Acuerdo entre un ángel y un demonio
Amélie
Cuando el coche, con un conductor muy callado, me deja en el portón del monasterio, ya son más de las nueve de la noche. Las paredes antiguas y los muros altos parecen más acogedores que nunca, y quizá sea la primera vez en más de tres años que me siento realmente en casa en el convento.
Atravieso el pasillo rápidamente, levantando un poco la falda del hábito para no tropezar con ella. Percibo el olor a cera, a hierbas y a aceites esenciales e inhalo profundamente, satisfecha por sentirme segura.
Corro hasta la habitación que comparto con Alessia y encuentro a la hermana Solaine en la puerta, que sigue esperándome. Me dirige una mirada serena, que transmite esa calma de quien ya ha visto demasiadas cosas en esta vida como para preocuparse o juzgar.
—Perdóneme por la tardanza, suora. Solo tenía que hablar con el jefe, pero él tardó y acabé teniendo que esperar mucho...
Y no sirvió de nada. Me guardo esa parte para mí.
Ella hace un gesto corto con la mano, restándoles importancia a mis disculpas, y señala la cama, donde Alessia ya está acostada, con el largo camisón blanco que imita los que usan las hermanas, con el pelo peinado y lista para dormir.
Suora Solaine hace un gesto afirmativo, indicando que Alessia está bien, y yo suelto el aire de los pulmones, aliviada, y entro, mientras ella se despide con un gesto y sale de la habitación en dirección a la capilla.
Alessia se sienta en la cama al verme, abrazada a la muñeca vieja, a la que ya le falta un ojo y también una de las piernas. Sus ojos parecen brillar, y el rostro se le ilumina con la sonrisa más pura que existe.
—¡Mami!
Corro hasta ella y la cojo en brazos, como si al estrecharla contra mí pudiera protegerla del mundo entero.
—Hola, princesita. —Le beso las mejillas, una, dos, tres veces—. Mamá ha vuelto.
Ella pasa la mano por mi velo, curiosa.
—¿Fuiste a la casa gande a tabajar?
Contengo la risa.
—Sí, fui...
—¿Y había tarta? —pregunta, con los ojos llenos de curiosidad.
—No había tarta —respondo.
Alessia hace una mueca de decepción tan dramática que casi me olvido del resto.
Me siento en la cama con ella en brazos.
—Pero ¿adivina qué? La señora Ada, la del mercado, me dio un paquete entero de bollitos —cuento, apretándole la punta de la nariz.
Alessia suelta una carcajada y alza los bracitos para celebrarlo.
—¿Quieres saber lo que pasó en la casa grande?
Ella asiente con la cabeza, animada.
Es obvio que, como todas mis historias, esta también necesita estar un poco adornada. La cuento de una forma que resulte interesante para una niña, y no aterradora.
—La casa es enorme de verdad y necesitaba una buena limpieza.
—¿Taba todo hecho una sujiedad?
—Lo estaba. Entonces fui a limpiar el despacho y, de repente, entró un hombre con cara de enfado y dijo: "¿Qué hace una monja aquí? ¡Puede irse!".
Alessia se cubre la boca con la mano.
—Pero mamá no es monjita, es mi pincesa.
—Eso mismo, pero yo llevaba esta ropa y él no lo sabía —cuento, sonriendo.
—¿Y no se lo dijite?
—No. Pensé que era un hombre malo, ¡y le pegué con el plumero!
Esta vez mi pequeña abre mucho los ojos.
—¿Le pegaste al señor blavo, mamá? —pregunta, con los ojos brillando.
—Solo un poquito —digo, suavizando la escena en su cabecita.
—¿Y él lloló?
—No... —Sonrío—. Se le quedó toda la cara... sucia.
Ella suelta una carcajada.
—Después descubrí que era el dueño de aquella casa y pedí disculpas, le expliqué que había ido a trabajar.
—¿Se puso más blavo?
—¿Más? No, creo que no... Mamá fue a limpiar la cocina y, entonces, ¿sabes qué pasó?
Alessia asiente con la cabeza.
—¡Apareció otro señor, igualito al primero! Pensé que me estaba volviendo un poco loca porque uno era una copia del otro.
Me salto toda la parte de la extraña presentación y del pavor que sentí al conocer a El Diablo.
—¡Ah! Elan gemelos, mami... Igual que la hermana Josefa y la hermana Joana.
Parpadeo, aturdida por la capacidad de esta personita de percibir lo obvio, cuando yo misma me había comportado como una tonta.
—Eran gemelos. Tienes razón...
—Igual que yo y mi muñeca —constata, señalando la muñeca desmembrada.
Le beso la frente.
—Casi, ¿no? Tú eres mucho más bonita que la muñeca...
Ella sonríe, pero la sonrisa se pierde en un bostezo, y el cuerpo pequeño se relaja contra el mío. Noto su cansancio y la meto de nuevo en la cama, bajo las mantas.
Canto una canción para arrullarla, la misma que mi madre siempre me cantaba a mí.
Guten Abend, gut' Nacht!
(¡Buenas noches, buenas noches!)
Mit Rosen bedacht,
(Con rosas adornado,)
mit Näglein besteckt,
(con claveles engalanado,)
schlupf unter die Deck'!
(¡métete bajo la manta!)
Morgen früh, wenn Gott will,
(Mañana por la mañana, si Dios quiere,)
wirst du wieder geweckt,
(te despertarás de nuevo,)
morgen früh, so Gott will,
(mañana por la mañana, si Dios quiere,)
wirst du wieder geweckt.
(te despertarás de nuevo.)
No llego a terminar la canción porque Alessia enseguida cierra los ojos y estoy segura de que está profundamente dormida. Solo entonces salgo de la habitación, preparada para otra conversación, más seria que esta.
Sigo por el pasillo hasta el despacho de madre Rosalia y llamo con suavidad.
Ella abre la puerta solo lo suficiente para ver quién es. Su expresión es un poco dura, pero los ojos tienen esa atención silenciosa que siempre me acoge. Hace un gesto para que entre.
Me siento en la silla frente a la mesa de madera y la madre ocupa su lugar detrás de la mesa.
—Madre —empiezo, y la voz me sale en un hilo—. Salí muy rápido en aquel momento, pero necesito explicárselo bien.
No dice nada al principio. El cuaderno y el bolígrafo están al alcance de su mano, pero no los toca para responderme.
—Sé que no son personas muy... bueno, sé lo que hacen, pero me ofrecieron un trabajo digno —digo—. En la mansión de los Santacroce.
Veo la sombra de reprobación atravesar su mirada, pero no me interrumpe.
—Sé que es peligroso —continúo rápidamente—. Pero no está mal, ¿verdad? Voy a limpiar y quizá a cocinar, cosas que ya hago aquí, y usted sabe que necesito dinero. Alessia necesita...
Mi voz falla, y bajo el rostro, mirando mis manos sobre el regazo. Manos que en otro tiempo estuvieron muy bien cuidadas, con uñas que antes eran impecables, y que ahora son las manos de una limpiadora.
Madre Rosalia toma finalmente el bloc de notas y escribe con calma.
¿Es necesario? Entraste en un antro de pecado por ella.
Trago saliva y asiento.
—Sí, entré.
Ella escribe de nuevo.
¿Y crees que los pecadores van a salvarte?
Siento una punzada en el pecho con la pregunta.
—No lo sé, madre —confieso, y la frase suena un poco áspera—. Llevo pidiéndole a Dios una salida, una solución, desde que descubrí la enfermedad de mi hija, ¿y no es usted quien dice... quiero decir, escribe, que los caminos de Dios son misteriosos?
Frunce el ceño, como si yo la estuviera provocando.
—Dios puede haberme respondido por fin, y estoy agradecida por la oportunidad. Necesito comprar tiempo para mi hija.
La madre me observa durante un largo instante. Después escribe algunas frases más en el papel y, esta vez, empuja el cuaderno hacia mí.
No estoy de acuerdo, pero te entiendo. No has hecho votos, debes tomar tus decisiones por tu cuenta.
Cuando mi hermana me pidió que te acogiera aquí, prometí que cuidaría de ti y haría todo lo posible, pero, en este caso, lo único que puedo hacer es aconsejarte y rezar para que todo salga bien.
Solo ten cuidado y no traigas el infierno dentro de estos muros.
Asiento, y sus palabras me hacen pensar en mi dulce Rosemeire, que cuidó de mí durante toda la infancia y adolescencia, hasta el punto de arriesgar su propia vida para ayudarme a huir a los diecinueve.
Hace casi cuatro años que no la veo, pero el amor que siento por aquella señora nunca va a desaparecer.
—Quédese tranquila, madre. Estoy muy agradecida por todo lo que hace por mí.
Es solo trabajo. Iré por la mañana y negociaré con él que me deje libres los días de las sesiones de Alessia —digo—.
No voy a abusar demasiado de la hermana Solaine.
Pronto me las arreglaré y pensaré en qué hacer con Alessia.
Ella hace un gesto con la mano para restarle importancia y escribe en el cuaderno rápidamente.
Nosotras cuidaremos de ella mientras lo necesites. Quédate tranquila en ese sentido. Pide un día libre. Yo la llevaré al hospital en la segunda sesión.
—Gracias —respondo, respirando aliviada.
No sé qué haría si ellas se negaran a cuidar de mi hija durante el día.
Alessia necesita ir dos veces por semana a sus sesiones, y puedo suplicar que me den un día libre, pero difícilmente conseguiría dos—.
Mandarán un coche a buscarme, pero no voy a dejar que entren aquí, excepto en los días de donación, claro.
Madre Rosalia sostiene mi mirada, y por un momento creo que va a reprenderme, a decir que esperaba más de mí o algo parecido, pero solo escribe una frase más, pequeña y directa.
Vuelve viva.
Asiento, determinada.
—Voy a volver —prometo—. No me harán daño.
Y, hablando de eso, fue por ese motivo por lo que fui hasta allí con el hábito porque me sentí más segura...
—cuento, esta vez apartando la mirada por falta de valor para mirarla de frente—.
Sé que no soy una de vosotras, pero tuve miedo y pensé que eso podría protegerme.
¿Le importa? Quiero decir, ¿cree que Dios se enfadaría?
Ella suelta una risa breve, y por primera vez percibo que le ha hecho gracia la situación.
Sabes que son las vestiduras de una mujer que consagró su vida a Dios, pero te han sido útiles para esconderte todo este tiempo. Haré la vista gorda mientras lo necesites. Cuando te sientas segura, si es que llega ese momento, te lo quitas.
Asiento rápidamente con la cabeza.
—Está bien. Si noto que no corro peligro allí, me lo quito. Y en cuanto a las comidas...