Ettore Santacroce Un pensamiento recurrente #2
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Un pensamiento recurrente #2

La desgraciada entró en mi casa vestida con un hábito y un crucifijo, y aun así consiguió desestabilizarme como nadie antes. La morena lo intenta de nuevo, pasando la mano por mi pecho, más insistente, más cerca.

—¿Quieres que baile?

Le sujeto la muñeca con la firmeza suficiente para que entienda que no estoy abierto a sus insinuaciones.

—No. Podéis iros, las dos.

Se levantan, acatando la orden como si fuera un grito. Las observo alejarse, perdiéndose entre las luces, y siento un tipo extraño de alivio. Edoardo se da cuenta, porque él siempre se da cuenta de todo lo que pueda convertirse en motivo de broma.

—¿Qué pasa, hermano? ¿Está difícil elegir?

Me levanto sin responder, porque mi cuerpo se mueve antes de que tome una decisión más racional.

—Me voy a casa.

Filippo alza las cejas, un poco sorprendido, pero no intenta impedirlo.

—¿Ya?

Veo a la chica arrodillada entre las piernas de mi hermano, tragándoselo todo, como si no tuviera público, Edoardo nunca se ha preocupado por ser visto, pero así, en una discoteca, que no es explícitamente un club de sexo, me parece demasiado. Sin embargo, ni siquiera la escena me excita ahora.

—Por hoy ya he tenido suficiente. Quedaos.

Edoardo suelta una carcajada, alta, llamando la atención.

—¿Te estás quedando impotente? Por el amor de Dios, Ettore, ni siquiera es medianoche.

Lo ignoro. Me doy la vuelta y salgo sin mirar atrás. Atravieso la sala sintiendo la sangre latir con fuerza en las sienes, no por deseo, sino por rabia, rabia contra mí mismo. Rabia por la facilidad con la que una mujer consiguió descolocar las cosas.

Conduzco solo por la ciudad, demasiado rápido para alguien que no está huyendo de nada.

Palermo brilla bajo la noche, viva, indiferente a mis contradicciones.

Cuando llego a la mansión, el silencio me recibe como una provocación.

Esta casa siempre ha sido grande, pero hoy parece mayor, cada pasillo es demasiado amplio, cada puerta parece más alta, la ausencia de ruido acentúa el estruendo de mi propia mente.

Subo al despacho y enciendo solo una luz, lo justo para ver la mesa, la silla, las sombras.

Mis dedos encuentran una de las velas que dejó, y la enciendo. La llama se estabiliza, y el aroma a madera negra se extiende por el ambiente, denso y elegante, esas fueron sus palabras, el tipo de olor que se infiltra en las cosas, en las cortinas, en el cuero de la silla, en la memoria.

Debería haberme quedado en la discoteca, haber satisfecho mis impulsos, aplastado la incomodidad con la solución más vieja del mundo.

Tal vez hice una estupidez al proponer que el sexo no se repitiera, porque estoy obsesionado.

Tal vez si estuviera dentro de ella unas cuantas veces más, lo suficiente para sacar todo el calentón, para hartarme, todo volvería a la normalidad.

Me siento en el sillón frente a la mesa, observando el fuego bailar, mientras el humo y el perfume ocupan todo el espacio, trayendo consigo la certeza incómoda de que no puedo controlarlo todo.

Amélie

Alessia se despierta antes que yo, y es el pequeño movimiento de su cuerpo lo que me arranca del sueño como un tirón.

Todavía estoy en ese estado confuso de quien acaba de despertarse cuando oigo el gemido bajo y siento que el colchón se hunde un poco bajo el peso de sus movimientos.

Abro los ojos y encuentro los suyos ya abiertos, pero pesados, como si mantenerlos así exigiera demasiado esfuerzo.

—Mamá… —murmura, y su voz es un susurro que me da ganas de llorar.

El primer día después de la hemodiálisis siempre es malo, como si su cuerpo hubiera librado una lucha demasiado difícil durante horas y ahora solo quedara el cansancio.

El rostro está pálido, las mejillas sin color, y la náusea ya empieza a aparecer, porque la veo llevarse la mano al estómago, con una mueca.

—Estoy mal, mamá…

Cierro los ojos por un segundo, porque conozco este guion y aun así nunca me acostumbro. Sé que es temporal, sé que pasa, pero cuando es con ella, todo parece definitivo.

—Lo sé, princesita. Va a mejorar —digo, como una promesa.

Cojo un poco de agua y la ayudo a beber en sorbos pequeños, despacio, para no hacer que se sienta peor.

Le acaricio el pelo fino, intentando transmitirle un poco de la seguridad que yo misma no siento.

Y, mientras cuido de ella, la realidad se impone con crueldad, porque necesito ir a la mansión y, más que eso, tengo que dormir allí esta noche, no puedo arriesgarme a perder el único camino que puede darme recursos para mantener a Alessia a mi lado.

Pero dejarla así, en el monasterio, no es una opción.

Las monjas ayudan con lo que pueden, son maravillosas, sus manos son gentiles y su fe parece sostener el mundo, pero hoy Alessia no necesita nada de eso, solo necesita a su madre cerca. Igual que yo la necesito a ella, tengo que verla, tocarla, sentir su respiración constante mientras duermo.

Pienso rápido, como siempre, y me acuerdo de la promesa que hice, de que la próxima noche la llevaría conmigo.

—Alessia —digo, bajando el tono de voz como si estuviera proponiendo una aventura, porque sé que la fantasía es la forma más suave de hacer que haga lo que le propongo—, ¿qué te parece jugar al escondite con mamá?

Me mira, confusa por un instante, después aparece la curiosidad en sus ojos, ni el cansancio borra del todo a la niña.

—¿Ahola?

—Ahora. Pero va a ser diferente, como una misión secreta.

Cojo la manta suave y empiezo a envolverla con cuidado.

Le explico que va a ganar el desafío si consigue comportarse como si fuera un perrito escondido, que no puede hacer ruido, que necesita quedarse muy quietecita hasta que yo diga que se acabó el juego.

Veo sus ojos brillar con la idea, porque a Alessia le encanta cuando transformo nuestros días en un juego, quizá porque, en el fondo, sabe que la vida real pesa demasiado.

—Voy a ganá —dice, decidida.

—¿Ah, sí? Si ganas, tu premio será la tarta de chocolate que me pediste.