Ettore Santacroce Tres Santacroce y unos vaqueros excitantes
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Tres Santacroce y unos vaqueros excitantes

Amélie

Estoy en la cocina desde que llegamos. Primero empecé a preparar el desayuno para los hombres de la casa: pan fresco, fruta cortada, mermelada, cornetti rellenos, zumo y café solo.

Después, tal como prometí, empecé a hacer una tarta de chocolate, usando los ingredientes de la despensa y teniendo cuidado de preparar una tarta que tanto Alessia como los demás puedan comer.

No es como si fueran a echar en falta uno o dos trozos de tarta.

El olor a tarta en el horno perfuma el ambiente de una forma reconfortante.

Se mezcla con el aroma del pan recién horneado y del café, que aún se extiende por la estancia.

Está casi todo listo para servir, y me doy cuenta de lo mucho que el conjunto lo vuelve todo demasiado doméstico para una casa como esta, donde, en lugar de masa y condimentos, suelen reinar el whisky, el cuero y la pólvora.

Sé que aquí los pasillos guardan la memoria de hombres armados y de sangre, pero aun así, me empeño en servir comidas elaboradas, como si fuera una casa común.

Pero hoy me siento diferente.

Haberle contado a Ettore la verdad sobre mí me ha dado libertad para abandonar el hábito, lo que vuelve todo el servicio más práctico.

Incluso siendo consciente de eso, de mis muchas razones para librarme de las vestiduras largas, siento como si los vaqueros marcaran demasiado mis piernas y mis caderas, revelando lo que el hábito siempre ocultó.

La camiseta es ajustada y abraza mi cuerpo delatando cada curva, el pelo está recogido, pero sin velo, sin armadura, sin el disfraz que me convirtió casi en una superstición en los dominios de la Cosa Nostra.

Fue una elección práctica, el hábito es demasiado caluroso, muy pesado para el ajetreo de una cocina y la limpieza de la casa, pero siento que quizá tarde un poco en volver a acostumbrarme a ser vista.

Algunos años atrás, ni siquiera habría considerado usar vaqueros y camiseta, ropa demasiado sencilla para la persona que era, tanto que, hasta hoy, las pocas prendas que me acompañan desde la fuga son extremadamente lujosas, confeccionadas por los diseñadores más famosos de Italia, Francia y Linchtensteyn.

No es que haya quedado mucho de quien era: algunas joyas que fueron de mi madre, un par de pendientes y un anillo, a los que estoy muy apegada, tres o cuatro vestidos, un conjunto de falda y blusa, que guardo conmigo para no olvidar nunca de dónde salí ni mis motivos.

Pero, después de tanto tiempo vistiendo el hábito para salir a la calle, la sensación que tengo es la de que he bajado las escaleras desnuda.

Mientras remuevo la cacerola, me descubro consciente de cómo algo tan banal para la mayoría puede proporcionarme ahora una sensación tan intensa de libertad.

Al principio me escondí por miedo, pero con la convivencia pasé a confiar en estos hombres, incluso en Edoardo, hasta el punto de sentirme lo bastante segura dentro de estas paredes, consciente de que nadie se atrevería a tocarme aquí dentro y de que mi pasado jamás atravesaría las puertas de la casa del Don Santacroce.

En el fondo, el peligro que representan, los monstruos que creen ser, son precisamente la razón por la que me siento segura.

¿Quién se atrevería a ir contra los Santacroce?

Lo único que aún me hace temer son las mentiras, los secretos, y no me refiero a los de ellos, sino a los míos.

Me hice la tonta y la inocente muchas veces aquí dentro, evitando enfrentarme a la verdad de quiénes son los mafiosos, pero muy consciente de todos los negocios ilegales en los que participan activamente.

La cuestión no es su pecado, sino el mío, todo lo que escondo con tanta desesperación.

Pienso en Alessia, escondida en el piso de arriba, y se me encoge el estómago.

Necesito subir pronto y ver cómo está, si se siente mejor, pero también necesito mantener la farsa aquí abajo.

Una madre hace eso, sostiene y equilibra varias bandejas, sin dejar caer ninguna, pero aun así siente que está fallando.

Cuando me doy cuenta de que la tarta está casi lista, empiezo a preparar una cobertura a fuego lento, porque una tarta de chocolate sin una salsa por encima no está realmente completa.

Remuevo la cobertura con la cuchara de madera, y canturreo una canción antigua que a mi madre le encantaba cantarme antes de acostarme.

Después de que ella se fuera, era Rosimeire quien me la cantaba, y a veces echo de menos aquella época, antes de que todo cambiara.

La cobertura empieza a espesar y el delicioso olor del chocolate se eleva en el aire, haciéndome sonreír mientras sigo cantando. Pero mi canto se ve interrumpido por una voz imperiosa y divertida que llega desde unos metros detrás de mí.

—Filippo… —Es la voz de Edoardo, ya he aprendido a diferenciar su tono y el de Ettore, por el timbre y por los gestos—. No me dijiste que hubieran contratado a una nínfula para ayudar en la cocina.

Mi cuerpo se tensa como si me hubieran dado una bofetada, pero suspiro enseguida. Es El Diablo, ¿qué esperaba? Ya debería haberme acostumbrado a los comentarios sin filtro y repletos de insinuaciones perversas o sexuales.

La elección de la palabra nínfula no solo es vulgar, sino que me coloca en la posición de una jovencita, quizá incluso lo sea, cumplo veintitrés años dentro de poco, eso marca una gran distancia de edad entre nosotros, pero no es solo eso, es el tipo de palabra que pone a una mujer como objeto, como carne.

Me giro despacio, controlando la leve irritación para no insultarlo ni quemar la cobertura de la tarta.

Edoardo está de pie en medio de la cocina con una sonrisa torcida en el rostro, las manos metidas en los bolsillos como si estuviera paseando, su mirada fija en mí, provocadora. La sonrisa es confiada, incluso maliciosa, y cruzo los brazos, esperando que me reconozca.

Filippo lo nota primero, tose con los ojos abiertos de par en par. La expresión divertida de Edoardo se congela, el rostro se le pone serio de repente, y parpadea dos veces, como si su cerebro estuviera intentando juntar las piezas.

—Tú… —empieza, incrédulo—. ¿Monjita? Joder... ¿dónde está esa cosa larga y negra? ¡Y es rubia! —completa, girándose hacia Filippo con evidente sorpresa.

Pongo los ojos en blanco. No es posible que mis cejas y pestañas no delataran nada.

—¿Amélie? —tantea Filippo, pareciendo también muy sorprendido.

—¿Qué pasa, gente? Solo he decidido usar algo más cómodo, el hábito no era muy práctico —respondo, sin sonreír.

No es mentira, solo que no es toda la verdad.

La mirada de Edoardo baja sin disimulo, evaluándome como si fuera una botella de vino cara. Cambio el peso del cuerpo de una pierna a la otra, incómoda con tanta atención.

—¿Cómodo? —repite, y el tono parece contener la risa—. No sé, no sé. Esa cosa escondía lo buenísima que estás, Monjita. En cambio, esa ropa de ahí muestra el cuerpazo que le estabas escondiendo al mundo.

Siento el calor subirme por el cuello, no me siento exactamente insultada, pero sí avergonzada, y solo por hacerme pasar por eso, me dan ganas de echarlo de aquí a escobazos.

—¿Hablas así con todas las mujeres o es un privilegio mío? —devuelvo, con la voz baja y afilada—. ¿No te enseñaron a filtrar los pensamientos antes de hablar?

Filippo suelta una risa ahogada y Edoardo abre la boca para responder, pero lo ignoro y vuelvo a remover la cobertura en el fogón.

—Guten Abend, gute Nacht, mit Rosen bedacht, mit Näglein besteckt, schlüpf unter die Deck’! —canto, como si los dos no estuvieran aquí.

Pero entonces surge otra presencia. Primero oímos los pasos pesados del Don, y justo después aparece en la puerta.

Ettore.

Se detiene al lado de la isla central, y su mirada va directa hacia mí, intensa, curiosa y llena del mismo deseo al que prometimos no volver a ceder.

Es diferente, su deseo no me ofende, no sobrepasa mis límites ni me falta al respeto.

Durante largos segundos no dice nada, solo mira, como si estuviera demasiado sorprendido para encontrar las palabras.

Me ha visto desnuda, sí, expuesta, pero nunca me ha visto con otra ropa ni sin aquel velo cubriéndome el pelo, la nuca y una parte de la frente.

Me analiza despacio y sonríe, no es malicioso, es como si estuviera viendo algo que ya conocía, pero ahora sin capas, sin disfraz, por completo.

Me siento incómoda porque parece fascinado. Lo reconozco, porque es la misma forma en que yo lo miro cuando sé que no me está viendo. Un tipo de deslumbramiento controlado, como todo en él, pero que está ahí, atravesando la máscara del Don por una rendija.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunta, volviendo la mirada hacia los otros dos.

—¿No está claro? —Edoardo se encoge de hombros y me señala—.

Amélie ha escondido ese cuerpazo todo este tiempo, y ahora que hemos visto cómo es sin ese disfraz de monja, pensé que sería educado elogiarla, pero parece que no le ha gustado...

—dice, como si sus palabras fueran realmente elogios, parece creerlo.

Ettore no aparta los ojos de mí al responder.

—Cuidado con la boca, Edoardo. No voy a tolerar faltas de respeto, tienes prohibido hablar así de ella.

El tono es bajo, pero definitivo. No es una petición, es una orden.

Debo de estar realmente loca, porque me encanta cuando habla así, tan mandón. Dios debe de haberme puesto en esta casa porque ya se ha rendido conmigo, soy un caso perdido.

Edoardo, ajeno a mis pensamientos indecentes sobre su hermano, alza las cejas, divertido y sorprendido.

—¿Prohibido?

Ahora Ettore por fin lo mira, y el ambiente se vuelve extraño, pesado.

—Sí, prohibido. Y sin bromitas, Amélie no es una monja —dice de repente.

El silencio en la estancia es sepulcral, como si alguien hubiera cerrado todas las puertas y ventanas de la casa. Apago el fuego, pero sin apartar la atención de ellos, todavía conteniendo la respiración.

Ettore continúa, sin vacilar.