Un pensamiento recurrente
Ettore Santacroce
El ruido de las fichas al deslizarse sobre la mesa es un sonido que siempre me ha gustado.
Cada chasquido del plástico de colores contra la madera barnizada reafirma una verdad simple: que aquí, en mi casino, el mundo sigue obedeciendo mis reglas, los hombres se entregan a sus vicios y, mientras se pierden, yo me encuentro.
Hay algo excitante en la música baja, en las risas y provocaciones, en las apuestas y en la ambición.
Es casi hipnótico, porque no es solo el dinero lo que cambia de manos, sino el control, el poder puesto a prueba, los riesgos asumidos y la vanidad castigada.
Son hombres que creen estar al mando del destino cuando suben la apuesta, y mi antro de perdición está aquí para demostrarles lo contrario.
Sostengo las cartas con falsa tranquilidad, permitiendo que mi silencio haga la mitad del trabajo.
Rey y dama de corazones. Nada está decidido, pero es una combinación respetable, el tipo de mano que, en otra noche, me haría anticipar la victoria, aunque fuera con un farol.
Pero eso solo sería posible si estuviera concentrado en el juego, evaluando racionalmente las probabilidades, leyendo microexpresiones, decidiendo el momento exacto de apostar.
Hoy, incluso con el juego a mi favor, mi cabeza insiste en tomar otro rumbo, es como si hubiera abierto una puerta que no consigo cerrar.
El casino tiene vida propia. El ambiente está lleno de luces, de carcajadas y de ruido, ya sea por las conversaciones animadas o por el tintineo de las copas usadas en brindis entusiastas.
El aire lleva olor a bebida cara, perfume femenino y esa vieja ambición que la mayoría cree que sabe esconder, pero que yo reconozco desde lejos.
Un lugar que siempre me ha pertenecido y del que siempre me he sentido parte.
El poder aquí no necesita anunciarse, está en los detalles, en las mesas reservadas, en las miradas que se desvían ante la mención de mi nombre, en las excepciones que solo existen para un Don y para un dueño.
Es mi territorio, donde no necesito fingir que soy algo más de lo que soy.
Incluso con trajes carísimos, aquí el monstruo puede andar suelto, sin correa, pero hoy hay un hueco que ni siquiera las fichas apiladas delante de mí consiguen llenar, una incomodidad que no encaja con la precisión del juego, porque no tiene lógica ni utilidad.
Filippo consiguió algunos de los datos que le pedí sobre Amélie, pocos, pero suficientes para descolocarme y dejarme pensativo toda la noche.
—¿Vas a ver la apuesta o vas a retirarte, Don? —provoca Dante desde el otro lado de la mesa, acomodando las cartas con exageración teatral, como si la actuación pudiera compensar la falta de valor.
Levanto los ojos lentamente y me encuentro con su mirada ansiosa.
Dante es de los que disfrutan escuchándose a sí mismos, de los que confunden palabrería con fuerza.
Parece creer que la audacia basta para desafiar a un Santacroce.
A veces, lo permito, pero hombres como él necesitan perder para aprender cuál es su lugar, y yo no permito que los demás olviden el mío: en el trono.
—¿Y yo me retiro? —respondo, con una media sonrisa.
Empujo las fichas hacia el centro de la mesa con dos dedos, sin prisa, y el silencio que se forma alrededor es casi audible.
El movimiento llama la atención de los hombres que pasean por las mesas, tanteando el terreno.
La tensión crece mientras las cartas se abren una a una, pero al final, como casi siempre ocurre, gano.
Algunos hombres disfrazan la frustración con risas cortas, otros solo desvían la mirada, aceptando la derrota como si no importara. Pero siempre importa.
Recojo las fichas sin ninguna satisfacción visible, hoy no siento placer en la victoria, y eso me irrita más que una posible derrota, porque ganar debería ser suficiente, debería hacerme sentir que la noche ha valido la pena.
Filippo está demasiado atento como para no darse cuenta. Se inclina hacia atrás en la silla, girando el whisky en el vaso, observando la superficie del líquido como si así pudiera parecer más espontáneo. Como si yo cayera en esa puta escenificación.
—¿Dónde tienes la cabeza? —pregunta, en un tono que solo él y Edoardo se atreven a usar conmigo.
Y quizá alguien más...
—En el juego. ¿Dónde más, joder?
—No sé. Dímelo tú —comenta, soltando una risa—, creo que conseguí desestabilizarte con la nueva información, ¿no? Yo también me sorprendí.
Tiene razón, y odio que consigan verme tan bien.
Edoardo, al otro lado de la mesa, lo observa todo con esa sonrisa perezosa de quien ya se ha dado cuenta de que hay algo raro en marcha.
Mi hermano no necesita esforzarse para leerme, crecimos compartiendo el mismo techo y reconocemos el infierno el uno en el otro.
Siempre ha disfrutado pinchándome para que roce la explosión.
—Aburrido —dice en voz alta, por encima de las otras voces—. O en abstinencia.
Le lanzo una mirada lo bastante afilada para cortar.
—Cállate.
Él ríe, satisfecho de haber dado en el blanco, como si mi irritación fuera una confirmación.
—¿Será? Creo que solo está... —Filippo se interrumpe al percibir la forma en que lo miro—. ¡No iba a decir nada!
No tengo ninguna puta abstinencia, hace poco más de veinticuatro horas que me follé a Amélie en aquella mesa.
El problema es que siempre he tenido mujeres al alcance, eso nunca fue un problema que considerar, solo que ahora hay una mujer específica atrapada en mi cabeza como una espina clavada, y eso es demasiado ridículo para ser tolerable.
Filippo cierra la ronda con la misma calma de siempre, salvando al resto de la mesa de mi humor.
—Vamos a la discoteca, creo que aquí ya ha sido suficiente por hoy.
Pienso en negarme, pero la idea tiene sentido. Distracción inmediata, física y simple, exactamente lo que necesito para aplastar pensamientos y flashes de memoria insistentes.
—Vamos —respondo, levantándome.
Detrás de toda la fachada del Don, mi mente hierve.
No es solo Amélie y ese maldito coño, sino todo lo demás.
Está la maldita idea de un matrimonio político que aún me atormenta, porque sé que el tío Giuseppe no va a rendirse tan fácilmente, está avanzando en las negociaciones porque cree que voy a ceder.
Y tengo que pensar en la rata que se sienta a nuestra mesa, el autor intelectual del asesinato de mi padre, y en mantener las apariencias mientras investigamos todo eso.
Siento como si mi cabeza pudiera explotar en cualquier momento, pero lo más irónico es que, incluso con tantas cuestiones que afrontar, mi cabeza insiste en volver a la monja que no es monja, una mujer sin pasado, con la que no existe futuro.
La discoteca nos recibe con la brutalidad del exceso, las luces rojas y azules parpadeando por todo el local, reflejándose en cuerpos que se mueven fuera de sincronía bajo el golpe pesado de la música.
El aire es caliente, el olor a perfume, sudor y sexo lo impregna todo.
Aquí, todo es más directo, menos disfrazado.
Mientras en el casino los hombres fingen que juegan por diversión, aquí nadie finge nada, todos están comprando o vendiendo algo.
Entramos por la puerta lateral, reservada solo para el personal autorizado, y nos dirigimos al sofá que siempre está reservado en la zona VIP.
Enseguida abren las botellas y ponen hielo fresco en la mesa delante de nosotros, con esa reverencia silenciosa que acompaña al nombre Santacroce.
Edoardo se deja caer primero en un rincón, abriendo los brazos y apoyándolos en el respaldo como dueño del lugar, Filippo se sienta con la calma de quien lo analiza todo a su alrededor, con los ojos ávidos, buscando a las chicas.
Yo me acomodo en el centro, entre los dos, solo observando.
Filippo hace una señal y pronto tenemos a varias mujeres delante de nosotros. Trabajan para nosotros, para entretener a los clientes que pagan muy bien, y únicamente por elección, pero cuando estamos en la casa, los demás dejan de ser prioridad.
Filippo se da una palmada en el regazo y una de ellas se acomoda sobre su rodilla, él enseguida hunde el rostro en su cuello, arrancándole una risa a la chica.
La pelirroja desliza las manos por el pecho de Edoardo, arrodillándose entre sus piernas, como si su intención de chuparle la polla fuera tan trivial como un apretón de manos.
Aquí el mundo entero se reduce a carne y sexo.
Una morena de ojos oscuros se acerca a mí, acompañada por una rubia.
Como mi expresión no parece demasiado receptiva, se sientan una a cada lado, deslizando las manos por mis brazos en un intento obvio de seducción.
La morena inclina el rostro hacia mí, como si pretendiera besarme el cuello, pero antes de que lo haga siento el olor del perfume, demasiado dulce, empalagoso.
—Don… —murmura, rozándome el cuello con los labios.
No está mal, y normalmente mi cuerpo responde, pero hoy no lo hace como debería.
La rubia se acerca por el otro lado, pegando el pecho cubierto por un top minúsculo a mi brazo, y la miro.
El rostro es bonito, igual que el cuerpo, todo perfectamente moldeado para agradar, maquillaje impecable, sonrisa seductora y una mirada entrenada para prometerlo todo, sin entregar nada. Pero los putos ojos no son azules.
Y esa entrega fácil no me parece tan interesante esta noche, las miradas sumisas no me excitan tanto como esa mirada que me desafía con osadía.
Cierro los ojos por un instante, irritado conmigo mismo.
No tiene sentido actuar así, estoy rodeado de mujeres dispuestas y bonitas, pero solo consigo pensar en cómo sería tener a Amélie aquí, en este ambiente tan diferente de lo que ella es, cómo sería pervertirla aún más, domarla.
Cómo sería tener mi polla en el fondo de su garganta, cómo sería la visión de ese culo levantado para mí, en mi cama.