Ettore Santacroce La novicia rebelde
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La novicia rebelde

Ettore Santacroce

Ella aparta un poco el rostro, poniendo fin al beso y dejándome loco de ganas de más. Aun así, no sale corriendo. Al contrario, permanece sentada en mi regazo.

Su respiración es irregular, igual que la mía.

Yo también me aparto un poco, solo lo suficiente para verla bien.

El velo se mantiene firme en su sitio, como si estuviera ahí para recordarme la barrera que acabo de cruzar y lo mal que está eso, pero incluso con él sujeto, algunos mechones de pelo rubio se escapan de la cofia y, por primera vez, consigo vislumbrar cómo debe de ser debajo de toda esa ropa.

Su labio inferior está ligeramente hinchado, marcado por mis dientes, pero lo que quiero es morder a esta mujer entera.

Debería arrepentirme, pero no hay en mí ni la sombra del remordimiento.

Sin embargo, aunque esto esté tan bien y yo tenga muchas ganas de continuar e ir hasta el final, necesito dejar las condiciones de todo esto bien definidas.

—Amélie, esto no puede convertirse en algo recurrente —digo, con la voz aún baja, controlada a la fuerza.

Ella traga saliva, pero no baja de mi regazo. Sus manos siguen apoyadas en mi pecho, como si quisieran sentir latir mi corazón.

—Lo sé —responde.

Los ojos azules sostienen los míos y veo que no hay ingenuidad en ellos. Y, a pesar de la ropa, no siento que esté delante de una monja, sino de una mujer decidida.

—Yo quiero. ¿Tú...?

—Yo también quiero —me interrumpe, casi haciéndome sonreír con el tono apresurado.

Es como si me cortara por miedo a que yo no siga adelante, y darme cuenta de lo excitada que está me vuelve aún más loco.

—Entonces estamos en sintonía. Pero no podemos...

—Repetirlo —completa, respirando hondo.

Le aprieto la cintura con menos fuerza ahora, pero no la suelto.

—Eso. Porque no conlleva sentimientos —digo, directo—. Ni promesas. Yo no soy ese tipo de hombre, esto no es nada más que lo que es.

Contra lo que espero, no veo vacilación en sus ojos.

—Lo sé.

—¿Estás segura?

—Absoluta. Disculpe mi franqueza, Don, pero usted no es el tipo de hombre con el que me gustaría vivir un romance —dice, con un esbozo de sonrisa en la comisura de la boca.

—Touché —respondo, en francés, y noto que la palabra le resulta familiar por la forma en que ahora sonríe abiertamente.

Claro que no querría vivir un romance, y menos conmigo. ¿Qué esperaría yo de una monja?

Observo su rostro buscando cualquier señal de duda, miedo o arrepentimiento, pero no encuentro nada más que convicción y hambre.

—No estoy pidiendo nada, no espero nada, solo quiero que esto no interfiera en mi trabajo y que no se repita —dice, como si fuera ella quien diera las órdenes, y no al contrario.

Nos miramos en silencio, el aire impregnado del olor de la vela que ha encendido, amaderado, intenso, sofisticado, como lo describió. Afrodisíaco en este caso.

Dejo que mis dedos recorran la línea de su mandíbula, despacio.

—Cazzo... Eres una monja —murmuro, casi como una maldición—. Esto está mal en todos los sentidos posibles.

Ella asiente con un gesto.

—Pero soy una mujer, y aun así lo deseo —dice.

Simple. Crudo.

Cierro los ojos un segundo.

—Joder…

Me maldigo internamente.

Yo, que controlo territorios, hombres armados, alianzas y guerras, que torturo enemigos, estoy aquí debatiendo sobre moral con una mujer que debería representar santidad, y aun así, cuando abro los ojos, lo único que veo es deseo reflejado en los suyos.

—Entonces voy a darte lo que quieres.

En un movimiento ágil, me levanto alzándola en mis brazos y la coloco sobre la mesa del despacho.

Con una mano, aparto los papeles, que se deslizan al suelo, igual que los bolígrafos y las carpetas, dejando espacio para recibir su cuerpo.

La silla golpea la pared con un estruendo y Amélie abre un poco los ojos, sorprendida, pero no retrocede.

No hay delicadeza, hay urgencia.

Sus labios se entreabren, como si fuera a decirme algo, pero se calla cuando me coloco entre sus piernas, separándolas hacia los lados.

Alcanzo el bajo del hábito y le levanto la falda, como he fantaseado tantas veces.

Apoyo las dos manos en sus muslos, sin dejar de mirar el rostro ávido que está a centímetros del mío, los ojos sedientos devorando cada uno de mis movimientos.

—Si quieres que pare, solo tienes que decirlo.

Subo las manos por sus muslos torneados, deleitándome con la visión, y continúo hasta alcanzar las bragas que lleva puestas, amontonando la falda alrededor de su cadera. No es una prenda pensada para provocar, solo una simple prenda de lencería negra, pero en su cuerpo adquiere otra dimensión.

Mi mirada recorre las piernas expuestas y la pequeña prenda que cubre su sexo, y me pongo aún más duro que antes. Apartando la lencería hacia un lado, por fin toco el coño y dejo que mis dedos se deslicen por la humedad.

—Estás tan mojada...

Ella gime, echando el rostro hacia atrás, entregada a mi toque.

Me agacho hasta quedar a su altura, y la boca se me hace agua al ver la línea de vello recortado, el clítoris hinchado llamándome y su interior rosado.

Le levanto las piernas para que las apoye en la mesa, a ambos lados del cuerpo, dejándolo todo expuesto ante mi rostro, abriéndose para mí, chorreando deseo.

Toco su entrada, provocándola, pero antes de penetrarla con el índice, alzo el rostro para mirar sus mejillas sonrojadas y los ojos nublados por el deseo.

—Amélie... Ya has hecho esto antes, ¿verdad?

Ella asiente con énfasis, como si la simple duda bastara para paralizarme. Qué puta monja más viciosa...

Un gruñido ronco resuena en la estancia, sale de mi garganta y suena casi animalesco. Hundo el índice dentro de ella, que se restriega contra mi dedo sobre la mesa. Primero empapo todo el dedo, para después sacarlo y llevármelo a la boca, sintiendo su delicioso sabor.

—Don... —gime. El rostro ruborizado delata la timidez, pero le gusta lo que ve.

—Ettore. Llámame Ettore ahora.

—Ettore —repite, mordiéndose el labio aún hinchado.

Incapaz de controlarme más, engancho los dedos en sus bragas y se las deslizo por las piernas, hasta tirarlas al suelo, delante de mis pies.

—No ha sido suficiente, necesito chuparte y saborearte en la punta de la lengua —digo, consciente del efecto que causan las palabras.

Amélie apoya las manos en la mesa, detrás de sí, y separa las piernas aún más, como si me suplicara que hiciera lo que estoy diciendo. Me inclino, sintiendo un deseo que hace que mi polla palpite dentro del pantalón, ansiosa por experimentar también la libertad.

Primero le beso los muslos, dejando un rastro de calor en su piel, provocando, creando expectativa.

Cuando estoy lo bastante cerca, hundo la boca en su carne, chupando de una sola vez, con ganas, atrapando el clítoris entre mis labios y arrancándole un grito delicioso, que va a resonar por toda la casa.

Entonces mi lengua prueba su coño lentamente, como si fuera una tortura, pero muy diferente del tipo de tortura al que estoy habituado. El sonido de su gemido me enloquece y envía una vibración por todo mi cuerpo, que se concentra en mi erección.

Succiono, pruebo y beso, embriagándome con la humedad que se mezcla con mi saliva. Incapaz de controlarme, me toco la polla aún dentro del pantalón, como si eso pudiera proporcionarme algún alivio, pero sigo succionando cada gota de Amélie, que se restriega en mi boca sin ningún pudor.

—Esto es... Ettore...

—¿Qué? —pregunto, con la voz amortiguada por su carne, que aún se mueve contra mi rostro.

—¿Cómo puede ser tan bueno?

—No has visto nada todavía.

Me agarra el pelo, intentando atraerme más cerca, como si pudiéramos fundirnos. Y podemos.

—Por favor, estoy tan cerca...

El aviso hace que me detenga al instante. Es mandona y audaz, pero no acepto órdenes de nadie, mucho menos en un momento como este.

Me aparto de ella y me levanto, notando la frustración evidente en la forma en que me mira.

—¿Por qué...?

—No vas a correrte así. Quiero verte temblar cuando mi polla se entierre en ti.

Jadea, como si mis palabras la asustaran, pero se le va la mirada hacia la bragueta de mi pantalón, y me observa mientras abro el botón y bajo la cremallera.

—La camisa... —Señala, con el dedo en alto.

—¿Qué pasa con ella? —Sonrío al entender lo que está pidiendo—. ¿Quieres que me la quite?

Amélie asiente, pasándose la maldita lengua por los labios deliciosos.

Primero mi chaqueta corre la misma suerte que sus bragas, y después abro los botones de la camisa uno a uno, deshaciéndome también de la prenda. Vuelvo al pantalón y lo bajo solo lo suficiente para agarrarme la polla dentro de los calzoncillos y sacarla fuera.

—Vaya... —La forma en que la mira me hace sentir como si fuera más que un Don, como si fuera un rey.

—¿Te gusta?

Amélie asiente.

—Todo. Eres hermoso...

—No sé si es un adjetivo que se use para describir a un monstruo, Amélie.

—Sí lo es. Eres hermoso, estás buenísimo y no eres un monstruo.

Sonrío, porque parece no tener ni idea de lo que está diciendo.

Me acerco lo suficiente para tocar su entrada con la punta de mi polla, rozando, probando límites, pero no existen.

—Ettore... Ahora...

No hace falta que me lo pida dos veces. En una embestida brusca y violenta, me hundo entero dentro de su coño, que me recibe caliente, estrecho, casi aplastándome por completo.

Ella grita otra vez, una mezcla de deseo y de dolor, porque la polla golpea hasta el fondo, ocupándolo todo, llenando todo el espacio, como si la desgarrara.

—No tengo la culpa de que estés tan estrecha —gruño, controlándome para no correrme ahora mismo.

—Ni de tenerla tan grande.

—No, tampoco de eso, pero agradezco el cumplido.

Aún enterrado dentro de ella, toco las telas amontonadas alrededor de su cuerpo pequeño.

—¿Puedo quitarlo todo?

Ella asiente con un gesto.

Amélie se lleva la mano a la cremallera del hábito, en la espalda, y la baja hasta el final. Después alza los brazos para que yo lo retire y me deshago de la maldita túnica, arrancándosela por la cabeza.