Los dos lados de la misma moneda #2
Subo la ventanilla antes de oír cualquier respuesta y lo veo dar dos pasos atrás, apretando la bolsa contra el cuerpo, y enseguida regresar deprisa al coche patrulla. Poco después, las luces desaparecen en la oscuridad como si nunca hubieran existido.
Y abro el papel.
Leo la dirección una vez, luego otra, hasta que deja de ser tinta y se convierte en memoria, y grabo cada palabra como si fuera una oración.
Y por fin cojo el mechero. El chasquido es pequeño, la llama lame el borde del papel y observo las letras encogerse, convertirse en carbón, convertirse en nada.
Ninguna prueba, ningún rastro.
Cojo el móvil, marco un número y, ya en el segundo tono, responde.
—¿Qué has conseguido? —Edoardo va al grano, como siempre.
—Nombre y dirección. Está en Alcamo. Estoy volviendo a casa. Reúnete conmigo allí.
—Vale.
Cuelgo. La pantalla se oscurece en mi mano. Respiro una vez, solo una, y pongo el coche en marcha, viendo por el retrovisor a Filippo y a los demás, que me siguen de cerca.
Sentado en el sillón de mi despacho, siento que una inquietud sutil me atraviesa. Es la ansiedad que me gusta, la que nace cuando la caza está a punto de comenzar.
Permanezco un instante inmóvil, con el vaso de whisky en la mano izquierda, y el ámbar gira despacio, obedeciendo al mínimo movimiento de mis dedos. En el cristal, mi reflejo aparece y se rompe en fragmentos.
Una noche que empieza con un nombre y una dirección nunca termina limpia.
Vamos a capturar a ese gusano, pero también necesito resolver un problema de la organización y no puedo perder el tiempo ni darle a esa rata la oportunidad de desaparecer.
Me llevo el vaso a la boca y me lo bebo de un trago. El calor baja quemando, directo, y acepto el ardor con placer. Oigo el pomo girar con un clic y veo a Edoardo cruzar el umbral. Cierra la puerta justo tras de sí.
—Entonces tenemos un maldito nombre y una dirección —dice, visiblemente animado.
Conozco bien esa animación: surge cuando El Diablo toma la delantera. Alzo la vista para mirarlo de frente, frunciendo el ceño.
—Siempre sin llamar, mierda —digo, impaciente—. Y sí, el hombre está en Alcamo. Voy a enviar a Francesco allí con algunos hombres.
—Ma che cazzo dici[17]? ¡Yo voy hasta allí!
—Ni de coña —me niego, meneando la cabeza—. Vas a hacer lo mismo que la última vez: matar al desgraciado antes de conseguir algo concreto, y no puedo correr ese riesgo.
Mi tono es directo y no deja margen para la negociación.
—¿Qué quieres, entonces, mi querido Don? —pregunta, con el veneno del sarcasmo rezumándole por la boca—. ¿Que me quede aquí sentado, tomándome un cafecito, mientras vosotros vais allí a divertiros sin mí?
—No voy a divertirme. Necesito ir a Nápoles.
—¿Nápoles? ¿Por qué? —Entrecierra los ojos—. ¿Qué cojones vas a hacer allí?
Me detengo por un segundo y lo miro, con la mirada cansada de quien sostiene un imperio sobre los hombros y carga una corona.
La jodida corona de un Don.
—Cosas que solo me corresponden a mí, como resolver problemas y encontrar al desgraciado de Salvatore porque nuestro tío ha organizado un negocio de armas, esas cosas —respondo—. Pero vuelvo rápido. Ya he mandado preparar el helicóptero.
Siempre hay un problema esperando a que el Don dé la espalda.
—Espérame aquí.
—No voy a esperar una mierda —replica él.
Arqueo las cejas ante la frase.
—¿Y ese tono, hermano? ¿Estás olvidando tu lugar?
Veo cómo la luz recorta la línea dura de su mandíbula y enciende esa mirada fría que conozco muy bien: desafío mezclado con irritación. Sé que es casi imposible controlar a Edoardo, así que me lo pienso mejor y decido ceder. Un poco.
Me acerco a la barra y sirvo dos vasos de mi Macallan, uno más para mí y otro que le entrego a Edoardo. Alarga la mano con rapidez, y los dedos se cierran sobre el cristal con rudeza.
Lo miro durante unos segundos, calculando el destrozo que es capaz de hacer antes de que yo vuelva.
—Vale. Ve.
Él cambia al instante: preparado, hambriento.
Levanto la barbilla, y mi voz baja un tono.
—Pero es para capturarlo. Solo eso.
—Col cazzo[18].
—Hasta que yo vuelva, joder. Después puedes jugar con él.
Doy un paso en su dirección, y la orden sale entera, sin margen de réplica.
—Nada de atrocidades, nada de espectáculo. Quiero a ese hombre útil cuando caiga en nuestras manos, ¿entendido?
—¡Quieres quitarme toda la diversión!
—Y no vas solo. Vas con Francesco y algunos hombres. Yo iré directamente hasta vosotros cuando termine en Nápoles.
Vuelvo a mi sillón y él va directo a la puerta, como si la decisión estuviera cerrada desde el principio. Pero, antes de salir, lo llamo.
—Edoardo...
Se detiene en el umbral sin mirar atrás.
—Esto es una orden, ¿capito[19]?
—Claro, su majestad —responde con ironía.
Sale del despacho riendo a carcajadas, furiosamente, y lanzando palabrotas al vacío.
Entonces, de repente, se hace el silencio.
Frunzo el ceño, pero apenas tengo tiempo de registrar el cambio, porque pocos segundos después reaparece, cierra la puerta, se sirve un poco más de whisky y se acomoda frente a mí, con el rostro pálido y el gesto agitado.
—¿Qué ha pasado, hermanito? ¿Has venido a disculparte por faltarle al respeto a tu Don? —pregunto, intrigado por el repentino cambio.
Él permanece en silencio por un momento antes de responder.
—Debo de estar volviéndome loco... —concluye, y entonces me mira con sus ojos negros, un poco receloso—. ¿Has visto por casualidad Expediente Warren?
La pregunta me pilla desprevenido y tardo unos instantes en asegurarme de que he oído bien.
—¿Qué? —pregunto, confuso—. ¿Que si he visto Expediente Warren?
—Sí, esa película de terror.
—¿De qué cojones estás hablando?
Edoardo menea la cabeza y da un largo trago al whisky, como si eso fuera a ayudarlo a aclarar la mente.
—Acabo de ver a la monja de la película pasar justo ahí por el pasillo. Creo que la avalancha de palabrotas que solté acabó invocando algo siniestro.
Amélie.
El nombre me viene a la mente en ese mismo instante y necesito esforzarme mucho para no echarme a reír. No voy a reírme justo ahora y estropearlo todo, no cuando tengo la oportunidad de vengarme del cretino.
—¿Esa monja demoníaca, aquí? ¿Estás seguro de lo que has visto?
Tiene los ojos abiertos como platos.
—¡Claro, joder! Bueno, a menos que se me haya ido la cabeza del todo. Pero ¿sabes lo más raro? Era extrañamente sexy, por lo poco que vi o imaginé... Ettore, creo que me he vuelto loco de verdad.
La palabra sexy me provoca una leve incomodidad, y la imagen de Amélie sale a la superficie: el encuentro de antes y la fantasía en la ducha. Tal vez sea yo quien se está volviendo loco. Aparto esos pensamientos antes de que me consuman.
—No creo que te hayas vuelto loco. Me parece una señal, quizá deberías dejar de hacer gilipolleces todo el tiempo, o Dios está furioso y te está mandando un mensaje —sugiero, manteniendo la expresión seria—, o el propio demonio quiere atraparte. Si yo fuera tú, tendría cuidado.
—¡No jodas!
Escucho a lo lejos el sonido del helicóptero acercándose, dirigiéndose al helipuerto que mi padre construyó expresamente para emergencias, de modo que no necesitamos ir al aeropuerto, a menos que sea necesario usar el jet privado.
—Parece que es mi señal.
Me levanto y cojo la Gladstone de cuero negro, la bolsa de mi padre, que ahora es mía.
Compruebo la Beretta M1934. Nada de elegancia moderna.
Es un bloque compacto, honesto. Fue la primera arma que mi padre me dio y, entre tantas otras, sigue siendo mi preferida.
Elegante y clásica, como el antiguo capofamiglia[20].
Amélie
Ya es de noche y ni rastro del Don. Sentada en una de las sillas, termino la lista de la compra, manteniendo la postura erguida casi sin darme cuenta. Un ruido fuerte me llama la atención y camino hasta la ventana de la cocina, que da al jardín lateral. Y entonces lo veo.
El Don atraviesa la propiedad con pasos firmes, vestido para salir y con dos hombres que lo acompañan a cierta distancia, como sombras bien entrenadas.
Siguen en dirección a un helicóptero que ha aterrizado a pocos metros de aquí, lo que significa que, además de haber vuelto ya, está saliendo de nuevo, mientras yo sigo esperando como una idiota.
El helicóptero está allí, con las aspas girando y el viento levantando hojas, polvo y revolviéndole el pelo a uno de los hombres.
Lo veo subir y el helicóptero se eleva del suelo.
En segundos, el ruido lo llena todo. Siento la vibración en el cristal de la ventana, en mi cuerpo, y eso aumenta aún más mi rabia.
Y entonces se va, sin hablar conmigo.
Aprieto el borde de la encimera hasta que me duelen los dedos.
—Ah, claro... —murmuro para mí misma—. El Don no necesita dar explicaciones a nadie, mucho menos a una monja a la que ni siquiera quería contratar.
La palabra monja tiene sabor a mentira en mi lengua, y odio eso. Odio estar mintiendo con un crucifijo en el pecho, pero odio todavía más estar atada de manos ante la enfermedad de mi hija.
La lógica es sencilla. Ha salido otra vez sin hablar conmigo porque no soy una prioridad.
Y yo no voy a quedarme aquí como una idiota, esperando la noche entera.
Necesito encontrar a alguien, informar de que voy a volver al monasterio con mi hija y necesito certezas, necesito saber si esta locura de verdad va a darme un sueldo o solo me va a dejar con los nervios a flor de piel.
Uso un imán para pegar la lista de la compra en la puerta de la nevera y coloco el bolígrafo sobre la isla, dispuesta a salir de la cocina y buscar a Filippo. Pero es entonces cuando la vida decide recordarme que, cuando entras en el territorio de los Santacroce, la lógica ya no existe.
La puerta se abre antes de que salga, y la persona que menos esperaba encontrar entra.
Parpadeo, intentando entender qué está ocurriendo. Porque acaba de salir en el helicóptero, ¡lo he visto con mis propios ojos! Pero es él, no hay duda.