Ettore Santacroce Una propuesta tentadora #4
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Una propuesta tentadora #4

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente: mi corazón se acelera y, aun sabiendo que no debería, pregunto.

—¿Vacante... de qué?

—En realidad son dos. Necesitamos urgentemente una limpiadora y una cocinera, personal para mantenerlo todo en orden.

Siento que se me seca la garganta.

Dios sabe cuánta falta me hace el dinero para cuidar de Alessia, pero esto...

—Entiendo.

Filippo esboza una sonrisa breve, casi divertida.

—Has mencionado que cocinas. Quizá conozcas a alguien más que cocine o que haga limpieza. No alguien de fuera, ¿alguna de las hermanas, tal vez? Por cierto, ¿ellas trabajan fuera?

Vacilo, trasladando el peso del cuerpo de una pierna a la otra.

—La mayoría ha hecho votos y debe vivir y trabajar solo en el convento.

—¿La mayoría? Tú pareces ser una excepción a casi todo aquí: puedes hablar, puedes tener una tableta... —me provoca—. ¿También puedes trabajar fuera? Pareces una mujer..., digo, una monja competente.

Me oigo respirar más fuerte de lo que debería. Sé que debo decir que no, alto y claro, pero la imagen de Alessia surge en mi mente: la piel caliente, los ojos cansados, las sesiones que nos esperan.

En menos de un minuto lo repaso todo. Estos hombres son peligrosos, pero son el tipo de gente que podría conseguir todo lo que necesito: documentos falsos para una nueva vida, protección. Tiempo.

—¿Pagáis bien? —La pregunta se me escapa antes de que consiga formularla mejor.

Sus ojos verdes brillan y no sé si es aprobación o sarcasmo.

—Pagamos por el servicio, pero también por discreción y eficiencia —responde—. Así que, sí, pagamos muy bien.

Siento un impulso casi infantil de agarrar la oportunidad con las dos manos.

—¿Y cuáles son los requisitos? —continúo, comprometiéndome demasiado.

Filippo inclina la barbilla, evaluándome, como si estuviera decidiendo si soy un problema o una solución.

—El principal requisito es ser alguien de confianza —dice—. Y no hablo de currículum, sino de lealtad, de silencio, de no ir contando cosas de un sitio a otro —añade, poniéndome a prueba.

Silencio. Bueno, yo sé guardar silencio. Llevo años sin tener con quién hablar por aquí, y, si me pagan bien, eso me ayudará con el tratamiento de Alessia. Sin duda seré leal.

—Sé quedarme callada. No cotilleo. Al fin y al cabo, ¿con quién hablaría aquí? ¡Y soy una monja! —miento por primera vez—. No hay mujeres más leales. Así que, si la vacante está realmente disponible y encajo en los requisitos, me gustaría intentarlo.

La frase flota durante un segundo, pesada, y siento como si todo el monasterio contuviera la respiración conmigo. Filippo levanta una ceja.

—¿Te gustaría? ¿De verdad? —pregunta, dejando por fin que se le note la sorpresa.

—Quiero decir, creía que me estabas ofreciendo la vacante de una manera sutil...

—Lo estaba haciendo, pero no imaginaba que fueras a aceptar.

Elijo mis palabras con precisión quirúrgica.

—Es que soy una excepción en el convento —digo—. Puedo ir y volver, y, por razones personales, necesito dinero. Cosas de familia. Así que me gustaría intentarlo.

Filippo se queda callado durante un instante, mirándome directamente. Hay una inteligencia fría en su mirada, una lectura rápida de cosas que no estoy diciendo. De repente, siento que ve más de lo que debería.

—Necesito que sea alguien de confianza —repite, más despacio, como si fuera una advertencia.

Y yo asiento rápidamente.

—Ya he dicho que nadie sería más de confianza que una... mujer de Dios.

El estómago se me revuelve en ese mismo instante, porque no me gusta mentir, sobre todo a un hombre de la mafia. No soy monja, pero vivo entre ellas, trabajo aquí y ayudo en las tareas, así que es casi como si lo fuera, ¿verdad?

Por un segundo, elevo una plegaria a Dios, pidiendo ayuda solo una vez más para que esto salga bien.

Si todavía se acuerda de mí, ¡que me eche una mano! Después de todo lo que he pasado, me lo merezco. Alessia merece esta oportunidad.

—Entonces vamos a hacer lo siguiente —dice Filippo, interrumpiendo mi sorprendente momento con Dios—. Vienes conmigo para conocer al Don y ver la casa, habláis y, si llegáis a un acuerdo, firmamos el contrato y empiezas. ¿Qué me dices?

—¿Hoy? Quiero decir... ¿ahora? —pregunto, y mi voz falla un poco.

—Hoy —confirma—. Al Don le gusta mirar a los ojos a quien va a entrar en su casa. Es una cuestión de seguridad.

Pienso en negarme, pero entonces me acuerdo de ella, de aquella habitación, del futuro incierto.

Y, al final, si esta es la oportunidad que va a acercarme al dinero, al tratamiento, a una posibilidad, vale el riesgo.

Y, quién sabe, quizá esta sea la respuesta que llevo pidiéndole a Dios, sin éxito, todo este tiempo.

¿No dicen que Dios escribe recto con renglones torcidos? Pues entonces.

—Acepto, pero antes necesito avisar a la madre.

Filippo asiente en señal de acuerdo.

—Avísala —concede—. Te esperaremos en el portón. Tienes diez minutos.

Hago un gesto de aceptación y empiezo a caminar en dirección al pasillo interior, sintiendo el peso de esta decisión.

Tal vez sea realmente una respuesta de Dios, pero no importa. Por mi hija, iría hasta el infierno.