Ettore Santacroce Sangre y silencio #2
26%

Sangre y silencio #2

(Por favor, no hagas movimientos bruscos)

You don't know the half of the abuse

(No conoces ni la mitad del maltrato)

Él canturrea como si fuera un espectáculo privado.

La máscara amortigua un poco el sonido, pero lo vuelve todo más sombrío.

Veo el brillo del metal apenas de reojo, antes del movimiento.

Con el estilete en la mano, en un gesto limpio y demasiado rápido para que el pánico lo siga, baja la hoja sobre dos de los dedos sujetos al reposabrazos.

Los dedos ruedan y caen a mis pies. Lorenzo se retuerce en la silla, el grito estalla en la nave y el aire cambia al instante, se vuelve pesado, con ese olor metálico que hace que el valor se vuelva instinto y que la mentira pierda fuerza.

Apago el cigarrillo sin prisa, manteniendo la mirada clavada en la sangre que brota.

—No te preocupes, vamos a cauterizar para que te quedes con nosotros durante bastante tiempo. Ahora, Diablo —ordeno.

No me gusta llamarlo así en el día a día ni formar parte de su espectáculo, pero las torturas siempre surten más efecto ante la leyenda. Así que todos actuamos juntos, como parte de un equipo cruel y sanguinario.

Edoardo se mueve con la tranquilidad de quien ya ha hecho esto muchas veces y no siente nada más que tedio.

Va hasta el banco de trabajo, coge uno de esos sopletes de taller y lo enciende con un clic seco.

La llama azul muerde el aire y, por un segundo, la nave parece más pequeña, más caliente, más sucia.

Coge una pieza de metal y la calienta hasta que el brillo se vuelve vivo, agresivo, y entonces vuelve junto a Lorenzo sin prisa, como si llevara una bandeja con bebidas.

Hace una señal rápida con la cabeza a Filippo, que la entiende y rodea la silla, sujetándola por detrás mientras Lorenzo empieza a debatirse, como si el pánico intentara arrancarlo de las cuerdas.

Edoardo le agarra el brazo con la fuerza suficiente para que no se mueva y apoya el metal en el lugar exacto.

El grito resuena, alto, animalesco: el tipo de sonido que ya no tiene orgullo alguno, solo miedo. Un hilo de humo sube y el olor cambia. Es el olor a carne quemada, que lo invade todo y deja su firma en el aire.

Edoardo no lo retira antes de tiempo. Lo mantiene, firme, hasta que la sangre deja de caer al suelo. Cuando termina, aparta el metal y echa un vistazo rápido, como un cirujano que analiza si el trabajo ha quedado limpio.

—Listo —dice, con una sonrisa en la voz que resulta imposible no percibir, incluso sin verle la boca—. Ahora ya no vas a gotear sobre mi suelo y puedes empezar a hablar.

Observo a Lorenzo mientras tiembla, el rostro empapado de sudor, la boca chorreando saliva, el ojo bueno desorbitado. Dejo que mi voz suene calmada, peor que un grito.

—Volvamos a la primera pregunta. Y esta vez vas a elegir bien tu respuesta. No sirve de nada negarlo, sabemos que estabas allí. No te vimos disparar, pero tenemos pruebas de que participaste.

Filippo me interrumpe y se me acerca con el móvil en la mano, con la pantalla ya encendida, el brillo frío iluminándole el rostro desde abajo.

—Nuestros servicios de inteligencia han conseguido localizar a la familia de Lorenzo, Don.

Extiendo la mano y él me entrega el aparato sin dudar. En la foto hay un retrato demasiado simple para el peso que carga. Lo miro solo una vez. Es suficiente.

Filippo sabe que no soy el tipo de hombre que mataría a una familia inocente, a menos que estuviera implicada. Conoce la línea que trazo, sabe que no confundo justicia con carnicería. Pero Lorenzo no lo sabe, y por eso la foto puede funcionar.

Devuelvo el móvil y asiento con sequedad, en señal de conformidad.

Filippo lo entiende al instante y se acerca a Lorenzo, agachándose para quedar a la altura de su rostro, como si fueran a conversar con toda esa calma que solo él consigue demostrar.

Coloca el aparato muy cerca del ojo abierto del prisionero, con la foto muy nítida, sin prisa, dejando que la desesperación haga el trabajo.

Lorenzo fija el ojo bueno en la pantalla y el color desaparece de su rostro. La respiración se le atraganta cuando mira a Filippo, el cuerpo intenta retroceder, pero las cuerdas lo sujetan. Ahora tiembla más que antes, más que cuando el metal tocó la carne.

Porque el desgraciado es fuerte. Puede soportar el dolor, incluso puede ser un soldado bien entrenado, pero esto…

Esto es otra cosa.

Es el miedo a perder lo más preciado que tiene.

—No, mis niñas no… Por favor… yo no…

—Entonces dinos la verdad —insiste Filippo, agitando el teléfono como si fuera un premio.

Asiento.

—Sabes que ya estás muerto, pero puedes salvar a tu familia —explica, analizando su reacción.

—Yo… Yo ya he dicho que no sé nada, Don… Por favor…

Niego con la cabeza.

—Te has equivocado otra vez. Diablo, tráeme los alicates. Yo mismo voy a descubrir cuánta suciedad tienes bajo las uñas.

—Ese es mi hermano —dice riendo, señalándome mientras mira a Lorenzo.

El coche corre por la carretera como si el día tuviera prisa por oscurecer. Dentro, el silencio es espeso, roto solo por el rugido del motor y por el roce del cuero bajo nuestros cuerpos cansados. El olor a hierro sigue pegado a mi garganta.

Miro mis manos y veo en ellas lo que quedó de Lorenzo. No es solo sangre: es furia.

Edoardo está sentado en el asiento de mi lado, con la camisa oscura manchada y el rostro marcado por salpicaduras que ya empiezan a secarse.

Parece un hombre que sale del trabajo, solo que ese trabajo tendría que ser en un matadero.

Yo estoy igual. Somos dos carniceros volviendo a casa después de cerrar el mostrador.

Filippo conduce. Sus ojos alternan entre la carretera y el retrovisor. Está más atento a lo que puede surgir que a lo que quedó atrás. No habla mucho. Está irritado como nosotros.

Ni la puta foto sirvió de nada.

La imagen de la familia de Lorenzo todavía parpadea en mi cabeza como un anuncio de neón.

Sirvió para dejarlo al borde de un colapso, de un infarto, pero ni siquiera el miedo a perder a su familia hizo que abriera la boca.

No nos dio nombres, no delató a quien dio la orden: nada más que silencio y terquedad.

Quizá tuviera ese tipo de fe estúpida de quien cree que va a ser rescatado.

Craso error: ahora ya no está entre nosotros.

Y odio el hecho de que hayamos perdido a uno de los culpables sin conseguir nada a cambio.

Edoardo mueve la mandíbula, como si masticara algo que no consigue tragar.

—Ese hijo de puta era duro —dice, como constatando un hecho.

Lo medito un momento.

—Quizá supiera que su familia estaría a salvo, aunque él muriera —respondo.

Él me mira fijamente.

—¿Y cómo lo sabría?

Me encojo de hombros.

—Sabes que en realidad no capturamos a su esposa y a sus hijas. Si están escondidas, protegidas por alguien, eso puede haberle dado confianza.

Edoardo niega con la cabeza.

—Si fuera así, no habría suplicado. Sé reconocer el miedo y él estaba aterrado por su familia. Y aun así no dijo nada —dice, pensativo.

No respondo.

El coche se balancea levemente en una curva y me remuevo, incómodo con la ropa pegada a la piel, con la textura de la sangre seca en el puño de la camisa. Por un instante, pienso en la mansión. En la alfombra, en el mármol. En cómo todo aquello iba a parecer demasiado limpio cuando entráramos así.

Me acuerdo de Amélie, de su mirada, que percibe demasiado, y de mi orden de que preparara la cena.

La mandíbula se me tensa.

—No digáis nada dentro de casa, delante de los empleados, sobre lo que ha pasado —digo en voz baja.

De la empleada, porque hasta ahora es la única que hay en la casa.

Filippo responde al instante, asintiendo.

—De ningún modo.

Edoardo se limita a inclinar la cabeza, aceptando, como quien ya sabe que esa es la regla.

—Nadie va a asustar a la Monjita —dice, asintiendo.

Cierro los ojos por un instante y vuelvo a ver la silla, el silencio, mi propio límite deshaciéndose. Esta vez participé activamente, perdí el control sobre el que se sostiene mi corona y dejé que apareciera el Spietato.

Cuando abro los ojos, la mansión aparece a lo lejos, demasiado iluminada para una noche como esta. Inspiro despacio, como si pudiera poner la rabia bajo llave y esconder al monstruo dentro del pecho.

—A partir de ahora —digo, con la voz firme de nuevo—, vamos a cazar a quien dio la orden sin prisa y sin ruido, pero vamos a llegar hasta el final. Por ahora, vamos a dejar que piensen que vamos tras alguien de fuera o una mafia rival.

Edoardo gira la cabeza, los ojos brillándole con esa hambre fría que él llama trabajo.

—Así se habla, joder. Filippo, pon "Sonne" para que la escuchemos, coño.

Filippo acelera un poco, como si la palabra cazar fuera el único combustible que necesita. El motor responde al instante, y Rammstein estalla en los altavoces.

Die Sonne scheint mir raus den Händen

(El sol brilla desde mis manos)

Kann verbrennen, kann euch blenden

(Puede quemar, puede cegaros)

Wenn sie aus den Fäusten bricht

(Cuando brota de mis puños)

Legt sich heiß auf das Gesicht

(Se posa ardiente sobre el rostro)

Sie wird heute Nacht nicht untergehen

(Esta noche no se pondrá)

Und die Welt zählt laut bis zehn

(Y el mundo cuenta en voz alta hasta diez)

Mi hermano canta por encima de la música, acompañando cada verso. Miro fijamente la carretera, compartiendo el mismo pensamiento que ellos. Cazar es nuestro combustible.

La nave no nos dio respuestas, pero alguien tendrá que darlas.