La novicia rebelde #3
Ya en la habitación que comparto con Alessia, la encuentro durmiendo encogida en medio de la cama, las pestañas claras enmarcándole los ojos cerrados.
La hermana Solaine sonríe al verme y se levanta del sillón del rincón, solo espero que la pobre mujer no haya dormido sentada toda la noche.
Se despide de mí y cierra la puerta, y por un instante yo solo observo, memorizando cada detalle del rostrito de mi hija, como si el mundo fuera demasiado frágil para garantizar que Alessia estará igual mañana.
Me dirijo al armario sin hacer ruido y me cambio la ropa de ayer por otro hábito, hecho de un tejido más ligero. Preparo la bolsa con los documentos y las pruebas, escojo una muda de ropa que no esté tan gastada para ella y busco en la cocina un tentempié ligero.
—Princesita… —susurro, tocándole el hombro.
Ella refunfuña.
—Mamá ha vuelto...
—Claro que sí, y es hora de despertarse. Tenemos que ir al médico.
Los ojitos se abren con esfuerzo, pero no llora, nunca llora. Solo deja traslucir el cansancio precoz, que duele más que cualquier rabieta.
La ayudo a vestirse y después le peino el pelo rubio con cuidado.
—Hoy mamá va a estar todo el tiempo contigo —prometo.
—Vale... —responde, seria.
Cogemos un taxi en la carretera de acceso al monasterio.
El conductor no hace preguntas. Él mismo ya nos ha recogido aquí otras veces y está acostumbrado a verme con Alessia yendo al hospital.
Ella apoya la cabeza en mi hombro durante el trayecto, y yo me quedo mirando por la ventana, viendo acercarse los edificios de Palermo.
El hospital tiene el mismo olor de siempre: a antiséptico, a medicamentos y a enfermedad, un olor que solo los olfatos más sensibles saben reconocer. Por desgracia, a mí me tocó uno de esos.
Ya conozco el camino, estoy familiarizada con la sala, el personal y el sonido de la máquina. Cuando acomodan a Alessia en el sillón y preparan el acceso, le sujeto la mano con firmeza, esperando la mueca que siempre surge en su rostro cuando le introducen la aguja.
Sonrío.
Siempre sonrío.
—Listo, ya está. ¡Eres mi princesita valiente!
Ella me devuelve la sonrisa, pero siento el pecho encogido con la escena que tengo que presenciar todas las semanas. La máquina empieza su zumbido constante, el sonido que se convirtió en la banda sonora de mi vida.
Le paso la mano por el pelo, le acomodo la manta sobre sus piernecitas gorditas y observo los números en la pantalla como si de verdad pudiera entender cada uno de ellos. Aprendí a descifrar algunos, pero no todos.
Mientras ella cierra los ojos, exhausta, mi mente traicionera vuelve a lo de ayer.
El sexo intenso encima de la mesa, el peso de sus manos, los besos tórridos, su reacción al oírme contar la verdad.
Fuimos lo bastante claros, sin sentimientos, sin repeticiones, pero por desgracia mi cuerpo todavía lo recuerda, no parece dispuesto a olvidarlo tan pronto.
Un hombre nunca había puesto la boca en mí, no ahí, no de esa manera, y la experiencia fue como ser elevada al paraíso.
Las pocas veces que tuve sexo, antes de tener a Alessia, fueron con él, el progenitor, un hombre que hoy sé que solo pensaba en sí mismo y nunca se preocupó por complacerme y, al final, terminó forzándome como si aquello fuera una despedida.
No me gusta pensar en eso, fue demasiado duro y me dejó marcas profundas, como todo lo que viví antes de Italia, pero pienso, y se me escapa una risa, que resulta irónico que un mafioso, el Don de la Cosa Nostra, sea mucho más dedicado y atento que el otro hombre que conocí.
Porque, cuando pienso en que él me limpió y me ayudó a vestirme, llego a ponerme colorada. Ni de lejos el padre de Alessia habría pensado en algo así, nunca fue así de amable y cuidadoso, y mi corazón tonto se salta un latido ante la constatación.
El teléfono vibra dentro del bolso. Es un móvil que, por lo general, solo recibe las llamadas del convento y los encargos de velas, y lo llevo conmigo, ya que soy la única que puede atenderlo y gestionar esos encargos.
También es el número que di en el trabajo, para que se pusieran en contacto conmigo en caso de que fuera necesario, por eso no me extraña mirar la pantalla y ver el nombre de Filippo parpadeando en ella.
Me incorporo un poco, alejándome unos pasos para no molestar a Alessia.
—¿Sí?
—Hola, Amélie. ¿Dónde estás? —pregunta, directo.
—En el hospital.
Hay un breve silencio al otro lado.
—¿Ha habido algún problema? Don Santacroce quiere saberlo.
Mi estómago da un pequeño salto, también involuntario e incontrolable.
—Nada nuevo, hablé con él antes y acordamos que tendría este día libre a la semana, y dije que necesitaba venir al hospital como acompañante —respondo, explicando—. Tal vez se le haya olvidado, debería habérselo recordado ayer...
Pero ayer estaba demasiado ocupada gimiendo su nombre.
Filippo parece apartarse del teléfono y oigo las voces susurradas al otro lado, sin entender lo que están diciendo.
—Sí, está bien. Solo que no se había dado cuenta de que era hoy.
—Todavía tardaré algunas horas, pero si el Don quiere, puedo volver por la noche y dormir en la mansión. Mañana temprano estaré lista para el trabajo a primera hora del día.
Otra vez hay una pausa y los susurros al fondo.
—Ha dicho que no hay problema, puedes venir mañana temprano como acordasteis. Gracias.
—Gracias a vosotros.
Cuelgo, pero me quedo unos segundos mirando la pantalla apagada.
En realidad, este día libre ha llegado en un momento oportuno, porque tener un día entero lejos de él puede ser exactamente lo que necesito para expulsar el deseo de mí, para recuperar la lucidez, para ayudarme a recordar mi lugar.
Él es el Don, y hoy yo no soy más que una fugitiva.
Es un hombre peligroso, que no se lo piensa dos veces antes de mancharse las manos de sangre, yo puse la máxima distancia entre mi familia y yo, para preservar mi propia sangre.
Somos opuestos, vivimos en extremos opuestos de un mismo universo, y aunque una relación entre nosotros no esté prohibida, aunque sea solo física, es inviable y pondría todos mis secretos bajo una mirada incisiva y bajo el escrutinio de un hombre que no esconde del mundo ni siquiera sus peores demonios.
Vuelvo a la silla junto a Alessia y le sujeto la mano, agradecida por las horas de distancia, por el día de hoy y por haberme permitido al menos una vez sentir todo lo que Ettore Santacroce puede ofrecer a una mujer.
Ettore Santacroce
Estoy de pie, mirando fijamente por la ventana, cuando Filippo termina la llamada. Lo observo guardar el móvil en el bolsillo despacio.
—¿Quieres decir que aceptaste darle el día libre y te desesperaste cuando no apareció? —provoca.
No respondo de inmediato.
—No fue desesperación. Solo tuve miedo de haber cruzado algún límite y de que eso la hubiera asustado —confieso, a mi pesar.
Él arquea las cejas.
—Pero cruzaste límites, muchos.
Entrecierro los ojos.
—¿De qué coño estás hablando?
Filippo se encoge de hombros y se le escapa una risa corta.
—¿Vas a hacerte el tonto, Ettore? La casa temblaba con los gritos y gemidos ayer en este despacho.
Cierro los ojos por un instante.
—¿Quién más lo oyó?
Él niega con la cabeza.
—Solo yo, creo. Tal vez el chófer.
—¿Edoardo? —pregunto, ya previendo las bromitas.
—Había salido a comprar unas cosas para el gallo —dice, soltando una risa—. Y, por suerte, ya no tenemos más empleados, ya que despediste a todos.
—Menos mal. Hablando de eso, tienes que contratar a más gente, Amélie no puede encargarse de todo.
—Vale. Tú no necesitas advertencias, pero sabes bien la mierda que hiciste, ¿no? ¡Joder, Ettore! ¿Una monja? Lo esperaría de Edoardo, quizá hasta yo haría una locura así, ¿pero tú? Y te consideras el más sensato de nosotros...
—Cállate. Os doy demasiada libertad y pasa esto, os olvidáis de quién soy.
Él aprieta los labios, conteniendo una risa que se le nota en la cara.
—Un Don y una monja —repite, solo para provocarme.
Pienso en decírselo, pero esa es la función de Filippo. Él es quien debería haber descubierto que Amélie no es una monja e informarme al respecto, por eso no digo nada.
Que lo descubra él solo, o cuando ella se sienta cómoda para decirlo.
—Y hablando de ella, aprovecha que sabemos que está allí e investiga —digo, pensando en la oportunidad.
Filippo alza una ceja.
—¿Cómo que investigue? ¿Crees que debo registrar sus cosas en la habitación? Tal vez tenga alguna...
—No. Quiero que descubras a quién acompaña en el hospital.
—Debe de ser una de las monjas...
—Probablemente sí, pero puede haber algo ahí. Mira si hay algún registro, algún historial y desde cuándo va allí todas las semanas —ordeno, intentando encontrar respuestas.
Él inclina la cabeza.
—¿Entonces quieres que investigue el hospital ahora?
—Quiero saber quién trabaja en mi casa —respondo, seco—. Todo es relevante, ¿no?
Filippo me mira con una media sonrisa.
—Lo sé, pero es que últimamente estás demasiado curioso. Pensé que después de todo lo que hicisteis ayer, todo ese interés se te pasaría.
Yo también lo pensé, pero no le doy el placer de la respuesta.
—Ve.
—Está bien. —Filippo camina hasta la puerta y entonces señala hacia mi mesa—. Velas monísimas...
Casi le tiro uno de los tarros de cristal a la cabeza, pero el desgraciado sale antes de que lo haga. La puerta se cierra y mi mirada vuelve a las velas, negras y rojas, mezcladas. Ayer el olor fue una parte importante de todo, envolviéndonos y apoderándose de toda la estancia.
Abro el cajón y cojo la caja de cerillas. Sin pensarlo mucho, enciendo dos velas, y siento cómo el aroma amaderado se extiende. Cierro los ojos un segundo e inspiro.
Joder... El olor es realmente bueno, ella tenía razón.
Pienso en lo preocupado que estuve por si había huido, pero, incluso ahora que sé que no es así, que solo está disfrutando de su día libre, algo en todo esto me incomoda: el simple hecho de que esté viviendo su propia vida fuera de mis muros me irrita de una forma que no debería.
No son sentimientos, no es implicación. Es posesión.