Una propuesta tentadora #2
La única manera de enfrentarme a mi pasado sería tener a mi lado a alguien con aún más poder que pudiera defenderme. Ese no es el caso de la madre abadesa. Ella puede esconderme y darme cobijo, pero no puede enfrentarse a personas tan poderosas.
Termino de ponerme el hábito que me dieron y me ajusto la toca en la cabeza, cubriéndome el pelo rubio característico de mi familia y la frente.
Después me pongo encima el velo negro, del mismo color que las largas vestiduras, y termino con el crucifijo que suora Chiara me dio en cuanto llegué al convento.
—Mamá vuelve enseguida —le digo a Alessia, tumbada en la cama, jugando con una muñeca vieja que recibimos en alguna donación—. La suora Solaine se quedará contigo. Si necesitas algo, puedes pedírselo a ella.
Alessia asiente repetidamente.
Dejo a las dos en la habitación. A veces pienso que, si tuviera con quién hablar o juguetes con los que divertirse, Alessia sería más feliz, incluso más sana, pero, por desgracia, esta es nuestra vida ahora.
Como el monasterio está en una zona rural, pero en lo alto de la ciudad, es posible ver toda Palermo desde aquí arriba al salir por los portones.
La carretera está pavimentada, pero la caminata es larga, sobre todo con esta ropa oscura y pesada, así que pido un taxi que me deja en la puerta de la tiendecita, en el centro de la ciudad.
Nadie, aparte de las hermanas, sabe que no soy realmente una de ellas.
Todos los clientes que compran nuestras velas me tratan como suora Amélie o hermana Amélie, y yo prefiero que sea así.
Incluso he llegado a rezar algunas oraciones que me pidieron, justo al principio, cuando mi relación con Dios no estaba tan quebrantada.
—¡Buongiorno[13]! —saludo a doña Ada al entrar en el establecimiento—. He traído su pedido: diez velas de bergamota y romero.
Doña Ada sale de detrás del mostrador, muy sonriente, y viene a mi encuentro.
—¡Buongiorno, hermana! ¡Que Dios la bendiga!
—¡Amén! Que él esté también con usted y con su familia.
No me entretengo mucho en el mercado: solo entrego las velas y recibo el pago por ellas.
Doña Ada incluso me hace llevarme un paquete de pastelitos preparados que, según ella, son un agradecimiento por haber venido hasta aquí.
Ella no lo sabe, pero tengo a alguien en el monasterio que se pondrá muy feliz con esta recompensa.
Salgo caminando por las calles empedradas, observando embelesada las construcciones históricas y la hermosa arquitectura de la ciudad.
Palermo es bellísima. Italia, en general, es un país que siempre me ha encantado, y es una pena que esté siempre encerrada entre los muros del monasterio y no pueda conocer más de todo esto.
Llego al Ospedale Civico di Cristina Benfratelli, que, aunque está en la zona sur de la ciudad, sigue siendo de fácil acceso desde el centro histórico.
Y es donde Alessia está recibiendo tratamiento gratuito.
Mi sueño es ir con ella al ISMETT, en un día precioso en que el equipo médico nos diga que por fin han conseguido el riñón y que haremos el trasplante. Pero, mientras tanto...
Voy a recepción y pido hablar con el médico. Esa es una de las ventajas del hábito: la gente siempre es solícita y enseguida consigo recoger los resultados de los análisis de Alessia y dejar programadas sus próximas sesiones.
Compruebo la hora en el discreto reloj de pulsera y apresuro el paso para volver. La madre me había informado de que hoy recibiríamos una donación, y necesito estar en el convento para hablar con los donantes.
Vuelvo a pedir un taxi cuando llego cerca de la salida de la ciudad, para que el trayecto no le salga demasiado caro al monasterio, y regreso todavía aferrada al paquete de pastelitos, como quien carga con un tesoro.
El portón del convento chirría cuando lo empujo, pero, extrañamente, hoy el sonido no resuena en el silencio habitual, sino que se pierde en lo que parece un murmullo de voces.
Masculinas. Curiosa, escucho con más atención y oigo pasos pesados en el patio.
Cuando me giro, percibo que también se oye el ruido hueco de unas cajas al dejarlas en el suelo.
La madre abadesa está de pie cerca, mirando a los extraños con expresión de desaliento, mientras uno de ellos hace varios comentarios que ella no desea contestar. Al parecer, he llegado justo a tiempo.
Vacilo, deteniéndome un instante, al darme cuenta de que hasta el aire parece diferente ahora que ellos están aquí, más denso.
El olor a cera e incienso, que normalmente me recibe cuando vuelvo al monasterio, ha sido sustituido por el olor a gasolina y humo de cigarrillo.
Veo dos furgonetas negras aparcadas cerca del claustro, demasiado grandes para un espacio creado para la paz.
Lo que más me causa extrañeza, sin embargo, es ver hombres aquí dentro.
Demasiados hombres.
Están repartidos por el patio como si el lugar les perteneciera.
Algunos descargan cajas de una de las furgonetas, mientras otros permanecen de pie, con los brazos cruzados, observándolo todo como si el peligro pudiera venir de algún modo de nosotras.
Incluso a cierta distancia, reconozco la rigidez de los hombros, la forma de los cuerpos, siempre preparados para avanzar, y las armas que asoman discretamente bajo las americanas, pero que no me pasan desapercibidas. Probablemente son guardaespaldas.
Siento que se me encoge el estómago, no es exactamente miedo. Si están aquí para hacer una donación, seguro que no tiene nada que ver conmigo. Aquí estoy a salvo, pero, aun así...
Es en ese instante cuando la madre me ve. Primero abre los ojos de par en par y enseguida sonríe ampliamente, levantando las manos al cielo como si agradeciera mi llegada. Luego hace un gesto con la mano para que me acerque.
—¿Está todo bien, madre? Perdone el retraso...
Sus manos toman las mías en una petición silenciosa, y siento sus dedos rígidos, tensos.
—¿Qué está pasando? —pregunto, entrecerrando los ojos.
La madre lanza una mirada rápida en dirección a los hombres y suelta mis manos para sacar un bloc de notas del bolsillo. Sus dedos se mueven rápidamente sobre el papel, sujetando el bolígrafo entre ellos.
Han venido a traer donaciones. Pero quieren una lista de nuestras necesidades para el próximo mes.
Leo el recado, frunciendo el ceño.
—Bien, ¿y dónde están las demás?
La madre me lanza una mirada asustada y después mira al hombre que está de pie detrás de ella. Él sonríe, como si supiera exactamente el impacto que eso causa en la pobre monja.
Están escondidas. Tienen miedo de ellos.
—¿Miedo? ¿Por qué iban a tenerles miedo? —pregunto, y solo cuando oigo la risa ahogada del hombre me doy cuenta de que he hablado demasiado alto.
Ella vuelve a escribir, todavía más rápido.
Todo está bien. Coge este cuaderno para anotarlo todo, recibe las donaciones, responde a sus preguntas y pásales todo lo que necesitamos. Después cierra bien los portones y ve a mi despacho.
¿Cerrar bien los portones? Qué conversación tan extraña...
Pero, antes de que pueda hacer alguna pregunta más, la madre corre hacia el interior del monasterio, y el único vestigio de su presencia son sus largas vestiduras, que desaparecen pasillo adentro.
—Está bien... —digo en voz baja, para mí misma. Después elevo el tono para resolver esto de una vez—. ¿Quién es el responsable?
El hombre me hace una seña con naturalidad. Está cerca de la segunda furgoneta, al lado de una pila de cajas colocadas con una organización casi militar, limitándose a inspeccionarlo todo.
No es el más alto, pero parece ocupar más espacio que los demás.
Lleva un traje a medida que le sienta tan bien que parece confeccionado para su cuerpo.
La tela es oscura e impecable, y no combina con el polvo del patio ni con el olor a gallinas del corral.
Su porte es el de un hombre fuerte, pero sin exagerar: hombros anchos y el pelo muy negro.
Doy algunos pasos en su dirección y él me mira con unos expresivos ojos verdes, un tono de verde claro que destaca absurdamente contra la ropa y el pelo negros, los coches negros, las armas negras, como si sus ojos fueran el único punto de color.
Tiene un rostro guapo y amable. Parece un abogado de éxito o un empresario, pero percibo el peligro en él.
Quizá sea algo en la expresión o en la forma en que sonríe.
Cuando llego muy cerca, uno de los otros hombres me mide de arriba abajo y el que está al mando levanta solo dos dedos, en un gesto mínimo, pero que basta para que el hombre retroceda un paso, obediente.
Noto un tatuaje en su mano, una cruz con algo escrito que no consigo leer sin ser demasiado indiscreta.
El que está al mando me mira durante un largo segundo, evaluándome, y entonces esboza una sonrisa educada, casi ensayada.
—Buonasera [14]—dice—. ¿Tú eres la hermana que habla? —pregunta, arqueando las cejas.
La pregunta está formulada de una manera tan graciosa que parte de la tensión se disipa, y necesito esforzarme para contener la risa.
—Sí, me llamo Amélie —respondo.
No explico que no soy monja, que no soy una hermana. Esa es precisamente la belleza de mi disfraz: he aprendido a sobrevivir diciendo solo lo necesario.
—Amélie —repite, asintiendo—. Yo soy Filippo.
—La madre me pidió que recibiera las donaciones y organizara el inventario —digo, manteniendo la voz tranquila—. También explicó que queréis una lista de nuestras necesidades para el próximo mes.
—Y dime una cosa, Amélie. ¿Cómo te explicó la madre todo eso? —pregunta, intrigado—. Porque llevo aquí cuarenta minutos intentándolo y no he conseguido arrancarle ni una palabra.
Esta vez no consigo contener el esbozo de una sonrisa.
—Lo escribió —explico, encogiéndome de hombros—. Las hermanas han hecho voto de silencio aquí, en el monasterio. No es nada personal.
Filippo asiente con un gesto. Todavía le parece todo muy divertido.
—Eso no fue personal, pero apuesto a que la forma en que las hermanas corrieron hacia el interior cuando llegamos sí lo fue.