Ettore Santacroce Fuego y vainilla
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Fuego y vainilla

Ettore Santacroce

En la mansión, antes incluso de que entremos por el arco que separa el pasillo del comedor, mi olfato registra el perfume de ajo dorado, mantequilla tostándose en su punto justo y algo cítrico que contrasta con la grasa en el aire.

No es el tipo de comida hecha deprisa, como solemos hacer entre una reunión y otra. Huele a banquete.

Cuando entramos en la estancia, veo la mesa larga, que hoy parece más grande de lo normal, como si hubiera crecido solo para exhibir el exceso.

Platos de porcelana alineados, cubiertos relucientes, copas ya colocadas.

Fuentes humeantes en el centro, cacerolas de cobre aún con el brillo del fuego, panes en cestos cubiertos con paños blancos, una ensalada verde con semillas y ralladura de limón que parecen nieve.

Filippo se detiene a medio camino, con la chaqueta aún abierta, y suelta un silbido bajo.

—Madonna[21]… ¿esto es una cena o una boda?

Edoardo ríe por lo bajo, con esa risa sincera que guarda para cuando está impresionado, pero no quiere admitirlo.

—Madonna nada, es esa Monjita de ahí —dice, señalando con la cabeza hacia donde está Amélie, terminando de colocar uno de los platos—.

Por cierto, gracias, cabrones, por avisarme de que había una monja trabajando en la casa.

Sobre todo tú, Ettore, hijo de puta. Me dejaste creer que era un alma en pena.

Me encojo de hombros, haciéndome el loco.

Amélie está cerca del aparador, impecable dentro del hábito que, incluso en su tono oscuro, transmite pureza. Su rostro tiene la misma serenidad de siempre, pero noto un brillo rápido en sus ojos, un destello de orgullo que intenta disimular en cuanto se da cuenta de que la he pillado.

Me mira fijamente durante demasiado tiempo.

Sus ojos recorren mi estado con una calma que no encaja con la reacción que yo esperaba.

En otra mujer, lo consideraría coqueteo, deseo, pero en ella es solo un análisis minucioso.

Después desvía el rostro hacia Edoardo y hace la misma evaluación silenciosa, como si contara las manchas, reconociendo el olor de la sangre sin necesidad de respirar hondo.

Solo entonces habla, en tono bajo y firme, como si fuera una orden, como si nosotros fuéramos los súbditos y ella la reina.

—Vayan a lavarse. Están completamente sucios de pintura.

La palabra roza el insulto, pero suena como misericordia al mismo tiempo. Pintura. No sangre. Ella no le da el nombre real a la cosa. Es un disfraz limpio para una suciedad que no tiene salvación.

Edoardo suelta una risa corta, cansada, y se pasa la mano por el rostro, empeorándolo todo.

Me quedo quieto un segundo, mirando a Amélie, intentando decidir si ha usado otro término a propósito o si es solo inocencia e ignorancia. Ella sostiene mi mirada sin parpadear, como quien no tiene miedo de ningún hombre, ni siquiera de mí.

—Ah, la pintura... —Decido seguirle la corriente—. Edoardo y yo estábamos pintando el… el… —Me quedo gesticulando con la mano, buscando una excusa que no suene ridícula.

Filippo interviene antes de que me ahogue en el silencio.

—El despacho del centro.

Cierro los ojos un segundo.

Joder. ¿No había una excusa mejor? Ni siquiera tenemos despacho en el centro, tenemos un casino, una discoteca y naves abandonadas.

Amélie no reacciona como alguien que se lo cree, pero arquea las cejas como quien registra la información. Sus ojos bajan hacia mi camisa, siguen la línea de una mancha oscura, después pasan a la manga de Edoardo, al puño, a los dedos. Levanta la mirada de nuevo y la voz suena aún más calmada.

—Parece que usaron mucha pintura en el despacho del centro…

Edoardo esboza una media sonrisa, como si se estuviera divirtiendo con la audacia de ella, y siento palpitar un músculo en mi mandíbula.

Filippo se rasca la nuca, fingiendo naturalidad.

—Sí. Necesitaba una mano de pintura, había muchas cosas que cubrir.

Amélie solo inclina la cabeza, aceptando la respuesta. Pero, antes de girarse para volver a la cocina, repite la orden.

—Pero será mejor que se laven pronto. No quiero huellas por la casa.

Desaparece por el pasillo, el hábito deslizándose sin prisa, como si acabara de regañar a dos niños y aun así hubiera mantenido la educación.

—Sí. A nadie aquí le gustan las huellas por la casa —dice Filippo, dejando que la mirada pase de mí a Edoardo, como si recordara que aquí todo es control o como si me lo recordara a mí, porque un poco antes perdí el mío.

Subo las escaleras en dirección a mi habitación, pensando en darme una ducha, pero, cuando llego y empujo la puerta, el olor dulce me golpea como una bofetada.

¿Esto es... vainilla?

Demasiado dulce. Un aroma que no encajaba con la madera oscura, el cuero ni el metal, un aroma con aire de infancia, no de hombre.

Y entonces veo de dónde viene el olor.

Son velas. Muchas velas.

Esparcidas por la estancia como si alguien hubiera decidido transformar mi habitación en un altar. Encima de la cómoda, en la mesilla de noche, cerca de la ventana, en la esquina del baño. Llamas pequeñas temblando, iluminando la habitación con un brillo amarillento que parece burlarse de mí.

Mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza.

El pecho se me aprieta y la garganta se me cierra con una irritación caliente que me sube por la nuca. Para mí, el fuego nunca ha sido un adorno. El fuego es un mensaje. Es algo que empieza siendo pequeño y termina con gente llorando, como pasó antes con Lorenzo.

—¡Amélie! —Mi voz resuena por la casa, alta.

Cruzo la habitación con pasos largos, apagando una y luego otra con los dedos, sin importarme el calor. Mi mano roza la cera caliente y ni siquiera la noto bien.

—¡Amélie! ¡Ahora!

Aparece en la puerta unos segundos después, como si ya estuviera cerca, como si supiera que iba a llamarla. Su rostro transmite tranquilidad, pero sus ojos evalúan el escenario en un instante.

—¿Qué ha pasado, señor?

La miro fijamente, señalando la habitación como si no fuera obvio.

—¿Qué coño es esto?

Ella mira las velas, después a mí.

—Velas.

Su condescendencia me irrita más que las llamas.

—Sé que son velas —gruño—. Quiero saber por qué hay un millón de velas encendidas en mi habitación.

Da un pequeño paso hacia dentro, sin cruzar la línea invisible que separa la puerta del resto de la habitación. Siempre respetando las distancias, como si mi espacio fuera una jaula.

—Todo estaba cerrado, señor. Olía a moho. Yo… quise mejorar el ambiente.

Me paso la mano por el pelo, sintiendo la pulsación en la sien.

—¿Mejorar el ambiente con fuego?

Ella parpadea, como si no entendiera por qué eso es un problema.

—No las dejé cerca de ninguna tela, estuve pendiente. Sé lo que hago.

Siento que puedo explotar por dos motivos al mismo tiempo. Claro que existe un riesgo real de incendio, pero es principalmente por la suave insolencia de alguien que dice que sabe lo que hace, como si yo no lo supiera.

—Todo apesta a vainilla —digo, como si la acusara de un delito.

Por un segundo, veo algo parecido al humor atravesar su rostro. Una chispa pequeña.

Casi prohibida.

—Fui yo quien hizo esas velas —explica con la voz firme—. Es una de las cosas que hago en el convento. Y ese era el aroma de las velas que estaban listas.

—Una de las cosas que hacías —digo, corrigiéndola—. Ahora trabajas para mí.

No muerde el anzuelo, solo sostiene mi mirada con una paciencia que me vuelve loco.

—Si le molesta tanto… —empieza Amélie, y entonces inclina la cabeza, en un gesto demasiado leve para alguien que vive escondida dentro de tanta tela—, puedo pensar en un aroma más… mafioso.

Me quedo helado medio segundo.

La palabra mafioso en su boca suena equivocada y perfecta al mismo tiempo. Como si hubiera oído hablar de ello toda la vida, callada, y ahora probara una provocación.

Me acerco un paso. No lo suficiente para tocarla, pero sí lo suficiente para que sienta que puedo.

—No juegues conmigo, Amélie.

Ella no retrocede, solo alza la barbilla.

—No estoy bromeando, Don. Si el olor le molesta, lo cambio. Puedo hacer algo más... amaderado —corrige—. Menos dulce.

Miro las velas apagadas, la cera escurrida, la habitación que parece, por un instante, una versión diferente de mí. Una versión que no sé si me gusta o si odio.

Mi voz sale más baja.

—Aquí dentro no decides nada, ¿entendido?

Asiente despacio.

—Entendido.

Y entonces, como si fuera la cosa más natural del mundo, añade:

—Puedo apagar las demás.

Ni siquiera me había dado cuenta de que todavía había alguna llama encendida, pero, cuando lo dice, veo dos velas cerca de la ventana. Las llamas tiemblan como si estuvieran escuchando nuestra conversación.

Camino hasta ellas en pocos pasos y las apago yo mismo, con un soplido demasiado fuerte. La habitación se oscurece un poco, y me gusta la penumbra.

Cuando me giro, Amélie sigue en la puerta, las manos cruzadas por delante, la postura erguida. Y tengo la impresión de que, debajo del hábito, existe una historia que no encaja con el silencio y la oración.

Me quedo mirándola demasiado tiempo, y sé que ella se da cuenta, porque se le endurece la postura y se ajusta el hábito con un gesto corto, como si la tela pudiera ser un escudo entre nosotros.

—Cuando descubra un olor realmente mafioso, se lo diré.

Y con esa sentencia audaz se marcha, dejando en el aire un rastro de vainilla.

Un poco después, ya limpios de la suciedad aparente, porque el motivo de aquella suciedad jamás podría lavarse, nos sentamos a la mesa para comer.

Filippo se queda a mi izquierda, Edoardo a la derecha, y permito que algunos de los hombres más cercanos a nosotros ocupen los lugares laterales, con Francesco entre ellos.

La casa parece llena y, aun así, sobra espacio para secretos.

Amélie sirve primero la ensalada, sin decir una palabra. Y, a continuación, viene con una pasta rellena, una salsa clara con aroma a trufa y un caldo caliente con hierbas que no consigo identificar de entrada.

—¿Estás viendo esto? —Filippo pincha la pasta con el tenedor, como si pudiera confirmar que es real—. Nuestra monja va a hacer engordar a todo el mundo.