Ettore Santacroce La novicia rebelde #2
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La novicia rebelde #2

La cofia y el velo no salen con él, como si fueran demasiado resistentes y firmes, pero ella toca el velo con las puntas de los dedos, con intención de retirarlo. Le sujeto las manos en su sitio, impidiéndoselo.

—No te lo quites. Quiero follarte solo con ese velo.

Ya he comprado el billete al infierno, así que dejemos que la fantasía se haga realidad por completo.

Miro su cuerpo, completamente desnudo, y veo los pechos abundantes, llenos, los pezones sonrosados erguidos, implorando atención. Y entre ellos, colgando, un puto crucifijo que me recuerda la magnitud de mi pecado.

—Joder, eres la monja más buenorra del mundo...

Ella ríe por lo bajo, divirtiéndose con mi reacción.

—Y voy a follarte con tanta fuerza que el mismísimo diablo va a recibirme en el infierno.

Inclino la cabeza lo suficiente para meterme uno de sus pechos casi entero en la boca, mordiendo y arrancándole gritos y gemidos que pueden poner a cualquier hombre de rodillas. Después me centro en el pezón, chupando uno de los pechos más deliciosos que he tenido el placer de ver.

Me aparto solo un poco, lo suficiente para hundirme en ella de nuevo, y de nuevo. Siento la polla apretada mientras follo su coño empapado, deslizándome dentro de ella, oyendo el sonido de los cuerpos chocando, mis huevos masajeándole el clítoris con cada embestida.

Me enloquecen el calor de su piel bajo mis manos, el sonido de mi nombre susurrado y la forma en que los pechos saltan delante de mi rostro mientras le follo el coño cada vez más rápido.

Amélie quita las piernas de la mesa y las cruza tras mi espalda, atrayendo mi cuerpo más cerca, como si quisiera arrancarme todo lo que pueda. El contraste del velo oscuro contra la piel clara, la pureza del primero y la obscenidad de la segunda, es el conjunto perfecto para arruinarme.

Y cuando su cuerpo convulsiona a mi alrededor, el coño estrangulándome la polla, los espasmos haciendo que los ojos se le pongan en blanco, la boca formando una O perfecta, tengo la sensación de atravesar un límite que yo mismo tracé minutos antes.

No un límite romántico, sino el acuerdo de que esto jamás se repetiría.

Porque nunca voy a conseguir controlarme si ella da el menor indicio de que desea repetir la dosis. No ahora que conozco las curvas bajo el hábito, no ahora que sé lo receptiva que puede ser, no cuando mi mente hierve con ideas de todos los lugares, posiciones y maneras de follarme a esta mujer.

Su respiración entrecortada empieza a ralentizarse, y yo aprovecho para concederme el alivio.

La embisto unas cuantas veces más, tan rápido que el sonido de la penetración adquiere un ritmo solo nuestro, que resuena por las paredes del despacho.

Muerdo su pezón con ferocidad y me entierro más y más, hasta sentir mi leche salir en chorros abundantes, llenando a Amélie, marcando su coño como si fuera la octava maravilla del mundo.

Cuando vuelvo a respirar sin que todo el aire dependa de ella, Amélie sigue en el mismo sitio, pero ha dejado caer el cuerpo hacia atrás por el agotamiento y está tumbada sobre la mesa, el pecho subiendo y bajando rápido.

Salgo de ella y camino hasta el baño del despacho, y vuelvo junto a ella con algunos pañuelos.

La ayudo a limpiarse y también me limpio, como si eso pudiera quitar toda la suciedad de lo que acabo de hacer.

He matado, torturado y hecho cosas absurdas, pero nada de eso me parece tan pecaminoso como follarme a una monja sobre la mesa.

Recojo la camisa del suelo y me la ajusto en los hombros, empezando a cerrar los botones.

Guardo al responsable de mi insensatez dentro de los calzoncillos y cierro la cremallera del pantalón.

También la ayudo a vestirse, colocando el hábito de nuevo en su sitio, como si eso pudiera esconder el olor a lujuria impregnado en los dos. Cuando estamos vestidos, me paso la mano por el pelo, intentando recuperar cierta apariencia de control.

Ella se incorpora de la mesa y baja al suelo, pero se queda quieta, como si quisiera decirme algo importante.

—Sé que no vamos a repetir esto, pero aun así siento que necesito contar una cosa —dice.

La miro y noto que el tono ha cambiado.

—¿Qué?

—No quiero que se sienta culpable.

Se me escapa una risa corta.

—No me arrepiento, Amélie. Aunque sepa lo mal que está.

—No está mal.

—¿Cómo que no? —Señalo el hábito, en un gesto que dice lo obvio.

—Yo... yo no soy monja —suelta, con la voz convertida casi en un susurro.

La frase queda en el aire entre nosotros, y no reacciono de inmediato, porque tardo casi un minuto entero en asimilar lo que está diciendo.

—Perdón. ¿Qué has dicho? —pregunto, manteniendo un tono neutro.

—No lo soy, no de verdad.

Entrecierro los ojos.

—¿Eres una novicia? ¿Una novicia rebelde que aún no ha profesado los votos? —sugiero, intentando entender.

Ella niega con la cabeza.

—No, realmente no soy monja ni pretendo serlo.

Solo vivo en el monasterio, ya no tengo contacto con mi familia, pero la hermana de la Madre cuidó de mí en la infancia, y a petición suya, la Madre Rosalia me acogió hace algunos años, así que ayudo allí, trabajo para pagar los gastos de alojamiento y alimentación.

Pero, aunque creo en Dios y hago mis oraciones ocasionalmente, no soy una Suora.

—Desvía la mirada hacia los pies, como si la confesión fuera más pecaminosa que todo lo que hemos hecho.

—¿Nos mentiste? ¿Nos engañaste?

Aprieta los labios en una línea fina.

—Lo sé, lo siento. Lo hice porque tenía miedo.

—¿Miedo de qué? —pregunto, no con rabia, sino curioso.

—Nunca he conocido hombres que trabajen en lo que ustedes hacen, con el...

—¿Crimen? —deduzco.

Ella asiente.

—Mafia. Don, tengo casi veintitrés años y he conocido muy poco del mundo, y trabajar para un mafioso está muy lejos de todo lo que alguna vez pensé que llegaría a hacer.

Tuve miedo de lo que podrían hacerme aquí.

—Vuelve a mirarme—. No los conocía, no sabía qué tipo de hombres eran.

Pensé que… si me veían como monja, se contendrían más y yo correría menos riesgo.

Asimilo la información sin mostrar demasiado. Una pequeña parte de mí se irrita por la mentira, pero otra parte lo entiende perfectamente. La edad no me sorprende mucho, imaginaba que era joven, quizá no tanto. Joder, soy trece años mayor que la chica.

—Entonces estás diciendo que mentiste para protegerte —digo, ignorando la brutal diferencia de edad y lo que acabamos de hacer.

—Sí...

Cruzo los brazos.

—¿Pensaste que uno de mis hombres te forzaría? ¿Que yo haría algo así?

Ella vacila, y noto que su semblante se oscurece un poco, como si una sombra le cruzara los ojos ante la idea.

—No tenía forma de saberlo, eso nunca queda claro solo con mirar a una persona, puede venir de donde menos se espera.

Tiene razón.

Camino hasta la ventana solo para respirar, pero enseguida vuelvo junto a ella.

—Yo no soy ese tipo de hombre —digo, en un tono que mezcla irritación con el deseo de que lo entienda—. Yo no forzaría a una mujer, ni siquiera acepto que traten a las mujeres con violencia. Hago muchas cosas, pero eso no.

Amélie me observa con atención.

—Oí la conversación en la mesa, el modo en que reaccionaron con respecto al hombre que le dio una paliza a su esposa, incluso su hermano... Lo sé ahora —responde.

El silencio reina otra vez.

—Sí, Edoardo es un sádico, un hijo de puta violento, pero ni él ni nadie aquí te tocaría contra tu voluntad.

—Sí, lo entiendo ahora. Por eso quise contar la verdad... ¿Va a despedirme?

—Claro que no. Vas a seguir aquí mientras quieras y hagas tu trabajo —añado—. No por miedo ni por ninguna obligación, no porque yo lo ordene.

Ella respira hondo.

—Quiero seguir.

Me acerco a ella nuevamente, pero esta vez sin tocarla.

—Y sobre lo que ha pasado aquí… —empiezo.

—Fue elección mía —me corta—, tanto como suya.

Sostengo su mirada durante demasiado tiempo.

—Entonces eso está claro.

—Lo está.

Frente a mí, veo a una monja, con las vestiduras completas, pero ahora sé la verdad.

Y, por primera vez desde que asumí el lugar de mi padre, hice algo que no fue estratégico, calculado ni necesario.

Al igual que Amélie, lo hice porque quise.

Amélie

Mi primera noche durmiendo oficialmente en la mansión estuvo marcada por emociones fuertes, no solo por lo que ocurrió entre el Don y yo, sino por las revelaciones que le hice después y por las sensaciones ardientes que permanecieron en mi piel y en mis pensamientos durante toda la madrugada.

Pero hoy es mi día libre, lo que significa que es el peor día de la semana, el día de la hemodiálisis, y ya ha empezado mal.

Me desperté tras una pesadilla horrible.

De vez en cuando regresan para atormentarme: mi padre, David, Julie, nombres del pasado que preferiría que no existieran.

En el sueño, estaba en mi habitación, estudiando un poco de italiano con Rosimeire, cuando mi padre irrumpió en la habitación y empezó a gritarme, porque, al parecer, yo había salido a tomar un café con un mafioso y aquello mancharía su reputación.

Me desperté justo después de la primera bofetada, con el corazón encogido y dando gracias a Dios por no haber vivido el terror del sueño hasta el final.

Intentando apartar las imágenes de la pesadilla, salto de la cama y observo mejor el entorno. Es una habitación bonita, considerando que no soy más que una empleada.

Tiene una gran cama de matrimonio en el centro, cortinas bonitas y un armario para guardar mis cosas.

Un televisor en la pared me trae alivio, porque sé bien cómo voy a entretener a Alessia y mantenerla bien escondida y segura en la habitación.

El baño contiguo también viene de perlas.

Básicamente, tiene todo lo que necesito.

Con esa certeza, bajo las escaleras de la mansión sin hacer ruido y salgo al exterior, donde encuentro al chófer cerca de la puerta. Le explico que es mi día libre y, sin hacer preguntas, el hombre me lleva hasta el monasterio.