Acuerdo entre un ángel y un demonio #2
Otra vez hace el gesto con la mano, y entiendo sin que la madre necesite escribir. Se las arreglarán sin mí. El monasterio está en pie y funcionando desde hace décadas, y yo llegué aquí hace poco más de tres años. No soy indispensable. Gracias a Dios por eso.
Cuando salgo del despacho, el monasterio parece más silencioso que nunca. Vuelvo a la habitación y me acuesto al lado de mi hija y me quedo mirando su rostro, notando la respiración profunda y regular.
Ahí fuera, el mundo de los Santacroce es otro, con helicópteros, armas y peligro. Aquí dentro, velas, rezos silenciosos y una niña que depende únicamente de mí.
Todo por ella, todo lo que pueda comprarle un día, una semana, un mes más.
Cuando terminan la comida, el Don hace una señal para que lo siga hasta el despacho de la planta de arriba, y yo lo acompaño bajo las miradas curiosas de Edoardo y Filippo.
Al entrar, él ocupa su silla detrás de la mesa de madera oscura y yo me quedo de pie frente a él.
—Puedes sentarte, Amélie —dice, indicando la silla frente a la mesa.
Hago lo que me pide, con las manos unidas y los dedos entrelazados sobre el regazo para contener el nerviosismo.
—Entonces, Filippo me dijo que te contrató para la limpieza, pero que también eras cocinera en el monasterio. ¿Cuál de los dos puestos quieres ocupar?
Vacilo, sopesando la pregunta.
—Si asumo las dos funciones, ¿puedo recibir dos sueldos? —pregunto, sin atreverme a sostener la mirada penetrante de los ojos negros del hombre sentado frente a mí.
Oigo una risa breve.
—¿Dos sueldos? Bueno, creo que sí, pero me parece demasiado trabajo para una sola persona. Quiero decir, está claro que tendríamos que encontrar a alguien que te ayude, pero aun así...
—No es tanto —interrumpo, sin querer perder la oportunidad—. Yo cocinaba en el monasterio para ochenta personas, con poca o ninguna ayuda. ¿Cuántos hombres viven aquí? O mujeres, no sé si usted está casado... —pregunto, sin poder ocultar la curiosidad en mi tono de voz.
Esta vez levanto la vista para mirarlo y veo que arquea una ceja, como si mi pregunta fuera intrigante.
—No, no estoy casado y no vive ninguna mujer aquí.
Residentes fijos somos solo Edoardo y yo, pero Filippo está aquí todo el tiempo y tiene una habitación en la planta de arriba.
Generalmente comemos juntos, los tres, con Francesco, mi jefe de seguridad, y dos de sus hombres.
Pero también tendrías que cocinar para los otros hombres. Ellos comen en el alojamiento.
—¿Qué hombres? Quiero decir, ¿cuántos...?
—Los soldati. También tenemos a los conductores. En total, unas treinta personas que están aquí a diario, tanto en la comida como en la cena. Algunos van rotando, así que, cuando haya más gente, te avisaré.
—Cocinar para esa cantidad de gente es bastante sencillo para mí. Puedo hacerlo.
—Al menos tres comidas al día: desayuno, comida y cena, y siempre viene bien tener algo preparado para la tarde.
Asiento, de acuerdo.
—No es un problema, siempre que se haga la compra.
—¿Compras? —Ahora es él quien parece curioso.
—Dejé una lista ayer en la nevera. La despensa está vacía, Don.
Me analiza intensamente, mientras se roza la barba incipiente con los dedos y, cuando se mueve en la silla, el olor amaderado del perfume que lleva llega hasta mí. Contengo la respiración durante algunos segundos, obligándome a no inhalar, pero es difícil resistirse.
—Bien, pediré que se encarguen de ello. Pero ¿qué hay del horario?
—¿Qué pasa con él? —pregunto, intentando entender adónde quiere llegar.
—Encargarte de todas las comidas va a llevar bastante tiempo, y tienes que ocuparte de la limpieza, al menos hasta que contratemos a alguien para ayudarte, y entonces podrás dedicarte más a supervisar.
—Sí, puedo con ello.
Su mirada se vuelve todavía más penetrante, y me remuevo en la silla, un poco incómoda.
No es exactamente la forma en que me mira lo que me incomoda, sino las reacciones que tengo ante el hombre.
Es peligroso, lo sé, pero también es atractivo, y ni siquiera recuerdo la última vez que sentí atracción por otra persona.
O mejor, lo recuerdo bien, y ya hace demasiado tiempo, quizá sea precisamente el hecho de haber estado en un convento, ejerciendo una castidad que no me fue impuesta, sino necesaria, lo que hace que ahora sienta que todo mi cuerpo reacciona sin que el hombre siquiera me toque.
Ettore Santacroce, según dijeron los otros dos que se llama, aunque para mí y para los demás empleados sea Don Santacroce.
El nombre es imponente, igual que su figura, que llena todo el aire de la sala y parece robarme el mío.
Siento que una oleada de calor me alcanza, quizá sea por el hábito, demasiado caluroso, pero me remuevo otra vez en la silla y me doy un poco de aire en la cara, intentando refrescarme.
—¿Amélie? ¿Estás bien?
—¿Eh? —Noto demasiado tarde que he pasado todo este tiempo mirando fijamente a mi jefe. ¡Santo Dios, perdóname! Una monja falsa babeando por el mafioso.
—Ah, claro, sí. Solo estoy pensando en cómo voy a organizar este trabajo y los horarios.
—Sería mucho más fácil si durmieras conmigo —suelta.