Ettore Santacroce La monja y el plumero #3
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La monja y el plumero #3

—Con permiso... Ahora que ya lo hemos aclarado, ¿podría simplemente... continuar con el trabajo? ¿O esto forma parte de la rutina? Porque, si es así, voy a necesitar un plumero más grande.

A Filippo le da otro ataque de risa.

—¡FUERA! ¡Los dos! ¡AHORA! —ordeno, con un descontrol que no es habitual en mí.

Doy dos pasos al frente y me detengo.

—Quiero decir... —corrijo, al darme cuenta de que soy yo quien necesita salir urgentemente—. Encárgate de este desastre, soy yo quien se va a retirar.

Me paso la mano por el pelo y siento la suciedad pegada, el polvo mezclándose con el sudor.

—Voy a darme una ducha y arrancarme esta inmundicia de encima... gracias a esta santísima hermana.

—Pero... el contrato... —todavía intenta argumentar ella.

Lanzo una mirada fría y mordaz a Amélie.

—Voy a darme una ducha y hablaremos cuando vuelva. Espérame aquí.

Cuando salgo, alcanzo a oír de nuevo las risas de Filippo a mis espaldas.

En el baño de mi suite, dejo que el agua caliente golpee mi cuerpo y descienda en hilillos por la espalda, como si pudiera llevarse el polvo y el estrés.

Me froto los brazos, el pecho, la nuca. El vapor invade la ducha, empaña el espejo y, durante unos segundos, casi consigo olvidar lo ridículo de todo lo que acaba de pasarme.

Casi.

¡Qué cojones de monjita atrevida...!

La rabia todavía late, pero no viene sola.

Cuanto más pienso en toda la situación, más se infiltra el pensamiento inmoral, traicionero, superponiéndose a todo lo demás.

Esa boca descarada y... mierda, jodidamente sexy.

El contorno de sus pechos, que se insinúa incluso bajo aquella tela pesada y larga, la curiosidad por todo lo que hay ahí debajo.

Claro que un hombre decente debería haber visto solo a una maldita monja, solo que yo no soy ese hombre, y yo vi a una mujer tentadora.

Joder...

Cierro los ojos y apoyo la frente en el azulejo frío, intentando librarme de la idea que trata de crear imágenes nada cristianas en mi mente. Me obligo a volver a lo que importa, a lo que controlo, solo que el recuerdo no obedece. Al contrario, cambia, se distorsiona y se vuelve mucho peor.

La imagen de la monja mirándome con aquellos ojos curiosos se convierte en tentación, un pecado consumado simplemente por el hecho de existir en mi cabeza. Una blasfemia...

El recuerdo regresa y la veo en mi despacho de nuevo, solo que el recuerdo se va transformando en algo diferente.

La toca blanca y el velo oscuro siguen en su sitio, pero, sonriendo con aquellos labios tentadores, la veo abrir la túnica del hábito y dejarla caer al suelo sin prisa, como una provocación calculada.

Su boca se abre para llamar mi nombre con esa lengua afilada, con esa osadía que ninguna mujer se había atrevido jamás a tener conmigo, pero ahora con otra intención.

Es el contraste lo que me vuelve loco.

Pecado envuelto en santidad.

Sensualidad cubierta de inocencia.

Y mi puto cuerpo reacciona, junto con mi polla, antes de que mi razón consiga apartar la fantasía.

¿Che merda [15]estoy haciendo?

Abro los ojos, irritado conmigo mismo, y giro el grifo hasta que el agua se vuelve casi agresiva, como si eso pudiera ahogar el fetiche que toma forma. Como si pudiera lavar el deseo con jabón, haciendo que la culpa se escurra por el desagüe junto con la suciedad.

Pero la incomodidad no desaparece, sino que sigue aquí, palpitando en mi ingle, poniéndome duro como una piedra, recordándome que no puedo controlarlo todo.

La monja con un plumero en la mano, la mirada atrevida, la valentía innecesaria. Y lo peor de todo, la sensación de que, a pesar de la furia que me despertó, a algo dentro de mí le gustó que me plantaran cara.

Mi mano baja, enjabonada, y me agarro la polla con prisa, rabia y una chispa de vergüenza.

Al diablo con esto, mejor hacerme una paja y librarme de la idea que quedarme luego comiéndome a la monja con los ojos.

No hay delicadeza ni romance, es solo necesidad cruda, mi cuerpo exigiendo alivio mientras mi cabeza intenta fingir que todavía está al mando.

Cierro los ojos, contengo la respiración y dejo que el vapor y el agua ahoguen el sonido de mi propio pecado.

Acelero los movimientos, mientras las imágenes de ella, con el velo negro y arrodillada sobre mi mesa, me llevan al clímax en minutos.

El alivio llega como un golpe, breve e inevitable, y me corro con la escena demasiado nítida, creada por mi mente sucia.

Cuando la leche se escurre por el desagüe, lo que queda es un vacío que me irrita más de lo que me satisface.

Apoyo las manos en la pared fría, respirando pesadamente, odiando el hecho de haber cedido.

Tal vez Filippo tenga razón. Tal vez debería follarme a una de las chicas de la discoteca y arrancar esta imagen de mi mente, aunque sea a la fuerza.

Eso puede devolverme la lucidez. Porque, si ella va a trabajar aquí, no puedo volver a pensar en la maldita monja de esa manera, o voy a volverme loco.

Y yo no me vuelvo loco.

Yo hago que los demás se vuelvan locos.