Ettore Santacroce La monja y el plumero #2
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La monja y el plumero #2

—El señor Filippo. —Ella traga saliva, pero sostiene mi mirada—. Él dijo que debía venir a conocerlo a usted para acordar los términos del empleo, pero, cuando llegué, vi que estaba todo muy desordenado y me ofrecí a empezar enseguida. Su despacho estaba vacío, entonces...

—¿Y pensaste que eso... —la corto, señalando la ropa con la mano, sin conseguir contener el veneno en la voz— iba a ayudar en algo?

Ella se encoge de hombros sutilmente. Es un gesto mínimo, pero lo bastante insolente como para hacerme apretar la mandíbula.

—Ayudar, no. Es solo mi ropa habitual, recatada y presentable, y no veo ningún problema con ella.

Inspiro, pero es un error, porque siento el polvo dentro de la nariz de nuevo. Por otro lado, la rabia amenaza con convertirse en otra cosa, algo que roza la incredulidad y se mezcla con las ganas de matar a Filippo con mis propias manos.

—Tu nombre —ordeno.

—Amélie.

—Amélie —pruebo el nombre en la boca y, contra toda lógica, me gusta.

En realidad, dejando a un lado la rabia que la chica me ha hecho pasar, ella, en conjunto, me gusta bastante.

Es bonita, los ojos son realmente increíbles y la boca está bien dibujada, llena y sensual, contrastando con el semblante ingenuo.

No se ve mucho del cuerpo, nada más que el busto marcado en la parte superior de la túnica, lo que acaba alimentando la imaginación.

¿Fetiche por prostitutas vestidas de monja? No. Pero parece que he decidido admirar precisamente a una monja de verdad.

¡Me cago en la puta, Ettore! ¡Concéntrate!

—¿Entonces me estás diciendo que eres una monja de verdad y que no fue el idiota de mi primo quien intentó gastarme una broma? —pregunto, volviendo a concentrarme en lo que importa.

Ella asiente.

—Sí. ¿De verdad pensó que yo me disfrazaría así para limpiar una casa? No es nada práctico, si quiere saberlo.

Lengua afilada.

Y descarada.

Suelto una risa sin humor, incrédulo ante el nivel de osadía de la monjita.

—¡Filippo ha debido de perder el juicio! Traer a una monja a la casa del Diablo. —Las palabras se escapan de mi boca antes de que decida si de verdad quiero decirlas en voz alta.

La religiosa palidece, los ojos suben directos hacia mi rostro, como si yo hubiera revelado algo muy peligroso, de lo que no la habían informado.

—Disculpe, ¿ha dicho la casa de quién? —pregunta, un poco asustada.

Aprieto los dientes, conteniéndome para no ahuyentar a la monja de aquí con un buen susto.

—De nadie. Olvida lo que he dicho...

Antes de que ella pregunte alguna otra cosa, oímos pasos en el pasillo y enseguida Filippo aparece en la puerta.

Hace ademán de entrar en el despacho, pero se queda paralizado al verme, analizándome de la cabeza a los pies con la mirada.

Por un instante, el silencio pesa y yo entrecierro los ojos en señal de advertencia.

Ignorándolo, el desgraciado pierde cualquier resto de compostura y estalla en carcajadas, una risa sonora y exagerada como hacía tiempo que no le oía.

No entro en la provocación ni le sigo la diversión, solo siento unas ganas crecientes de meterle el bendito plumero por la garganta.

Filippo aún se está riendo cuando decido interrumpirlo.

—¿Quieres explicarme por qué no mencionaste ese pequeño detalle? —Levanto la mano, señalando a la mujer frente a mí.

—¿Detalle? —pregunta, haciéndose el tonto.

—Que la persona que contrataste es una monja.

Él intenta contener la carcajada, pero falla estrepitosamente y se pasa la mano por el rostro como si aquello fuera a ayudarlo a recuperar algo de dignidad. Después de algunos instantes, se recompone lo suficiente para responderme.

—No pensé que su religión fuera relevante y mencioné que había contratado a alguien para la limpieza.

—¿Limpieza? ¿Estás ciego? ¡Mira cómo estoy! —Él ríe de nuevo, analizando mi imagen cubierta de polvo—. Además, se te olvidó hablar de la parte en que la nueva empleada venía con todo el pack de velo, hábito, rosario y la hostia, o de que le gustaba apalear a la gente con plumeros.

Amélie aprieta el mango del plumero con fuerza y abre la boca, ofendida.

—Yo no he apaleado a nadie. ¡Solo me defendí!

Filippo emite un sonido entre risa y carraspeo, intentando mantener el control.

—Primero, ¿cómo es posible que un plumero haya podido dejarte cubierto de polvo de esa manera? —pregunta, intrigado.

Pongo los ojos en blanco, consternado.

—¿Y yo qué sé? Tendrás que preguntárselo a esa hermana...

Sé que, en mi tono, la palabra hermana suena como un insulto, porque Amélie entorna los ojos al encararme y se lleva las manos a la cintura. O es muy valiente, o no tiene ni idea de quién soy.

—¡Nunca he visto un plumero acumular tanto polvo, pero hay ceniza de cigarrillo por todas partes! Un cenicero se cayó cuando limpiaba la mesa y retiré el exceso con el plumero. Si fumaran menos, esto no habría ocurrido.

—¿Lo ves? —Señalo a la mujer mientras me vuelvo hacia mi consigliere—. Por si fuera poco, no sabe quedarse callada ni ponerse en su sitio.

—Ettore, ella no iba a empezar a trabajar hoy, así que ni se me ocurrió mencionar la vestimenta. —Él mira a Amélie, evaluándola—. Y me garantizó que sabe guardar silencio, el tipo de silencio que necesitamos —completa, sugestivo.

Miro a mi primo, la paciencia pendiendo de un hilo.

—¿Estás diciendo que has traído a una monja dentro de mi casa y pensaste que era solo un detalle que no hacía falta mencionar?

La pregunta sale como una amenaza, pero, por dentro, otra cosa me incomoda más. ¿Cómo diablos iba a salir bien tener a una monja trabajando para un mafioso? Dentro de la casa del Diablo. Esto no es solo absurdo, es ridículo. Es una historia que está pidiendo salir mal.

Filippo levanta las manos con teatralidad.

—Discúlpame, Don, pero ella ha venido por el trabajo. La hermana Amélie limpia, organiza, cocina, no habla más de la cuenta y no va a entrometerse en nuestros asuntos. Me dijiste que necesitábamos a alguien decente. Bueno, lo he conseguido.

—Decente... —Apoyo la lengua en el paladar, y la palabra ahora suena amarga—. Joder, Filippo. ¿Sabes lo que parece? Parece que estás intentando provocarme.

Él inclina la cabeza y la sonrisa vuelve despacio. Al hijo de puta le encanta estar al borde del abismo.

—Yo nunca te haría eso.

Doy un paso en su dirección, solo lo justo para advertirle.

—Filippo.

Su sonrisa se apaga cuando entiende el aviso.

Amélie carraspea. Su voz suena firme a pesar del susto aún evidente en el cuerpo.