Ettore Santacroce La monja y el plumero
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La monja y el plumero

Ettore Santacroce

El chasquido seco del disparo reverbera en la galería de tiro de mi mansión. Mantengo los pies firmes sobre el hormigón, los hombros alineados, el arma pesada y familiar en la mano, apuntada a la diana. El olor a pólvora se extiende y se instala en el aire, como un aroma familiar, casi agradable.

Contengo la respiración, fijo la mira y aprieto el gatillo de nuevo.

Otro impacto, y la bala da justo en el centro.

A mi lado, Filippo observa en silencio, con esa calma de quien mide todo, incluso lo que no se dice. Bajo el arma por un segundo, compruebo el cargador por costumbre y lo encajo de nuevo con un clic limpio, definitivo.

—¿Has conseguido encontrar al personal nuevo? —pregunto, después de un rato en silencio.

—He encontrado a una persona de momento, pero es mejor de lo que esperábamos. Ya está en la casa, trabajando —responde Filippo con una media sonrisa sarcástica que decido ignorar. Probablemente aún le parece exagerado por mi parte el cambio de personal.

Vuelvo a apuntar. Mi brazo nunca tiembla. Enseguida se oye otro chasquido seco y el centro de la diana me devuelve la respuesta antes de que pueda registrarlo.

—Perfecto. ¿Le pediste que esperara para hablar conmigo?

—Se lo pedí. Le dije que debía esperar para definir los términos del contrato y conocerte. En realidad, tenía que venir aquí solo para eso hoy, pero vio el estado de la casa y quiso empezar...

Guardo el arma en la funda. El metal sigue pegado a mí, presionando mi cuerpo. No lo considero un peso, es solo un recordatorio de quién soy, de lo que hago y de todo lo que no puedo olvidar. Filippo suelta el aire por la boca, impaciente, como si mi disciplina lo irritara.

—Joder, Ettore... Sigues con esa cara de mierda —dice, con la libertad que pocos hombres tienen conmigo, adquirida a lo largo de los años—. Se ve que disparar no va a ser suficiente para que te relajes. ¿Sabes qué necesitas? Un buen polvo. ¿Qué tal si te pasas por nuestra discoteca esta noche?

—Qué cojones, Filippo. No tengo cabeza para eso —mi voz sale afilada—. ¿Yo, con un millón de problemas que resolver, y tú crees que follar es la solución? Como si yo fuera un maldito pervertido como Edoardo.

Hablando del diablo...

Como si pronunciar su nombre fuera una invitación, o un ritual que lo invocara, Edoardo aparece en el umbral, demasiado relajado para alguien que, hacía menos de veinticuatro horas, estaba rompiéndose los propios dedos contra un saco de boxeo.

—Hola, muñecas. Por la cara de nuestro Don, veo que las cosas por aquí están divertidas.

—Ah, Ettore hoy está de una alegría contagiosa.

Filippo sonríe al responder, como quien hurga en la herida a propósito.

—Que os jodan a los dos —gruño, perdiendo la paciencia.

—Siempre tan amable, mi querido hermano —replica Edoardo con ironía.

Les doy la espalda, sin mirar atrás, y salgo de la galería.

Atravieso los pasillos de la mansión a paso rápido y, al llegar al pasillo que lleva a mi despacho, advierto que al menos ese espacio ya ha sido limpiado.

Todo está demasiado organizado, y estoy seguro de que no estaba así cuando salí.

La casa siempre funcionó como un reloj, porque los Santacroce no toleran ruido donde debería haber disciplina, pero, después de verme obligado a asumir el puesto que era de mi padre, temporalmente las cosas por aquí se descontrolaron.

Al llegar al despacho, en la segunda planta, me encuentro con la puerta entreabierta, algo fuera de lo habitual que enciende una señal de alerta en mi mente. La empujo con dos dedos y entro ya con el arma en la mano, por precaución e instinto.

Lo primero que veo es el negro del hábito.

No es uno sencillo, sino un uniforme completo, con toca blanca incluida, velo, cuello rígido y una túnica que cae hasta los pies.

Por un momento me quedo paralizado, intentando entender la visión ante mí.

Después, noto que en la mano de la extraña figura hay un plumero, que empuña como si fuera un cetro ridículo.

La escena es tan absurda que mi cerebro tarda en aceptar que hay alguien aquí dentro, en mi despacho.

Vestida de monja.

Todavía inmóvil, siento el arma pesar en mi mano y la mandíbula se me tensa.

Esta vez Filippo ha ido demasiado lejos.

Que haya mujeres disfrazadas en la discoteca es una cosa, el lugar es apropiado para eso, pero que esas idioteces crucen mi puerta, sin mi consentimiento ni una orden mía, es demasiado.

Mi primera reacción no es de deseo, sino de irritación pura.

¿Por qué demonios iba yo a tener un fetiche por ver a una puta vestida de monja?

¡Y una mierda! Y si hay alguien que haría una payasada de esas, sería él, intentando relajarme de la manera que le da la gana.

Como si sintiera mi presencia, la mujer se vuelve y, de pronto, algo en mí reacciona, da un tirón, como si el aire cambiara de densidad.

Una mujer pagada para follar conmigo, vistiendo un disfraz, quizá no me causara ningún efecto, pero no es solo la ropa, es la forma en que levanta el rostro, la mirada.

No es provocativa ni insinuante, como era de esperar, al contrario, el par de ojos más azules que he visto roza la inocencia.

Actuación, con seguridad, pero de las mejores. Y es un detalle que, precisamente por conseguir alcanzarme de lleno en el pecho, causando una leve punzada en la ingle, me deja todavía más cabreado.

Avanzo y la mujer da un paso atrás, sorprendida.

Le agarro el brazo con la firmeza suficiente para no dejar lugar a dudas, con el cuidado suficiente para no hacerle daño.

Tiro de ella hacia la puerta, ya decidido a sacar a esa descarada de mi casa antes de que me convierta en una broma en boca de los hombres.

—Pero ¿qué...? —intenta decir ella, con el impacto evidente en los ojos claros.

—Dile a Filippo que no quiero ninguna puta en mi casa.

La chica abre los ojos como si yo hubiera cometido una blasfemia o la hubiera insultado. Abre la boca, pero las palabras mueren antes de nacer y su expresión se cierra. Parece ofendida, y me hace sentir como si hubiera tocado algo que no debía.

—Yo... yo no...

Pero no escucho, no le doy tiempo a que se explique, al fin y al cabo, mi paciencia ya se ha agotado. Hago un gesto con el arma hacia la puerta.

Y es entonces cuando ocurre.

El plumero sube en un reflejo desesperado y torpe, pero con una precisión cruel, y ella me golpea la cabeza con fuerza suficiente para que se me nuble la vista un instante.

El mundo explota en polvo.

Una nube gris se levanta y engulle mi rostro, mi pelo, parte de mi ropa y mis cejas.

Me atraganto en el acto, tosiendo, sintiendo cómo el polvo invade mi nariz como si me hubieran enterrado vivo en una alfombra antigua.

Me detengo, aturdido, con el arma todavía en la mano y una capa vergonzosa de polvo cubriéndome entero.

La chica aprovecha la distracción para soltarse de mi brazo con un tirón y retrocede, temblorosa, pero todavía con el plumero alzado como si fuera un arma de verdad. La monja más peligrosa que he visto en la vida.

—¡NO ME TOQUES!

La voz le sale aguda por el susto, pero con rabia suficiente para llenar el despacho, y ella tiembla, como si yo fuera a pegarle.

Me quedo paralizado, parpadeando a causa del polvo que se pega a mis pestañas, intentando entender de dónde ha sacado esa mujer semejante audacia. El polvo baja por mi frente, entrando en mi nariz, y la rabia sube al mismo ritmo al recuperarme del susto.

Enderezo el cuerpo despacio y me enfrento al prototipo de monja con el puto plumero alzado como si acabara de derribar a un demonio.

—Soy yo quien manda aquí, esta casa es mía —digo en un tono de voz peligrosamente bajo—. ¿Estás loca? Vas a salir de aquí ahora, antes de que pierda el control y le diga a Filippo...

Me interrumpo al percibir que la mujer palidece en el acto y los ojos se le abren todavía más. Noto que sus dedos aprietan el mango del plumero con fuerza, pero, en lugar de salir huyendo de aquí, me corta, atropellando mis palabras con una desesperación que suena sincera.

—¡Santo Dios! Yo he venido por el puesto, se-señor —tartamudea, demostrando por primera vez cierto recelo—.

He venido a trabajar. Fue el señor Filippo quien me contrató.

Pero no para... —El rostro delicado adquiere una fuerte coloración roja, que delata el rumbo de sus pensamientos—.

No para lo que usted pensó. Yo he venido para el puesto de limpiadora.

El final de la frase me golpea como una bofetada más humillante que el plumero. Porque, por un segundo, lo único que consigo pensar es que acabo de llamar puta a la nueva empleada, arma en mano, y que me he ganado a pulso que me agrediera dentro de mi propio despacho.

Me quito parte del polvo de las cejas con el pulgar, dejando una franja limpia en medio de la frente. A pesar de darme cuenta del error, la humillación trae consigo una nueva ola de irritación.

—¿Has venido a trabajar de limpiadora vestida así? —pregunto, señalando con la barbilla el hábito que cae hasta los pies.

Ella todavía se muestra recelosa, pero no baja el tono de voz, al contrario, levanta la barbilla como si el intruso fuera yo, y no ella.

—¿Nunca ha visto a una monja antes? —pregunta, frunciendo el ceño.

Atrevida. La palabra atraviesa mi mente como un veredicto.

Bajo el arma, pero no la guardo, la mantengo junto al cuerpo, con el dedo lejos del gatillo y el control volviendo poco a poco. Mi mirada recorre sus vestiduras, el velo, el cuello. El crucifijo. La escena sigue siendo ridícula, pero la verdad empieza a imponerse con fuerza.

Realmente no parece una de las chicas de la discoteca. Debe de tener poco más de veinte años y, como constaté en un primer momento, su semblante desprende inocencia.

Parece alguien que realmente vendría a trabajar.

—Sí, las he visto. Pero suelo ver monjas en la iglesia —¿desde cuándo voy yo a la iglesia?—, no en mi despacho con un plumero en la mano. ¿Y quién te dijo que entraras aquí?