Ettore Santacroce El hombre es un sueño #2
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El hombre es un sueño #2

Y solo puedo pensar que ceder al deseo, con un hombre como Ettore Santacroce, es peligroso, mucho más que cualquier arma que lleve encima.

Ettore Santacroce

Debería tener la mente ocupada en lo importante.

Como la lista de los empleados que trabajaron la noche de la emboscada, los nombres de los capos que podrían desear la muerte de Orazio o cualquier otra mierda, pero ha pasado toda la tarde y lo único en lo que consigo pensar es en la maldita monja mirándome como si quisiera terminar de desnudarme.

Ni siquiera sé cuántos años tiene, pero parece demasiado joven, además de ser demasiado insolente, cruzando todos los espacios de mi casa como si no supiera dónde pisa. O tal vez sí lo sepa.

Apoyo los codos en la mesa del despacho y me quedo mirando fijamente la pared blanca frente a mí.

Mierda. No estoy acostumbrado a dejarme llevar más por la cabeza de abajo que por la de arriba, pero hoy, en la habitación, si ella se hubiera quedado unos segundos más, habría besado esa boca llena de audacia.

Tal vez habría sido bueno, no estaría irritado y frustrado ahora, loco por otra ducha fría que seguramente terminaría en otra paja.

Amélie no actúa como las otras mujeres, no tiene suficiente miedo ni ambición aparente. No me mira como quien espera algo de mí, como dinero o estatus, sino que me mira como si estuviera al borde de un precipicio, ansiosa por lanzarse.

No soy idiota, siento sus ojos sobre mí y reconozco en ellos el mismo deseo que sé que arde en los míos.

En la mesa del comedor, cuando pasa con una bandeja, en el pasillo, cuando finge organizar un jarrón, siempre en los momentos en los que piensa que no la estoy mirando.

Cada vez que alzo la mirada, encuentro la suya, los ojos demasiado azules, analizándome con curiosidad.

Giro la silla despacio, intentando apartar de mi cabeza la escena de la habitación. No apartó la mirada lo bastante rápido esta vez, se demoró, como si no quisiera huir. Como si por un instante hubiera olvidado sus propios votos.

Después pidió disculpas, pero eso no borra el rastro de deseo que pude ver en sus ojos. Cierro los míos un segundo y me reprendo. Al fin y al cabo, un hombre como yo no pide permiso ni perdón, no se arrepiente de los pecados que comete.

Pero, joder, ¡no puedo corromper a una monja!

La puerta del despacho se abre sin ceremonia y alzo la vista, consciente de a quién voy a encontrar, solo dos hombres actúan así, con tanta libertad.

Filippo entra y frunce el ceño al mirarme.

—Llevas con esa cara desde temprano —comenta, cerrando la puerta detrás de sí.

—¿Qué cara?

—La de quien está pensando en algo que no debería.

Entrecierro los ojos.

—¿Qué has descubierto sobre ella?

Suspira, se pasa la mano por la barbilla.

—Entonces sí estás pensando en lo que no deberías —constata, y solo entonces me doy cuenta de que mi pregunta me ha delatado—. ¿Sobre Amélie?

—Sabes muy bien de qué estoy hablando.

Filippo esboza una media sonrisa.

—Nada. Necesito más tiempo.

Parpadeo, sorprendido por la respuesta.

—¿Me estás diciendo que no has descubierto nada?

—Exactamente. Busqué el nombre que nos dio en el contrato, Amélie Dubois, pero es como si no existiera antes del monasterio.

El silencio que se instala no es común.

¿Nada?

—Eso no es posible —comento, bajo—. El apellido es francés, ¿buscaste en las fuentes correctas?

—Sí, pero no hay ningún registro que coincida con lo que sabemos, no consta ninguna entrada oficial en el país a su nombre, ninguna familia registrada aquí en Italia. Antes del monasterio… es como si simplemente no existiera.

Me recuesto en la silla despacio.

—Eso es muy extraño.

Sospechoso.

—Yo también lo creo. —Cruza los brazos—. Pero hasta ahora, nada. Ni documentos antiguos ni rastro digital relevante. Lo único que existe es la información de que entró en el monasterio hace unos tres años y medio.

Eso me hace desconfiar, y si fuera cualquier otra persona, probablemente la estaría echando de mi casa ahora mismo, pero, tratándose de ella, solo me deja más intrigado.

—Sigue buscando.

—Cuenta con ello.

Filippo me observa durante un largo instante.

—Esta no es la investigación habitual de empleados, quiero decir, siempre me pides que investigue, pero esta vez estás demasiado interesado.

Levanto los ojos lentamente.

—No digas tonterías.

Filippo alza las manos en un gesto que simula rendición.

—No estoy juzgando, solo lo constato. —Suelta una risa—. Estás obsesionado, solo te falta comerte a la chica con los ojos todo el tiempo. Pero no olvides que ella ya tiene a alguien.

—¿Qué? ¿A quién tiene?

Me inclino hacia delante, listo para despedazar a quien sea.

—A Jesús. No se puede competir, Ettore.

Levanto el dedo corazón para mandarlo a la mierda, pero antes de que diga nada, la puerta se abre de nuevo y Edoardo entra, con una sonrisa enorme. Trae un gallo bajo el brazo y miro la escena durante dos segundos enteros.

—¿Qué cojones es eso?

—¡Eh! Eso no, respeta —dice, como si lo hubiera ofendido—. Sabes muy bien quién es, nuestro Imbattuto.

El gallo tiene plumas negras, musculatura tensa y una mirada agresiva. El animal no parece mínimamente intimidado por estar delante de un Don. Igual que Amélie.

Claro que conozco al Imbattuto, es nuestro gallo más feroz, invencible en las riñas, pero, de un tiempo a esta parte, Edoardo está tratando al animal como si fuera una mascota.

—¿Por qué lo has traído dentro de casa? —pregunto, incrédulo.

—Sabes que no es un gallo cualquiera —defiende—. Es nuestro gran campeón, y ayer luchó valientemente. ¡Derrotó a todos los enemigos y salió entero!

Le acaricia la cabeza al animal con una extraña delicadeza que no pega nada con El Diablo.

—¿Enhorabuena?

—Gracias. Ahora merece unos días de descanso.

Me froto el rostro con la mano.

—¿En mi casa?

—Esta casa también es mía, así que es de mi gallo por extensión, es casi de la famiglia, Ettore —dice, como si el desalmado aquí fuera yo—. Pero relájate, no voy a dejar al Ttuto andando por la mansión, se quedará en el patio, en la parte de atrás.

Ttuto. Ahora el gallo tiene apodo.

—Edoardo, esto no es una granja.

—Deja de ser pesado, solo va a disfrutar un poco del aire puro. —Mi hermano mira al animal con una sonrisa cariñosa—. ¿Verdad, campeón?

Filippo suelta una risa.

—Te estás poniendo sentimental —dice, provocando.

—Cállate —replica Edoardo—. Es un guerrero, y nos hizo ganar mucho dinero, merece más respeto.

Niego con la cabeza.