Sangre y silencio
Ettore Santacroce
Acabo de salir de una reunión en la que hombres poderosos hablaban de alianzas como si fueran cadenas y de la familia como si fuera una propiedad. Y aún siento ese sabor, amargo, aunque esta vez no haya bebido nada.
Ahí abajo, la ciudad se convierte en un mosaico de luz y piedra, demasiado bonita para ser honesta. El mar refleja el sol en pedazos brillantes.
Aflojo la corbata un centímetro. Lo suficiente para respirar, sin parecer cansado. El móvil vibra en el bolsillo interior de la chaqueta y saco el aparato. La pantalla se ilumina con el nombre que siempre veo cuando las cosas tienden a empeorar.
FRANCESCO.
El mensaje es directo, sin florituras.
Hemos capturado a Lorenzo. Estamos en la nave.
El helicóptero da un ligero bandazo con el viento y tengo la sensación de que el cinturón me aprieta el pecho. Fuera, el mundo sigue hermoso e indiferente, declarando que no tiene nada que ver con lo que ocurre en las naves de mi ciudad.
Tecleo sin prisa.
Voy hacia vosotros. Esperad. Nadie lo toca hasta que yo llegue.
Envío.
En el instante en que el mensaje sale, la cabina parece más pequeña y el sonido de las palas se vuelve más agresivo. No es el helicóptero, sino mi cabeza, que cambia de marcha.
Alzo la mirada hacia el piloto, sentado delante, al otro lado del mamparo de la cabina de pilotaje.
La cortina de privacidad está solo un poco entreabierta, lo bastante para que pueda ver el movimiento de sus hombros.
El piloto no necesita verme para saber que algo ha cambiado: el cambio está en el peso de mi silencio, y mis hombres aprenden pronto que, cuando un Don se calla y la quietud pesa, el rumbo va a alterarse.
Pulso el botón del intercomunicador.
—Nueva ruta. Y no lo comunique por radio.
El piloto asiente.
—Sí, Don. ¿Adónde?
No vacilo.
—A la nave.
Él vuelve a girarse hacia los instrumentos, con las manos firmes, precisas. El helicóptero responde casi de inmediato, inclinando el morro en una curva calculada, como un animal adiestrado que cambia de dirección ante la menor orden.
Minutos después, el rotor aún canta fuerte, pero el suelo ya es otro. Hormigón, hierro, polvo antiguo: el tipo de lugar donde el sonido reverbera y a la verdad le cuesta aparecer.
Esta nave siempre tiene la misma música de fondo.
El sonido del metal crujiendo, pasos huecos, respiración contenida.
Entro sin prisa, pero el silencio me acompaña como si fuera un guardaespaldas.
Bajo las escaleras hasta llegar al subterráneo y veo la puerta cerrada por fuera.
A través del cristal veo a Edoardo, Francesco y Filippo, junto con el prisionero y algunos soldatos. Entro en la sala.
Los hombres se enderezan, algunos bajan la mirada. Otros intentan sostener la expresión que dice que ya lo han visto todo. Yo, sin embargo, no estoy para teatros.
—Todo el mundo fuera —digo, señalando a los demás.
Nadie discute. El sonido de las botas alejándose llena el vacío, uno por uno, hasta que solo quedan cuatro respiraciones en la nave.
Filippo se coloca a mi izquierda, y Edoardo, un poco por detrás, como quien no pretende estorbar en la escena, pero tampoco quiere perderse ningún detalle.
En el centro, atado a la silla, el hombre encapuchado tiembla. No es por frío: es el temblor de quien entiende que ya ha traspasado el punto de no retorno.
Me detengo delante de él.
—Solo os quedáis vosotros dos —digo, sin apartar los ojos de la capucha—. No quiero aquí dentro a nadie que no sea cien por cien de confianza.
Filippo asiente, y Edoardo emite un sonido bajo, casi una risa, pero no llega a serlo.
Agarro la tela de la capucha y tiro de ella de una vez. El rostro que surge no despierta ningún recuerdo en mí: nunca he visto a este hombre en mi vida.
Uno de los ojos está completamente cerrado por la hinchazón, la piel alrededor morada y brillante, como una fruta pudriéndose.
La boca tiene un corte seco en la comisura, y cuando traga, inhalo el miedo que exhala de sus poros.
Las manos atadas cuentan el resto: uno o dos dedos demasiado torcidos, rotos, que delatan una captura que no fue limpia.
Dejo caer la capucha al suelo y giro la cabeza, despacio, para mirar a Edoardo. Él responde antes de que yo diga nada, con una media risa sarcástica, corta, como quien dice que todo aquello era inevitable.
Mi mirada se endurece un poco.
—Creí haber dicho que no hicierais nada antes de que yo llegara.
Edoardo alza las cejas, sin ofenderse, como quien recibe una crítica que ya esperaba.
—Pero es imposible capturar a alguien sin violencia alguna, Spietato.
El hombre en la silla tiembla con más fuerza cuando oye mi apodo, y vuelvo a mirarlo, sintiendo que el lugar se vuelve demasiado pequeño para mi falta de paciencia.
—Parece un espantapájaros roto —murmuro.
Cojo una silla y la arrastro por el hormigón a propósito, dejando que el sonido rasgue el silencio de la nave.
Me siento un poco detrás, fuera del alcance de las manos atadas, pero lo bastante cerca para que sienta mi presencia y tenga miedo.
Apoyo las manos relajadas sobre las rodillas, como si toda la escena fuera solo otro asunto de rutina.
Y de hecho lo es: ya he presenciado más escenas como esta de las que podría contar.
Saco un cigarrillo del paquete, me lo llevo a la boca y lo enciendo. La primera calada llega lenta, controlada, y el humo sube entre nosotros como una cortina fina. No tengo prisa: los capturados son quienes siempre desean que la tenga.
—Voy a dejarte empezar, hermano. Pero espero que recuerdes quién está al mando aquí.
Los ojos de Edoardo brillan con la libertad que se le concede, y sonríe sin acercarse a Lorenzo.
Edoardo camina hacia la puerta, sale y Filippo me mira conteniendo una sonrisa. Va a empezar el espectáculo de El Diablo.
Instantes después, "Heathens", de Twenty One Pilots, empieza a resonar dentro del espacio cerrado.
All my friends are heathens, take it slow
(Todos mis amigos son paganos, tómatelo con calma)
Wait for them to ask you who you know
(Espera a que te pregunten a quién conoces)
Please, don't make any sudden moves
(Por favor, no hagas movimientos bruscos)
You don't know the half of the abuse
(No conoces ni la mitad del maltrato)
Él entra a continuación, como un artista que espera que la apertura tenga el efecto que desea para, solo después, subir al escenario.
Ya no es Edoardo. Con el pasamontañas de calavera cubriéndole el rostro y el cuello descubierto para que la cruz de los Santacroce quede bien visible, El Diablo entra en escena.
Esta vez, tampoco parece tener prisa, como si el tiempo estuviera de su lado y toda esa calma provocara en los enemigos más pavor que su furia descontrolada.
Camina despacio hasta su presa, se detiene detrás de la silla e inclina el cuerpo, acercando la boca al oído del hombre, hablando en voz lo bastante baja para sonar como un susurro y lo bastante cruel para que él se estremezca por completo.
—Primero vamos a presentarnos. Tú eres un maldito regicida —dice, nombrando a nuestro padre como rey—, y yo soy El Diablo, tu peor pesadilla.
La silla chirría bajo el temblor de Lorenzo. El humo de mi cigarrillo sube lento, y no aparto la mirada de mi hermano ni un segundo.
Al oír el apodo, el hombre gimotea y la orina se escurre por la silla, descendiendo en un hilo por sus piernas, goteando sobre el hormigón.
Ese es el efecto que causa el sádico que tengo delante.
Con Edoardo, la gente puede lidiar, existe una posibilidad de supervivencia calculada de antemano, pero al oír el nombre de El Diablo, incluso los hombres más fuertes tiemblan, porque saben que, cuando se mete en el personaje, El Diablo decide aparecer y jugar también.
El olor ácido sube rápido, mezclado con sudor y óxido. Lorenzo intenta encoger el cuerpo, como si pudiera esconder su propia humillación, pero la cuerda solo hace que su piel quede aún más marcada.
Doy otra calada al cigarrillo y me inclino para dejar que el humo se escape en el rostro del hombre. Hablo sin cambiar el tono.
—Mira, ni siquiera hemos empezado y el hijo de puta ya se ha meado encima.
El Diablo suelta una risa corta y da una palmadita leve en el rostro de Lorenzo, casi cariñosa, solo para recordarle que es ahora cuando empieza la verdadera diversión.
—Primero vamos a jugar, Lorenzo —provoca—. ¿No va a ser divertido poner a prueba tus propios gritos mientras te corto cada una de las extremidades?
Filippo se queda callado, observando, con los ojos atentos, como si estuviera contando los segundos hasta que descubramos toda la verdad, más tenso que yo. Ver a El Diablo divirtiéndose con la tortura no es nada cómodo para la mayoría.
Lorenzo intenta decir algo, pero la voz le sale rota, atrapada en el pánico. Inclino un poco más la cabeza, interesado no en la vergüenza, sino en lo que suele traer consigo.
Verdad. O desesperación. A veces las dos.
—Vamos a empezar con un juego que me encanta —dice, uniendo las manos en un gesto teatralmente amable—. Se llama verdad o reto. ¿Has oído hablar de él, Lorenzo? Es muy sencillo. Tú me dices la verdad y yo te lo pongo más fácil, pero, si mientes, entonces yo elijo las consecuencias.
Lorenzo traga saliva, el único ojo que aún se abre bien busca una salida que no existe.
El Diablo inclina la cabeza, satisfecho: la reacción del otro es lo único que necesitaba para desatarse.
—¿Quiere preguntar, Don? —sugiere, mirándome cómplice.
—Claro —digo, sin elevar la voz—. Sabemos que participaste en la emboscada, que estabas en uno de los coches. ¿Quién te mandó allí?
—N-n-nadie… —Lorenzo tartamudea, la voz quebrándose en su propio miedo—. Lo juro, Don. Yo no estaba allí, no tengo nada que ver con eso.
El lunático esboza una sonrisa breve y sin humor.
—Respuesta equivocada… —responde.
All my friends are heathens, take it slow
(Todos mis amigos son paganos, tómatelo con calma)
Wait for them to ask you who you know
(Espera a que te pregunten a quién conoces)
Please, don't make any sudden moves