace mucho tiempo.
—¿Y el padre? —insisto.
Su expresión se vuelve piedra.
—Un imbécil, un cobarde. Un error que cometí y por el que pago muy caro hasta hoy —dice, encogiéndose de hombros—. No me arrepiento, porque me trajo a Alessia, pero para mí está muerto.
No dice que el hombre haya muerto, sino que para ella está muerto, y la diferencia dice mucho.
Habla de odio, de trauma y de una puerta cerrada con fuerza suficiente para arrancar la manilla.
No presiono más. No porque no quiera, sino porque reconozco el tono.
Es el tono de quien sobrevivió y no quiere darle al pasado el lujo de existir de nuevo.
Me enderezo y cojo el móvil y llamo a mi encargado de compras, que responde enseguida.
—Quiero que hagas una compra —ordeno en cuanto Lucius responde.
—¿Armamento nuevo, Don?
Casi sonrío, imaginando la cara del hombre.
—No, juguetes, libros para colorear, lápices, rotuladores, muñecas, no sé… Lo que una niña pueda necesitar.
—Disculpe, Don. ¿Ha dicho una niña?
—He dicho. ¿Te has quedado sordo? Trae también ropa de cama, almohada y… ¿necesita algo más? —Me vuelvo hacia Amélie, que me mira espantada.
—Ettore, no hace falta…
—Solo eso por ahora —interrumpo su negativa—. Y quiero todo en la mansión antes de que anochezca.
Cuelgo y vuelvo la mirada hacia Amélie, ella me observa como si acabara de enloquecer.
—No tenías que hacer eso —dice, todavía con la terquedad que intenta disfrazar gratitud.
Antes de que diga cualquier cosa, la puerta se abre de nuevo, y Filippo vuelve con Alessia a su lado. Está más animada, como si los pasillos de la casa hubieran sido una aventura. El rotulador sigue en su mano y, cuando me ve, corre hasta mí, sin pedirle permiso a mi reputación.
—¡Lo voy a terminá! —anuncia, y tira de mi brazo para comprobar el arte.
La observo dar algunos trazos rápidos más y finaliza con un punto al azar. Mi tatuaje, que antes era un dibujo rígido y oscuro, ahora tiene color por encima, un caos infantil que, contra toda lógica, parece vivo.
Amélie está a un paso de distancia, los ojos fijos en la hija con una ternura que llega a ser dolorosa.
Le toca el pelo a Alessia y le acomoda el flequillo.
Y yo me quedo observándolas a las dos. La madre que intenta esconder el mundo, porque el mundo hace daño.
La hija que colorea el peligro, porque no sabe reconocerlo.
Siempre creí que el control era lo que mantenía todo en pie.
Que nada podría entrar en mi casa sin mi permiso.
Solo que, en este instante, con el rotulador manchando mis tatuajes y Amélie intentando contener el llanto, percibo que algunas cosas no piden permiso para entrar, simplemente aparecen y, si no tenemos cuidado, lo cambian todo.
—No lo laves, ¿vale? —repite la pequeña, como si aquello fuera un pacto entre nosotros.
Miro los colores torcidos sobre mi piel y siento que, al menos para ella, el pacto es más que tinta.
—No lo lavaré —prometo.
Me quedo solo en el despacho, pero el silencio no es cómodo, es algo vivo, presionando las paredes, ocupando el espacio que antes pertenecía solo a nombres en una lista y decisiones.
Y miro mi antebrazo durante demasiado tiempo.
Ahora tiene muchos colores por encima, trazos torcidos, un amarillo insistente que no combina con nada de mi mundo.
Pensé que lo lavaría cuando ella saliera, solo que por alguna razón no pude.