Ettore Santacroce El hombre es un sueño
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El hombre es un sueño

Amélie

Estoy en su habitación.

No sé exactamente cómo ni cuándo he llegado aquí, pero la sensación que tengo es que esto, estar aquí en su espacio, es natural.

Tengo el plumero en la mano, el mismo con el que lo golpeé la otra vez, y limpio una mesa que ya está reluciente.

Después hago la cama, arreglo las sábanas y la cubro con la colcha elegante.

La suite del Don es más grande que cualquier habitación del monasterio.

Una brisa suave entra por las ventanas altas, atraviesa las cortinas pesadas y hace que suba el olor que es suyo.

El perfume amaderado, fuerte, intenso y totalmente masculino.

No debería acercarme la almohada al rostro e inhalar, pero no puedo resistirme.

Oigo cómo se apaga la ducha en el baño y el sonido, o la ausencia de él, resuena dentro de mi pecho, haciendo que el corazón se me dispare.

Debería salir ahora.

No salgo.

La puerta del baño se abre y Ettore sale, sin nada más que una toalla blanca enrollada precariamente en la cintura. El pelo aún mojado, las gotas de agua resbalándole por el pecho musculoso. Siento que el aire se vuelve más denso, y él se queda paralizado al verme.

Por un segundo, ninguno de los dos dice nada.

Solo nos miramos fijamente. Su mirada recorre mi cuerpo despacio, desde el velo hasta los pies, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo.

Como si fuera un depredador, a punto de devorar a la presa, pero calculando cada movimiento para que ella no escape.

—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta, con la voz baja y ronca.

No me pongo nerviosa, no desvío la mirada y no pido disculpas.

—Vine a limpiar —respondo, firme.

Él esboza una media sonrisa, una sonrisa que no es amable, es irónica.

Ettore cruza la habitación en pocos pasos, y la distancia entre nosotros desaparece antes de que yo consiga pensar. Su mano se cierra en torno a mi brazo, no con violencia, sino con un contacto posesivo.

—Entonces no deberías mirarme así.

—¿Así cómo? —pregunto, sintiendo que la otra mano sube hasta mi nuca, atrapando el velo entre los dedos.

—Como si quisieras que te tirara sobre esa cama —murmura.

Debería apartarme, pero no puedo. Porque tiene razón, me encantaría que me tirara sobre esa cama.

—Y eso quiero —respondo, reuniendo valor.

Me atrae contra su cuerpo y siento el calor de la piel desnuda contra la tela pesada de mi hábito. La diferencia entre nosotros es absurda. Él es fuerza, peso, dominio. Yo estoy hecha de muchas capas de tela, respiración acelerada y un latido descontrolado en el pecho.

Y, sin previo aviso, me besa.

No es un beso suave, es ansioso, desesperado y lleno de deseo brutal.

Es un beso que invade.

Su boca toma la mía como si fuera territorio conquistado.

Siento el sabor a whisky y a algo más, algo suyo, algo peligrosamente masculino.

La mano abandona mi cuello y me sujeta el rostro con firmeza, mientras la otra se desliza por mi cintura, atrayéndome más contra él.

Siento mi cuerpo reaccionar al notar el bulto bajo la toalla, duro, erecto.

Mis manos, que deberían empujarlo, se agarran a sus hombros y lo atraen más hacia mí. Mis uñas arañan la piel caliente y Ettore profundiza el beso.

Está mal.

Es blasfemo.

Es demasiado real.

La habitación gira despacio, la luz que entra por la ventana parece más fuerte, el beso más demencial. Me sujeta la barbilla y me obliga a mirarlo, y, sin pensarlo dos veces, tiro de la toalla que aún lo cubre.

—Amélie… —dice, arqueando las cejas como si me reprendiera por la actitud llena de lujuria.

—Don, ¿cuándo va a tirarme sobre la cama?

Él sonríe.

—Ahora mismo. Voy a enterrarme en ti, monjita.

Me despierto y me siento en la cama de un salto.

Me llevo la mano al pecho, sintiendo el corazón disparado y la respiración atrapada en la garganta. Por un segundo, no reconozco la habitación donde estoy.

Mi mirada sube hacia el techo sencillo de la pequeña habitación del monasterio, siento el colchón fino bajo mi cuerpo, y mis sentidos se ven invadidos por el olor a cera y hierbas.

Y a mi lado veo a Alessia, durmiendo como un ángel. El cuerpo pequeño envuelto en la manta, la respiración tranquila, el pelo rubio esparcido por la almohada, tan inocente, mientras yo dormía a su lado fantaseando con un hombre como aquel.

Me llevo la mano a la boca, sintiéndome culpable por el sueño e intentando ahogarlo dentro de mí. No puedo siquiera recordarlo, porque, si no, ¿cómo voy a mirar a mi jefe después de haberlo visto completamente desnudo? Es decir, no literalmente, pero mi imaginación sabe ser fértil.

Dios mío.

Cierro los ojos con fuerza, repitiéndome a mí misma que fue solo un sueño. Pero fue demasiado vívido. El tacto, el sabor, la presión de sus manos en mi piel, todo parecía muy real, y mi cuerpo aún está caliente, como si hubiera vivido de verdad todo aquello.

Me giro de lado, mirando a mi hija, y una ola de vergüenza me atraviesa como una cuchilla. No debería pensar en esas cosas, especialmente con él.

Me levanto de la cama despacio para no despertarla y mis pies tocan el suelo frío, el contacto con la realidad ayudándome a recuperar la razón. Me paso la mano por el rostro, intentando expulsar la escena de mi cabeza, y me acerco a Alessia, acariciándole el pelo con cariño.

—Mi amor… —susurro.

Ella se mueve, refunfuñando, y después abre los ojos despacio.

—Mamá… ¿ya hay sol?

—Sí. —Fuerzo una sonrisa—. Mamá va a trabajar, y voy a necesitar dormir fuera hoy.

Ella frunce el ceño de inmediato.

—No quielo.

La respuesta es inmediata.

—Sé que no, pero mamá necesita esto para ganar dinero, para pagar a los médicos y para que tú te pongas buena pronto —explico—. La hermana Solaine se va a quedar contigo esta noche, ¿vale? Pero es solo hoy.

Ella niega con la cabeza y veo que los ojos azules se le llenan de lágrimas.

—Pero yo te quielo a ti.

El corazón se me encoge, pero no puedo flaquear.

—Lo sé, princesita. Pero mamá necesita trabajar, es importante. —Sujeto sus manos entre las mías—. Me van a dar una habitación, así que iré hoy y lo arreglaré todo, lo prometo. Y la próxima noche vendrás conmigo, ¿de acuerdo?

Alessia me mira desconfiada.

—¿Voy? ¿Y hay tarta allí?

Sonrío, a pesar de todo.

—Vas. Y prometo que haré una tarta deliciosa.

Alessia considera mi respuesta por un segundo.

—¿Y mamá vuelve mañana?

La pregunta es simple, pero siento que su temor no lo es. Le beso la frente.

—Siempre vuelvo, ¿verdad? Mamá nunca va a dejarte.

Entro por la puerta lateral de la mansión, con el hábito oscuro contrastando con el mármol claro del suelo. Traigo conmigo las velas que hice anoche, tal vez sean las culpables del sueño indecente. Son rojas y negras, con aroma a madera negra, un olor delicioso que combina… bueno, combina con él.

Me pregunto por qué hice las velas cuando obviamente no le gustaron las anteriores, pero no tengo respuesta.

Subo las escaleras y voy directamente a su habitación. Voy a dejar la caja allí, pero esta vez sin encenderlas, y después le explico al Don lo del aroma.

Llamo suavemente a la puerta y, como no hay respuesta, deduzco que no está.

Por eso entro.

Me quedo paralizada al ver que está de pie, en medio de la habitación, de espaldas a mí, quitándose la camisa. El recuerdo del sueño vuelve con fuerza e instintivamente miro hacia la cama grande. Vuelvo a mirar su espalda, ahora desnuda. Es imposible no mirar.

Con curiosidad, reparo en un tatuaje que le cubre casi toda la espalda.

Es el mismo que tienen los demás, con una cruz enorme en el centro, ocupando casi todo el espacio, cortada en horizontal por el nombre de la familia, Santacroce.

Resulta irónico, una familia de mafiosos que proclama la Santa Cruz.

También tiene otros símbolos tatuados en los brazos y en las manos, pero no reconozco nada, porque estoy demasiado ocupada analizando los hombros anchos y lo perfecto que es.

Me quedo quieta, sujetando la caja con las velas, consciente de que debería girarme y salir, pero sintiéndolo todo con demasiada intensidad para conseguirlo.

Me muero de ganas de tocar los dibujos, y cuando recuerdo su beso en el sueño, lo que deseo es hacerlo todo real.

¿Cuánto tiempo hace que un hombre no me toca?

Desde antes de tener a Alessia, y ahora mi cuerpo parece suplicarlo.

Más concretamente, parece suplicarle a este hombre.

Termina de ajustarse la camisa y entonces gira la cabeza, como si de repente notara mi presencia, pillándome in fraganti.

Sus ojos se fijan en los míos y trago saliva.

Lo observo abrocharse los botones de la camisa, con parte del pecho aún expuesta y, en un gesto involuntario, me muerdo el labio, como si eso bastara para ayudarme a mantener lo que me queda de control.

—Joder… si sigues mirándome así, va a ser difícil recordar que eres una monja —dice más para sí mismo, pero aun así lo escucho.

El rostro me arde de vergüenza.

—Yo… disculpe —tartamudeo—. No debería estar aquí.

No doy explicaciones y no miento, no niego la verdad porque sería inútil, él sabe reconocer el hecho de que lo estaba mirando con deseo.

—¿Estás segura? —pregunta, dando algunos pasos hacia mí—. Puedes quedarte si quieres…

Percibo su olor, la frescura de su piel. Probablemente acaba de salir de la ducha, tal vez mi sueño haya sido premonitorio. Alzo el rostro para mirarlo y me arrepiento de inmediato, porque Ettore me mira fijamente como si intentara atravesar mi piel y leer quién soy bajo la ropa.

—Disculpe —repito la disculpa, dando un paso atrás—. No sabía que usted estaba aquí.

Da otro paso hacia mí, y el espacio entre nosotros disminuye. No, no puedo hacer esto, aunque cada partícula de mi cuerpo lo suplique, por eso desvío la mirada.

—Voy a… voy a bajar. Voy a preparar el desayuno.

Me giro demasiado rápido, tropiezo con la falda del hábito y oigo el sonido bajo de su risa detrás de mí. No miro hacia atrás, salgo de la habitación con el corazón disparado, la imagen de sus tatuajes grabada en mi mente y el eco del sueño aún quemándome la piel.