Un rayo de sol
Ettore Santacroce
El pestillo cede con el mismo clic preciso de siempre, y entro en el despacho pensando en números, firmas y en el hecho de que ya es la décima llamada del tío Giuseppe que he rechazado en lo que va de día.
Además, ahora tengo pendiente lo de Edoardo y Amélie con la discusión por el gallo muerto.
No es que ella esté discutiendo, pero Edoardo pasó dos días fuera de casa y solo volvió esta mañana, aparentemente ahogando las penas en la discoteca, enterrándose en coños para procesar el duelo por el Imbattuto.
Cuando cierro la puerta detrás de mí, por un segundo, todo parece en su sitio, normal. El despacho parece impecable como siempre, salvo por mi mesa desordenada.
Es entonces cuando oigo el sonido. Como si alguien arañara algo con la uña, un papel quizá. Es el ruido de algo al ser rayado, insistente. Oigo también una respiración concentrada, corta, casi un resoplidito.
Mi cuerpo reacciona antes que mi cerebro y la mano va directa al arma por reflejo, aunque no sepa si hay una amenaza real. Cuando por fin registro la escena, el susto se transforma en otra cosa, una especie de incredulidad que me atraviesa, generando al mismo tiempo incomodidad y ganas de reír.
Sentada en mi mesa, con las piernas balanceándose en el aire, hay una niña.
Lo bastante pequeña para parecer fuera de lugar en un ambiente de hombres, negocios sucios y silencio.
El pelo rubio le cae sobre la frente y hace una mueca seria, la lengua atrapada en la comisura de la boca, mientras dibuja con un rotulador sobre un bloc que, hasta ayer, servía para anotaciones importantes, del tipo que pueden arruinar vidas.
Nunca la he visto antes, pero puedo deducir quién es.
Cuando pedí a Filippo que investigara en el hospital, regresó con la información de que Amélie acompañaba a una niña.
La empleada que le pasó la información le dijo que, a pesar de ser monja, Amélie se presentaba como madre de la niña.
Eso fue lo que más me dejó desorientado, tanto en el casino como en la discoteca, hasta el punto de hacer que mi cerebro hirviera, y a la mañana siguiente, cuando la encontré al pie de la escalera, intentó distraerme con aquella historia de un perrito enfermo, pero no hizo falta pensar mucho para entender que, envuelta bajo las mantas, estaba la niña.
Primero porque reconozco a un mentiroso desde lejos, anticipo el tipo de secreto que se agita y se desborda por dentro y hace que contengan la respiración cuando me acerco demasiado.
Segundo, porque aquello encajaba con la información que consiguió Filippo.
Durante toda una noche llegué a considerar que él pudiera estar equivocado.
La niña podía ser una huérfana a la que el monasterio daba refugio, pero al verla arriesgarse a traer a la niña aquí, entendí que Filippo no podía haberse equivocado.
El guau-guau que escapó bajo las mantas fue solo una confirmación, un sonido demasiado humano para ser un ladrido, pero decidí que aquel era un secreto demasiado inofensivo para enfrentarme a ella por él.
La niña alza los ojos despacio, percibiendo mi llegada, actuando como si estuviera interrumpiendo su obra maestra.
—Hola, señor.
La naturalidad con que habla casi me arranca una risa.
Casi. Me acerco sin prisa, dejando que siga cada movimiento, como hago con animales ariscos y con hombres nerviosos.
Solo que ella no es ni lo uno ni lo otro y, al igual que su madre, no retrocede, no esconde el rotulador, al contrario, cierra los dedos alrededor de él con más firmeza, como si fuera la dueña del territorio.
Me siento enfrente, observando con calma y curiosidad, analizando cada rasgo delicado, cada ángulo del rostro, y la semejanza obvia con Amélie me impacta de un modo que llega a ser gracioso.
—¿Te gusta mi mesa? —Señalo con la barbilla la mesa.
La niña mira la silla y la mesa, y lo evalúa todo, encogiéndose de hombros como quien decide que es un detalle irrelevante.
—Sí. Estoy dibujando.
—Ya veo —respondo, con un sarcasmo que ella no tiene edad para comprender.
Apoyo el codo en el borde de la mesa, un tablero pesado de madera, marcado por años de reuniones que no dejaron espacio para ninguna infancia.
Ahora hay una niña sentada sobre el mueble, con un rotulador barato y ojos atentos, sin tener la menor idea de que está invadiendo un espacio prohibido incluso para los colores y la alegría.
—¿Cómo te llamas? —pregunto.
Entrecierra los ojos, desconfiada, como si la pregunta fuera una trampa.
—Alessia, ¿y tú?
Alessia. El secreto que ladra por los pasillos, disfrazado de perrito. Una sensación extraña reverbera en mi pecho, es casi... ¿ternura? Algo que no encaja con mi rutina, pero creo que las niñas pequeñas y adorables consiguen ese efecto incluso en asesinos desalmados.
—Yo soy Ettore. ¿Y qué estás dibujando, Alessia?
Gira el bloc en mi dirección con orgullo. Primero veo un sol enorme, con un montón de garabatos que bien pueden ser flores, o armas, dependiendo de la imaginación. Y, en medio, una figura alta, toda vestida de negro, con lo que parece una bola en lugar de rostro.
—Ahora estoy dibujándote a ti —explica, sin pestañear—. Eres glande. Y tienes cala de blavo.
Miro fijamente el muñeco. Su valor al reducirme a un dibujo infantil me desarma un poco más.
—Yo no soy bravo —miento, no sé muy bien por qué.
—Sí lo eres —responde, como si estuviera corrigiendo un error obvio—. Pero no glitaste conmigo. Entonces eres un blavo buenecito.
Antes de que pueda responder, oigo pasos en el pasillo, acompañados de las voces de Edoardo y Filippo. La puerta se abre sin ceremonia, solo que los dos se detienen en la entrada como si hubieran tropezado con una pared invisible.
Edoardo es el primero en reaccionar, mirando de mí a la niña y de vuelta, intentando entender si esto es una broma. Filippo emite un sonido bajo, una risa contenida que acaba por tragarse, sorprendido.
—¿Qué cojones es esto? —pregunta Edoardo, con la mano todavía en la manilla.
Alessia se gira despacio hacia ellos, muy seria, como si estuviera siendo presentada a un público.
Cruzo los brazos, porque de alguna forma necesito recordar que soy el Don de la Cosa Nostra, el hombre que manda en este lugar, no soy un muñeco que acaba de ser dibujado como un poste con cara de enfadado.
—Es una niña, ¿no te has dado cuenta? —digo, como si eso lo explicara todo.
Edoardo da dos pasos hacia dentro, medio incrédulo.
En realidad, aún está cabreado por la muerte del gallo, pero al menos se ha tomado la molestia de dar la cara hoy, y ha vuelto a casa.
Él es así: tranquilo en muchos momentos, hasta que algo ocurre y desata al Diablo loco y sádico que lleva dentro.
—¿Y de dónde ha salido esta niña?
Alessia no vacila ni un segundo. Su rostro se ilumina con la certeza de quien tiene una respuesta irrefutable.
—De la baliga de mamá.
El silencio dura lo que dura un parpadeo.
Entonces Filippo ríe en voz alta, sin filtro.
Edoardo intenta contenerse, pero falla, la risa escapando como aire retenido.
Hasta yo siento que se me levanta la comisura de la boca, contra mi voluntad.
Alessia nos mira como quien no entiende por qué los adultos encuentran graciosas las cosas más obvias del mundo.
—Vale. Justo. —Edoardo se sienta a mi lado y se seca los rabillos de los ojos con el dedo, todavía riéndose—. Eres lista, ¿eh? ¿Y quién es mamá?
—Sí, soy muy lista, mi mamá se llama Amélie —confirma, retomando el dibujo como si la conversación hubiera acabado.
Ante la mención, Edoardo se ensombrece y creo oírle susurrar la frase: esa asesina.
La frase, viniendo de él, es tan absurda que casi me olvido de la razón por la que hay una niña en mi casa.
Todo siempre empieza y termina con ella, Amélie y la forma en que evita preguntas directas, el modo en que escoge cada palabra como si estuviera siempre escondiendo algo.
Primero no era monja, ahora tiene una hija.
Solo espero que el próximo secreto no sea un marido.
Y es entonces cuando la puerta se abre de nuevo, y Amélie entra como si hubiera corrido por toda la casa con el corazón en la garganta. Su rostro está demasiado pálido, los ojos abiertos de par en par, y por un segundo recorre el despacho con la mirada como quien busca una catástrofe.
Ve a Alessia, pero el alivio no llega, en su lugar surge el pánico. Vuelvo a mirar hacia la silla donde segundos antes estaba la niña, intentando entender el motivo del pánico, solo que Alessia ya no está en mi mesa.
En algún momento, simplemente se ha pasado al regazo de Edoardo, como si él fuera un sofá cómodo.
Edoardo, el hombre que comete asesinatos sonriendo y que, al ponerse la máscara del Diablo, hace que hombres adultos supliquen la muerte y después duerme como si nada hubiera pasado.
Ante la niña, sin embargo, se queda paralizado, inmóvil, con la postura de quien tiene sobre el cuerpo una bomba a punto de explotar.
Alessia no se da cuenta, sostiene el rotulador en la mano y tira de mi brazo, con la concentración de una artista.
Solo entiendo por qué lo hace cuando siento el leve toque de la punta del rotulador sobre mi piel.
¿Esta niña está coloreando mis tatuajes?
Lo está, y parece completamente satisfecha.
De cerca, alcanzo a percibir que su bracito tiene las venas un poco marcadas, como si estuvieran castigadas por los medicamentos intravenosos, la imagen me provoca un nudo en el estómago, no por repulsión, sino por entender lo que esta niña tan pequeña tiene que enfrentar.
Amélie se lleva la mano a la boca y todo su cuerpo se tensa.
—Dios mío… ¡Alessia! —Su voz sale en un susurro afligido—. Lo siento, perdóneme, Don. Yo… la dejé sola un minuto, lo juro…
Me mira como si esperara una sentencia o como si esperara que yo fuera a explotar, como si los garabatos de la niña fueran una ofensa imperdonable. Tal vez en mi mundo incluso lo sean. Solo que, en este momento, no consigo que me importe como debería.