Ettore Santacroce Acuerdo entre un ángel y un demonio #3
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Acuerdo entre un ángel y un demonio #3

Me atraganto. Me da un fuerte ataque de tos y me cubro la boca con la mano, intentando recuperarme del susto. Madonna mia, ¿qué está diciendo este italiano?

—Disculpa, hermana. Creo que me he expresado mal —dice, pero oigo el tono divertido en su voz—. Quise decir que sería mejor que durmieras en la mansión.

—Ahhh... ¿dormir aquí? Bueno, eso es imposible —respondo, ignorando la presión entre las piernas que me provoca la mera sugerencia—. Necesito volver al monasterio todas las noches.

El Don arquea las cejas, sorprendido por la negativa, es el tipo de hombre que está acostumbrado a tener la última palabra sobre cualquier cosa.

—Entonces tenemos un punto muerto, porque necesito que duermas aquí.

—Pero... ¡no puedo!

—¿Por qué no? No tienes marido, imagino —comenta, con una leve sonrisa ladeada.

—¿Marido? No, solo el Señor...

—¿Yo? No recuerdo que nos hayamos casado.

Siento que el rostro se me calienta y sé, incluso sin verme, que estoy roja.

—¡Quiero decir el Señor Dios!

—Ah, ese Señor, claro —dice, de buen humor.

Ni siquiera parece el mismo hombre irritado que estuvo gritándome ayer.

—¿Sabe lo que pasa? Necesito mantener mi rutina de oración. Forma parte de mi... de mi devoción —miento una vez más.

Dios, perdóname por haberme convertido en una mentirosa desde que acepté este trabajo. Pero no quiero que sepan la verdad todavía. No quiero exponer a Alessia a este mundo.

—Y yo necesito a mi cocinera aquí, a mi disposición.

—Pero están las velas y los rezos... —insisto, empezando a ponerme nerviosa.

No puedo dejar a Alessia sola en el monasterio, y menos por la noche.

—Hay otras setenta y nueve monjas para la producción de las velas —rebate, como si fuera una tarea prescindible—, y en cuanto a los rezos, puedes rezar en tu habitación. ¿Dios no escucha en todas partes?

—Claro que oye, pero...

—Amélie, esto no es un debate. Estas son las condiciones para que te quedes con el trabajo.

Pago muy bien, no lo dudes, y, si cumples con tus obligaciones y sabes hacerte la sorda, la ciega y la muda dentro de esta casa, serás bien recompensada.

Puedes pedirme cualquier cosa que necesites, pero mis reglas son innegociables.

Nos miramos durante casi un minuto entero. Aunque él diga que no es un debate, siento que ambos estamos en un tira y afloja, cada uno tirando de la cuerda hacia su lado.

Muy bien recompensada.

¿Incluso con documentos y pasaportes falsos? ¿Incluso con un riñón? Soñar no cuesta nada...

—Bien. Puedo aceptar dormir aquí día sí, día no, siempre que tenga un día libre a la semana, y tiene que ser entre semana, no los fines de semana. Y necesito una habitación solo para mí... —digo, con el tono imperioso de quien en otro tiempo supo mandar, mucho antes de aprender a servir.

Él suelta una risa breve.

—Eres petulante y atrevida. ¿No me tienes miedo?

Me encojo de hombros, ignorando el temblor involuntario en las manos.

—¿Debería tenerlo, Don?

El hombre entorna los ojos y noto el instante exacto en que se pasa la punta de la lengua por los labios. Observo el movimiento como si fuera a cámara lenta, y solo al darme cuenta de lo que estoy haciendo, desvío la mirada hacia el regazo.

—No, si eres leal no corres ningún riesgo aquí dentro. Claro que tendrás una habitación solo para ti, pero, en cuanto al día libre...

—Es innegociable —digo, repitiendo su frase.

Don Santacroce me mira como si me hubieran salido cuernos en la frente.

—¿Qué has dicho?

—Bueno, es solo que necesito ese día libre por razones médicas, tengo que ir a una consulta todas las semanas. En realidad, son dos, pero como sé que no va a aceptar dos días libres, uno ya me ayudaría mucho.

Él entorna los ojos.

—¿Estás enferma?

—¿Enferma? No... En realidad no soy yo quien tiene que ir a consulta, soy la acompañante y no es algo que pueda dejar de hacer. ¿Puede, por favor, darme ese día libre? —pido, adoptando un tono más sumiso en un intento de convencerlo.

—Está bien, creo que puedo ceder esta vez y aceptar el día libre y la habitación.

—¿Y puedo dormir aquí día sí, día no?

Suspira, como si yo fuera demasiado difícil de manejar.

—Por ahora. Si veo que no es suficiente, lo revisaremos.

—Gracias. Prometo que me esforzaré y daré abasto con todo dentro de los horarios que acordemos.

Él asiente y abre el cajón de la mesa y saca una carpeta negra.

—Filippo ya ha preparado tu contrato. ¿Has traído tus documentos?

—Yo...

¿Cómo no he pensado en eso?

—Los he olvidado. ¿Puedo firmar y traerlos después? —improviso.

—Puedes. —No parece desconfiado—. Voy a salir para ocuparme de algunos negocios, volveré para cenar, así que déjalo todo listo.

—Las compras...

—Pediré que alguien te lo lleve todo a la cocina. Por ahora, eso es todo. Estamos de acuerdo, puedes irte.

Me levanto y, todavía nerviosa, hago una especie de reverencia. Me doy cuenta de lo poco sentido que tenía al oír su risa ahogada.

Salgo del despacho apresurada, muerta de vergüenza y reflexionando sobre el punto principal de todo esto.

¿Cómo voy a conseguir traer a Alessia para dormir conmigo sin que lo descubran?