Los dos lados de la misma moneda
Amélie
La cocina de la mansión es demasiado grande para que se la pueda llamar así.
Es decir, me acostumbré a eso en el monasterio, pero dudo que aquí también vivan ochenta personas como para disfrutar de tanto espacio.
Parece más un laboratorio de porcelana y acero inoxidable, con encimeras anchas, armarios que suben hasta casi tocar el techo, una isla cubierta de mármol justo en el centro y una cocina industrial con demasiados fogones.
Todos los electrodomésticos son de última generación.
Por otro lado, en la despensa no hay gran cosa, y me da la impresión de que el responsable de las compras decidió tomarse un largo descanso y los Santacroce dejaron que se acabara todo.
Y yo aquí, intentando ubicarme para ponerlo todo en orden, vestida como una monja, con las mangas largas entorpeciendo mis movimientos y el velo pesado haciéndome sudar, recordándome en cada movimiento que todo sería mucho más fácil si dijera de una vez que no soy monja y quedara libre para vestirme con más comodidad.
La elección de ocultar la verdad fue casi espontánea.
El hombre dijo que querían a alguien de confianza, yo ya llevaba el hábito y, cuando quise darme cuenta, la mentira ya se había escapado.
Además, confieso que sentí cierto temor por lo que hombres como esos, peligrosos, podrían hacerle a una chica soltera sometida a su dominio, y deduje que incluso los mafiosos respetarían más a una mujer que ha hecho sus votos ante Dios.
Por la reacción del Don al verme, quizá haya sido un error, pero es demasiado tarde para volver atrás.
Organizo todo a mi manera, no hay nadie para explicarme cómo y dónde les gusta tener los utensilios, así que voy tomando mis decisiones y dejando la cocina de la forma que me parece mejor.
Y así encuentro una forma de lidiar con el temor de estar aquí, dentro de la guarida del lobo, y con la inquietante ansiedad, manteniendo las manos ocupadas.
Abro el cajón de los cubiertos y alineo cuchillos por tamaño, tenedores, cucharas soperas y de postre, separándolo todo.
Parece ridículo hacer eso en una casa en la que los hombres van armados por los pasillos e insultan a monjas sin el menor respeto, pero el orden es una forma de fingir que todavía tengo el control de algo.
El despacho del Don, al igual que las suites, está en la planta de arriba, así que no consigo oír nada desde aquí, desde la cocina, ni saber por qué tanta demora en una simple ducha.
El Don me dijo que debía esperar, que iba a darse una ducha y que hablaríamos cuando volviera.
Se está haciendo tarde y necesito irme, pero el hombre desapareció dentro de aquella habitación y no ha vuelto.
Pedí disculpas cuando percibí mi error, pero ¿qué esperaba?
Me señaló la salida con un arma, me llamó cosas horribles y me arrastró del brazo.
Y aun así, sus palabras todavía resuenan dentro de mí, con ese mismo tono que me provocó escalofríos, un timbre que no pide, ordena.
Por no hablar del aspecto del Don Santacroce.
Esperaba encontrarme con un hombre viejo y barrigón, o bien con un rostro en el que la palabra bandido estuviera implícita, pero me recibió una visión impactante, capaz de atormentar a cualquier mujer con hormonas.
Alto, fuerte, la piel bronceada, los músculos visibles incluso bajo el traje impecable, el pelo castaño enmarcando un rostro digno de un dios.
Aquella mandíbula, la boca y los ojos negros más penetrantes que he visto jamás.
Por Dios...
Si el Don de la mafia tiene ese aspecto, se puede entender por qué Palermo e incluso Italia se inclinan ante él.
Eso no quiere decir que me guste esperar y quedarme acatando órdenes, pero aquí estoy, en una casa que huele a riqueza y pólvora, esperando al hombre del que debería huir, manteniendo la máxima distancia posible.
Oigo pasos que vienen hacia la cocina y rápidamente enderezo la postura, temiendo el rumbo de la conversación que tendremos. Pero cuando el hombre aparece en el umbral y me mira, me doy cuenta de que no es el Don.
—Amélie, tenemos un problemilla —dice Filippo, mirándome con pesar—. El Don va a tener que salir para resolver una situación, no tardaremos mucho y puedo hacer que el chófer te lleve al monasterio después. ¿Te importa esperar un poco más?
¡Claro que me importa! Alessia me está esperando y ya es casi de noche.
Pero no es lo que respondo.
—No hay problema. Iré organizando esto mientras espero. Voy a aprovechar y haré una lista de la compra, porque la despensa está vacía.
—Hazlo, por favor. Te lo agradezco.
Me da la espalda y sale de la cocina otra vez, apresurado. No sé si me gustaría saber qué necesitan resolver con tanta urgencia.
Mi mente vuelve inevitablemente al despacho.
Recogí todas aquellas cenizas con el plumero, pero obviamente no esperaba usarlo como arma ni que todo aquel polvo fuera a explotar en su rostro.
La vergüenza me consume cuando recuerdo la forma en que me miró, primero con rabia y después como si pudiera ver todo lo que el hábito cubre.
El Don Santacroce tiene ese tipo de presencia que deja claro que está acostumbrado a poseerlo todo, ya sean territorios, bienes o incluso personas.
Cojo un paño y empiezo a pasarlo por la encimera, aunque ya está limpia, lo paso y lo vuelvo a pasar, como si pudiera borrar la escena entera del despacho con la misma insistencia.
Ettore Santacroce
En cuanto salgo de la ducha, Filippo invade la habitación con noticias.
Han conseguido contactar con un informante que puede llevarnos hasta el asesino, y está dispuesto a hablar, siempre que se le pague bien.
Todo lo demás se vuelve secundario, y me visto a toda prisa para encontrarnos con el hombre.
No tardamos en llegar al punto de encuentro.
El hormigón del viaducto corta el cielo como una cicatriz sobre mí.
La ciudad pasa demasiado rápido como para que nadie perciba que aquí abajo el mundo es otro, sin reglas, sin luz, sin testigos.
El ruido distante de los neumáticos en el asfalto se convierte en un rumor constante, amortiguado.
Filippo y mis hombres están apostados más atrás, y el olor a nicotina se mezcla con el de la gasolina, mientras el motor al ralentí emite un sonido bajo y discreto.
El salpicadero ilumina mis manos con un tono enfermizo, y el reloj parece burlarse de mí a cada segundo de espera.
Mi mirada va del retrovisor al rincón oscuro entre las columnas, después vuelve a la salida. De nuevo.
La bolsa con el dinero está en el asiento del pasajero, llena. Un pago a cambio de un nombre y una dirección. Un nombre y una dirección que pueden ser la diferencia entre resolver esto rápido y permanecer en la oscuridad.
Entonces veo las luces.
Faros deslizándose por el lateral de las pilastras. Diviso el coche patrulla cortando la oscuridad. Solo, con las sirenas apagadas, lentamente.
El coche de policía se acerca despacio, como si estuviera analizando el riesgo que realmente corre al venir hasta nosotros. El haz de los faros me alcanza, entra por el parabrisas y me ciega por un segundo. Se detiene a unos metros, colocándose para bloquear la mitad de la salida.
La puerta se abre con un chasquido. El sonido resuena por el lugar desierto, multiplicado, y él sale.
Uniforme demasiado impecable para un turno de calle, rostro lo bastante común para pasar desapercibido en cualquier esquina. Pero conozco el tipo: la mirada no tiene firmeza, sino la frialdad de quien se vende por dinero.
Cierra la puerta con calma, sin prisa, y camina hasta mi coche. No bajo la ventanilla de inmediato, dejo que se acerque, espero que recuerde quién soy, que aquí, en este lado, soy yo quien manda.
El hombre se detiene junto a mi ventanilla, inclina el cuerpo, como si fuéramos dos viejos amigos a punto de hablar sobre el Derby della Madonnina[16].
Pulso el botón y la ventanilla baja hasta la mitad. Lo analizo sin prisa y percibo el nerviosismo bien disimulado, la ansiedad que intenta cubrir con arrogancia.
El policía fuerza una sonrisa.
—Don Santacroce.
Sostengo su mirada.
—¿Tienes lo que te pedí? —pregunto, sin rodeos.
Se pasa la lengua por los labios resecos.
—Este trabajo... fue más difícil que los otros.
Observo sus pupilas, el modo en que parpadea demasiado rápido. Está tenso. Joder, claro que lo está.
Baja la voz, con tono confidencial.
—Por eso va a salir más caro.
Mi estómago se contrae y entrecierro los ojos, sintiendo la misma irritación que siempre sale a la superficie cuando alguien intenta venderme lo que ya se ha pagado. No levanto la voz. No lo necesito.
—Sabes muy bien que el dinero no es problema. Ahora deja de dar vueltas y dame el puto nombre y la dirección.
El policía traga saliva y su sonrisa desaparece por un segundo y reaparece torcida, como si estuviera intentando recordar quién manda sobre quién.
Respira hondo.
—Estás... impaciente hoy.
—No. De hecho, yo soy bastante tranquilo. El impaciente es mi hermano. Pero creo que no querrás encontrarte con ninguno de nosotros cuando se nos agote la paciencia, ¿o sí?
Él vacila, la inquietud sube a la superficie. Ahora el nerviosismo ya no está disimulado.
Cojo la bolsa del asiento del pasajero sin apartar la vista de él y la alzo lo justo para que vea que el dinero está ahí, que he venido a cumplir mi parte.
—Aquí, lo acordado. Sin rodeos.
Extiende la mano, pero no se la entrego de inmediato y dejo la bolsa suspendida entre nosotros, como una soga a punto de cerrarse, y él entiende.
Sus ojos se entrecierran y, entonces, empieza a hablar rápido, como quien arranca una tirita de una vez.
—El nombre es Lorenzo Ricci. Es un sicario. Lo encontrarás en Alcamo, cerca del Santuario di Maria —explica, tendiéndome un papel doblado—. Aquí está la dirección.
Empujo la bolsa en su dirección.
—Ahora lárgate de aquí.