Ettore Santacroce Fuego y vainilla #2
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Fuego y vainilla #2

Amélie no reacciona, solo baja la mirada y sirve un poco más en su plato. Edoardo se lleva la copa de vino a los labios y me mira por encima del cristal.

—Si está intentando envenenarnos, al menos vamos a morir con la barriga llena.

Siento que la comisura de mi boca amenaza con subir, pero ahogo el impulso antes de que se convierta en sonrisa. Una fracción de alegría puede ser demasiada concesión dentro de casa.

El asunto que importa surge rápido, como siempre. Podemos comer trufa en porcelana, pero la sangre sigue siendo nuestra moneda.

Filippo apoya el codo en la mesa, bajando la voz sin necesidad. Los demás ya saben cuándo la conversación cambia de sabor.

—Esta noche va a ser bonita —dice—. El recinto va a estar abarrotado. Viene gente de fuera, gente que nunca pisaría aquí si no fuera para apostar y sentirse intocable.

La pelea de gallos es solo uno de tantos negocios ilegales que mantenemos.

Un espectáculo neandertal, sucio, pero que da mucho dinero rápido y fácil a la mafia.

Es un evento cerrado, reservado solo para gente con poder y el bolsillo lleno, casi como una sociedad secreta, donde la entrada cuesta más de lo que muchos ganan en un año.

—Hay una lista de apuestas altas, tres mesas con límite abierto. La casa se queda con el porcentaje y además vende el privilegio de acercarse al ring. Vamos a ganar una buena pasta limpia.

Edoardo hace un gesto mínimo con el dedo, corrigiendo.

—No tan limpia. Todavía tenemos que regar algunos jardines.

Lo miro. Los jardines a los que se refiere son la policía, el fiscal, el funcionario público que finge no ver. Es el precio del silencio y de la impunidad.

—Pues regadlos. Pero no dejéis que las flores crezcan demasiado —digo—. ¿Y tu padre y la tía Malva? —pregunto, cambiando el foco, porque también necesito recordar que existe vida fuera de cuentas y rings.

Filippo se limpia la boca con la servilleta, teatral.

—Están bien. Mamma manda recuerdos y no deja de preguntar cuándo vas a dejarte ver. Papà sigue con su terquedad de siempre, jurando que todavía tiene veinte años e insistiendo en arreglarlo todo él solo.

Filippo continúa, y su tono cambia a algo más serio.

—Pero Papà recibió una visita.

La palabra visita, en nuestro caso, nunca es solo visita.

Alzo la mirada.

—¿Quién?

—Salvatore, Don de la Camorra, con dos hombres. Entraron como si estuvieran en su casa.

El tenedor se detiene en mi mano. Siento mi mandíbula endurecerse antes de darme cuenta.

—¿Qué diablos quería? —pregunto, aunque ya sé la respuesta antes de que él termine.

Se me encoge el estómago con un odio casi físico.

—El asunto de siempre.

—Matrimonio —escupo la palabra como si fuera veneno.

Edoardo suelta un suspiro corto, como quien ya ha visto repetirse la misma historia. Filippo se encoge de hombros.

—Mi padre todavía insiste en la idea de casarte. Dijo que sería un vínculo, un acuerdo. Una alianza fuerte para la famiglia.

Mi tenedor golpea el plato, un sonido seco que hace que uno de los hombres de al lado trague mal y se atragante.

—¡Alianza los cojones! Tu padre cree que soy moneda de cambio.

Filippo se inclina un poco más.

—Papà dijo que no hay nada decidido, pero que prefiere no cerrar esa puerta.

Amélie, al otro lado, deja una fuente en la mesa. Su movimiento se interrumpe durante medio segundo, de forma casi imperceptible. Como si la palabra casarte hubiera atravesado la tela del hábito y tocado la piel, generando más curiosidad de la que debería.

Siento subir la rabia con una claridad terrible, de ese tipo que hace que todo dentro de la cabeza se vuelva frío y metódico.

—No la cierra porque le gusta escuchar a gente que piensa en cómo domarme.

Edoardo me mira con calma calculada.

—El tío Giuseppe no tiene mala intención —lo defiende—. El matrimonio, para ellos, es un contrato. Pero para ti es prisión.

—Es un collar —corrijo.

Amélie vuelve para servir el plato principal. Carne asada, verduras, una salsa oscura que huele a vino y romero. Coloca una porción en el plato de Filippo.

Filippo no pierde la oportunidad.

—Amélie, esto está divino. ¿En el monasterio apostabais por quién hacía el mejor asado?

Amélie respira antes de responder. Y solo responde porque él habla directamente con ella.

—Yo hacía la mayor parte, pero nosotras… repartíamos tareas, señor.

Edoardo sonríe.

—¿Y qué os jugabais cuando apostabais? ¿Quién iba a rezar el rosario? ¿A multiplicar el pan?

Ella baja los ojos y continúa sirviendo. No responde porque sabe que es más bien una pregunta retórica. Y veo, en su silencio, una estrategia. O miedo. O las dos cosas.

La comida continúa con la mezcla que siempre existe en nuestras mesas. Buena comida, amenaza velada y una familia fingiendo normalidad.

Amélie acaba de colocar en la mesa una fuente con el postre, tiramisú. No lo como desde que mi madre estaba viva. El aroma del café viene con él, suave, casi como si fuera un postre demasiado inocente para esta casa.

Y es en medio del postre cuando Filippo suelta la noticia, como quien tira un hueso al suelo solo para ver quién va a morder.

—A propósito, ¿os habéis enterado de lo que ha pasado con Nino?

Mi mirada cae sobre él, automática.

—¿Qué Nino? ¿Nino Bellucci? —pregunto, refiriéndome a uno de mis capos.

—El mismo —responde—. Le dio una paliza a su mujer.

La cuchara de Edoardo se detiene en el aire.