Tres Santacroce y unos vaqueros excitantes #2
—Amélie usaba el hábito precisamente porque tenía miedo de que no la respetaran en esta casa, y yo le garanticé que eso jamás ocurriría aquí, que sabemos muy bien cuándo hay vía libre con una mujer y cuándo las carreteras están cerradas —dice, usando una analogía que es casi graciosa—. Y respetamos eso.
La frase se pronuncia con determinación, y el Don mira de su hermano a su primo, como quien los incita a desafiarlo. Y de repente, me doy cuenta de que, a pesar de no ser considerada ya intocable por culpa del hábito, he ganado un blindaje aún mayor, soy la protegida del Don.
La mirada de Edoardo vuelve a mí, curiosa, divertida.
—¿Entonces nos mentiste? ¿Nunca has sido monja?
—Sí, mentí, pero para protegerme —respondo, sin pedir perdón.
No voy a pedir perdón por preocuparme por sobrevivir. Ettore da un paso al frente, como si quisiera atajar cualquier intento de Edoardo de convertir aquello en una broma.
—Y aunque no me gusten las mentiras, creo que hizo bien. Le dio el tiempo suficiente para sentir que podía confiar en nosotros.
Sus palabras tienen un gran impacto, no solo porque suponen una validación, sino porque percibo que ahora entiende, sabe que tuve miedo, pero sabe que hoy reconozco que estoy a salvo. Camino hasta el horno, sintiendo sus miradas atentas, y saco la tarta de dentro.
Edoardo sigue apoyado en la encimera, observando cada gesto mío como si fuera entretenimiento. Filippo intenta parecer neutro, pero falla.
—Pero yo la encontré en el monasterio, era la portavoz de las hermanas —dice, como si aquello le molestara más que todo.
—Sí, por lo visto estás perdiendo el olfato para las mentiras —dice Ettore, mirándolo como si lo acusara—, me trajiste una monja que no es monja, no descubriste como es debido nada de lo que te pedí y, fíjate, te estás enterando por mí de la verdad sobre Amélie.
Edoardo ríe en voz alta y le da una palmada de consuelo en el hombro al otro.
—Sí, primo... Antes eras mejor.
—No te sientas culpable —digo, saliendo en defensa del consigliere—.
Vivo y trabajo en el monasterio, y no me puse el hábito aquel día para engañarte, estaba en la calle trabajando en nombre de la madre abadesa, por eso lo usé —explico—.
Como querían a alguien de confianza para el trabajo, deduje que una monja convencería más que una joven sin otras referencias, y que la ropa podría protegerme.
Él asiente, con un gesto sutil de la mano, como si desestimara mi petición de disculpas velada.
—Está todo bien. No estoy enfadado, solo indignado por no haberlo descubierto antes, creo que sí que ando con la cabeza demasiado llena... —refunfuña, más para sí mismo.
—Bueno, ya que todo está aclarado, ¿qué tal si desayunáis ahora? —sugiero, en un tono con el que intento sonar más calmada.
Los tres acatan la petición, y van juntos al comedor, donde se sirve la comida.
Uno a uno, deposito los platos sobre la mesa, los panes, las frutas, los cornetti y las bebidas.
Sirvo a cada uno de ellos, empezando por el Don.
Después vuelvo a la cocina y voy a por la tarta, la corto en trozos y vierto la cobertura por encima, de forma que sea más fácil ocultar algunas porciones para que Alessia coma.
Regreso al comedor y coloco la tarta en el centro de la mesa.
—Si hubiera sabido que la vista mejoraría tanto, te habría animado a despedir a todo el mundo antes —comenta Edoardo, dirigiéndose al hermano.
Es más sutil, pero aun así queda claro que se está refiriendo a mí, y veo cómo la mandíbula de Ettore se endurece, mientras un músculo cerca de su sien palpita.
Prefiero ignorarlo, así que sirvo café, distribuyo cubiertos y coloco platos delante de ellos cumpliendo con mis obligaciones.
A pesar de la reprimenda de Ettore, el trío sigue mirándome fijamente, él incluido, y quizá incluso más que los otros.
Francesco entra a continuación, acompañado por dos de sus hombres, y se unen a la gentuza.
Respiro hondo, apoyando las manos en el borde de la mesa por un segundo, buscando firmeza para reprenderlos.
—¿Vais a quedaros toda la mañana mirándome? La comida se va a enfriar —digo, seca.
Filippo suelta una risa baja, como si yo hubiera hecho una broma, y Edoardo se cubre la boca con la mano, todavía divirtiéndose.
Y Ettore… Bueno, por algún motivo parece dispuesto a matar a alguien con el cuchillo del pan.
Es casi como si estuviera celoso, y en otras circunstancias quizá me sentiría satisfecha con la constatación, pero no sé qué siento al respecto, porque los celos por parte de un Don no son algo trivial, no son cariño.
Cuando terminan, recojo los utensilios rápidamente, haciendo lo posible por acabar pronto y escapar de ellos para ver a Alessia.
Los soldados se levantan y salen acompañando a Francesco, mientras el trío Santacroce sube y se encierra en el despacho de la planta de arriba, demasiado cerca de donde está Alessia.
Es mi señal.
Ettore Santacroce
La puerta del despacho se cierra detrás de nosotros con fuerza suficiente para silenciar cualquier eco del exterior. La comodidad de aquí dentro es diferente, porque aquí es donde pienso, decido y ordeno.
Edoardo se deja caer en una de las butacas y ríe, recostado como si la vida fuera una broma.
—Tío, todavía estoy impactado al saber que la Monjita no es monja —dice, negando con la cabeza.
No respondo de inmediato porque sigo atrapado en la escena de la cocina, como si estuviera grabada en mi retina. Amélie con esos vaqueros marcándole las curvas y la camiseta dibujándole el cuerpo, perfecta, deliciosa y atrayendo todas las miradas de la puta casa.
Le garanticé que estaría segura aquí, y sin duda lo está en lo que respecta a los otros hombres, pero ver a esa panda de desgraciados babeando con cada movimiento suyo casi me hizo actuar como un hombre de las cavernas, echándome a la chica al hombro y arrancándole yo mismo esa ropa.
Eso me irrita todavía más, porque no puedo estar celoso de una chica.
—A mí también me pilló por sorpresa —comenta Filippo, con el rostro reflejando sus palabras—, atrevida la chica, ¿no creéis? Mintiéndonos así.
—Atrevida —coincide Edoardo, con una risa maliciosa—. No le gusta la forma en que hablo, pero creo que, ya que no es monja, si soy un poco más romántico —bromea con la palabra—, puedo conseguir algo por ahí. ¿Qué opináis? Yo también estoy buenísimo, ¿no?
Filippo se está riendo, pero apenas registro mis movimientos.
La acción es completamente impulsiva, movida por la rabia; mi cuerpo responde más rápido que la razón, y eso me enfurece.
Agarro a Edoardo por la camisa y él abre los ojos de par en par cuando lo obligo a ponerse de pie y lo empujo contra la pared, con fuerza suficiente para hacer que el impacto resuene en el despacho.
Me mira con una chispa de sorpresa, pero no reacciona con violencia. Su expresión cambia, parece más la de un chaval travieso pillado in fraganti, y solo sonríe, porque le gusta verme perder el control.
—¿Qué pasa, hermano? Tienes que controlar esa ira... —provoca.
Le agarro el cuello de la camisa, acercando mi rostro al suyo.
—Si te acercas demasiado, si pones un maldito dedo encima de ella —digo, con la voz baja y peligrosa—, te rompo los diez.
Abre los ojos un poco más, sorprendido al constatar que realmente no estoy bromeando. Aprieto más.
—¿Lo estás entendiendo, joder?
Empieza a carcajearse, más por la sorpresa que por falta de respeto, y sé que he ido demasiado lejos, pero esta mierda es incontrolable.
—Tranquilo, Don. No hace falta que me amenaces así, que me entra miedo.
—No está bromeando, Edoardo —dice Filippo, con displicencia.
Lo dice como si conversara sobre algún asunto trivial, y no sobre el hecho de que estoy tan ciego de rabia que personalmente le rompería los dedos a ese cabrón.
—Ya me he dado cuenta. —Alza las manos, en señal de rendición, pero con el brillo de diversión todavía en los ojos—. He entendido el mensaje, la Monjita es tuya, Don.
La palabra flota en el aire y encuentra a un animal dentro de mi pecho.
Mía.
No vacilo, porque vacilar delante de él es abrir una brecha.
—Sí, es mía, y nadie toca lo que es mío.
Su sonrisa crece.
—Entonces estamos de acuerdo. ¿Puedes soltarme ahora? Me estás arrugando la camisa.
Lo suelto con un empujón final y Edoardo se arregla la camisa, todavía riéndose, pero su mirada está más atenta ahora, menos burlona.
—Le tengo apego a la vida, no voy a meterme en las cosas de mi hermano. Solo que no lo sabía, ¿no? Mientras Filippo y yo pensábamos que la chica era monja, tú te estabas metiendo debajo de su hábito... —dice, negando con la cabeza.
—¿Ahora entiendes por qué el Don no quiso a las chicas de la discoteca? —provoca Filippo—. Tenía la cabeza en otra parte.
El silencio que sigue es pesado, pero no hostil. Los tres nos entendemos bien, y hay reglas que ninguno de nosotros se atrevería a traspasar, una de ellas es la lealtad.
Sin embargo, Edoardo me observa un segundo, y su mirada es más seria que antes.
—Procura no dejar que esto te distraiga —dice, finalmente, como quien da una advertencia real detrás de toda la provocación—, tenemos cosas más urgentes de las que ocuparnos.
No respondo, porque sé que tiene razón, pero cuando cierro los ojos un segundo, todo lo que veo es a la puta chica con esos vaqueros de los infiernos. Ya estoy distraído, principalmente porque sé que, igual que yo, todos mis hombres ven lo mismo.
Es como he dicho, Amélie es mía.
Y nadie toca lo que es mío.