Una propuesta tentadora
Amélie
El huerto de frutales detrás del monasterio es algo único: huele a tierra húmeda mezclada con paja vieja, hojas de limonero aplastadas y, bueno, gallinas.
Es un olor casi crudo, que me recuerda que la vida funciona así, en las cosas más sencillas, y me hace sentir placer solo por poder vivir esos momentos con mi hija, en los días buenos.
Alessia camina a mi lado, con una cestita pequeña colgada del bracito.
Da pasos cortos y concentrados, como si andar fuera una misión demasiado importante como para distraerse.
Creo que, a los dos años y medio, lo es.
El sol caliente traspasa los muros altos del patio, y por un instante me alegra ver que ella parece exactamente lo que debería ser: una niña alegre y sana.
Tiene las mejillas un poco más sonrosadas y los ojos azules brillantes.
Le até el pelo en una coleta torcida, hecha con prisa.
Parece mejor, pero sé lo peligrosa que suena esa frase y lo aprendí de la forma más cruel.
Alessia está bien, pero solo hasta la próxima sesión, hasta la próxima vez que a su cuerpecito frágil haya que recordarle que no logra hacer por sí solo lo que debería.
Hasta dentro de unos pocos días, cuando tenga que sostener a mi bebé en brazos mientras la aguja entra y el mundo se reduce a un zumbido constante y a mi sonrisa mentirosa.
—¡Mamá, mira! —Alessia señala a una gallina marrón que viene corriendo, con el cuello estirado, como si llegara tarde a la comida.
—Parece que esa de ahí cree que has traído comida solo para ella —digo, intentando sonar más ligera que mis pensamientos.
—Es Cotilde... —dice ella, con una sonrisa enorme.
—¿Clotilde? ¿Le has puesto nombre a la gallina, amor? Mamá ya te ha dicho que no son mascotas —explico por milésima vez.
El problema no es exactamente el nombre, sino el hecho de que las gallinas del monasterio, igual que el huerto y los cerdos que aparecen de vez en cuando, están destinadas a la cocina, y no quiero ver a Alessia llorando por la gallina después.
—No hay poblema, mamá. ¡Todas tienen nombres!
Santo Dios...
Decido ignorarlo por ahora y abro la lata de pienso.
El sonido seco de los granos al volcarse en el cubo llama a toda la bandada y, enseguida, todas las gallinas se acercan en una coreografía caótica, entre plumas erizadas y picotazos rápidos.
Alessia suelta una carcajada al ver a los animalitos escarbando, y yo siento esa risa dentro de mí como un rayo de sol que surge tras un día nublado.
Me agacho, vierto un puñado en el suelo, y ella me imita, con los deditos pequeños abriéndose y cerrándose, dejando que los granos se deslicen entre las manos como arena. Alessia no parece cansada hoy: no apoya la cabeza en mi hombro y las ojeras han desaparecido.
Es un buen día.
—Mami... —me llama con esa voz que siempre me desarma—. ¿Me cuentas la histolia de la plincesa?
Me quedo parada durante un segundo, con el cubo en la mano. La historia de la princesa es una historia triste que intenté reinventar para que sonara mejor a oídos de una niña. Empecé a contarla varias veces, siempre antes de que se durmiera, y, deliberadamente, nunca llegué al final.
—¿Otra vez? —Me cruzo de brazos, aún con el cubo en la mano, intentando escabullirme—. Esta ya te la sabes...
—Yo no lo sé todo —replica, seria, y eso me hace sonreír de verdad.
Cierro la tapa del cubo y lo apoyo en la pared. Cogiéndole la mano, caminamos despacio hasta la valla del gallinero, donde la sombra es más fresca. Me siento en un banco de madera, la atraigo hacia mi regazo y ella apoya la cabeza en mi pecho.
—Érase una vez... —empiezo, y dejo que el tono de mi voz adopte ese timbre casi mágico, propio de quien narra un cuento de hadas— una princesa que vivía en un palacio con torres tan grandes que tocaban el cielo.
Alessia asiente, mueve la cabeza de una forma adorable, llena de expectación, y yo la estrecho más contra mí.
—Tenía una habitación enorme, ¡con una tele gigante!
—Mamá, la plincesa no tenía tevelisión... —me interrumpe, con el ceño fruncido.
—¿Ah, no? —pregunto, divertida por la idea que tiene de la realeza.
—¡No! Tenía vestidos —explica.
Claro, se me olvidó que la historia debe ser de época.
—Es verdad, tenía una habitación llena de vestidos que brillaban tanto que parecían estrellas.
En mi mente, la habitación sigue siendo muy nítida: las lámparas de araña, la cama con dosel y los vestidos, no con tanto vuelo como imagina la cabecita de Alessia.
—Y la princesa hacía... —retomo, intentando concentrarme— cosas de princesa: aprendía a bailar sin equivocarse, a sonreír en el momento adecuado y hasta a decir que sí cuando en realidad quería decir que no.
Esa parte se me escapa sin querer y le beso la coronilla, como si el gesto pudiera borrar lo que he dicho.
—¿Ella ela tliste? —Alessia frunce el ceño, siempre perspicaz.
—Un poquito —admito—. Porque la princesa lo tenía todo, pero nunca podía hacer lo que quería.
Y recibía palizas semanales.
—Mmm... ¿y después? —insiste.
—Un día, vio a un guardia en el portón del palacio.
Alessia abre mucho los ojos.
—¡Y él ela muncho guapo!
—Sí, creo que sí. Llevaba un uniforme sencillo, pero miraba a la princesa de una forma que la hacía sentirse especial.
Pobre princesita...
—Y la princesa, bueno, se enamoró de él así, a primera vista, y pasaba siempre por el portón solo para ver al guardia e inventaba excusas para hablar con él —continúo.
—¡Ella quelía verlo! —dice Alessia, celebrándolo.
—Quería —confirmo—. Y un día, cuando nadie miraba, el guardia habló con ella.
—¿Qué dizo? —Alessia abre la boca, completamente absorta.
Miro a las gallinas, ahora más alejadas, a la valla torcida del gallinero, y por un instante deseo terminar la historia en ese punto.
Él dijo un montón de tonterías y a la princesa le pareció un tonto y nunca más quiso verlo.
¿Cómo serían las cosas si todo hubiera ocurrido así?
—Dijo... que ella no tenía que ser solo lo que le ordenaban ser. Que podía ser quien quisiera.
—¿Pero ellos elan novios?
—A escondidas, sí, porque la princesa no podía salir con el guardia y eso no le gustaría nada a su familia.
—¡Se escapan! —completa, porque ya se sabe el cuento de memoria, al menos hasta ahí.
Aunque muchas partes estén inventadas y fantaseadas para que parezca más bonito de lo que realmente es.
—Se escapan —concuerdo—. Pero entonces el guardia no puede quedarse con ella porque un brujo malvado se lo impide a los dos.
Alessia me mira como si hubiera dicho la cosa más horrible del mundo.
—Oh, no... —Su voz suena preocupada.
—Sí, pero todo sale bien. La princesa tiene una hija y encuentra amigas que les dan una casa nueva a las dos.
—Pero... ¿pero y el nomio?
—No volvió a verlo, pero las dos princesas viven en un lugar precioso, donde se despiertan con... el sonido de las olas y comen pan calentito —improviso.
Pan calentito y olas del mar. La realidad casi me hace reír, ya que nuestro pan lo hago yo misma aquí, en el convento, y las olas están muy lejos.
No se pueden oír desde aquí. Los únicos ruidos que me despiertan en muchas madrugadas son el de la respiración descompasada de Alessia y el de mi corazón, que se dispara de preocupación.
—Y viven felices —concluyo y dejo esa frase en el aire para terminar la historia.
Alessia se queda en silencio un instante y juega con el borde de mi delantal, tirando de la tela con los dedos.
—Mamá...
—¿Qué?
—¿La plincesa no se casó?
Vacilo. Tal vez debería haber inventado esa parte y haber dejado el final más romántico.
—No se casó...
Alessia frunce la nariz, como si hubiera comido algo estropeado.
—Esa histolia no es ponita —declara.
Sonrío. Todavía pronuncia mal muchas palabras y cambia las letras, pero no consigo corregirla porque me parece muy mona.
—¿Te ha parecido mala? —le pregunto, preguntándome qué diría si lo supiera todo.
—Sí —confirma y mueve la cabeza, como una adulta diminuta juzgando una obra de alta literatura—. Acaba fea.
—¿Fea? —repito, intentando esquivar la respuesta.
—¡Sí! —Cruza los bracitos, ofendida—. ¡Plincesa tiene que casarse, tiene que haber fiesta y una talta de diez pisos!
El comentario me hace reír en voz alta. No sé si tiene idea de lo que sería una tarta de diez pisos, pero daría para alimentar al reino entero de la princesa.
—Pero es que el guardia se fue, ¿recuerdas?
—¡Pero podía haber un plíncipe! Muncho más guapo...
Siento una opresión en el pecho. Es una sensación de tristeza y, al mismo tiempo, de dulzura por vivir esos momentos sencillos a su lado.
Un príncipe que honrara su título y rescatara a la princesa en un caballo blanco. Si fuera posible...
Le beso la frente y le acaricio los cabellos dorados.
—Tienes razón —digo, y mi voz se vuelve más suave—. Te mereces un final mejor que ese. Voy a pensar en algo.
Ya son más de las dos cuando la hermana Solaine llega para quedarse con Alessia. Hoy no voy al taller: necesito ir al mercado a hacer una entrega de velas y, después, al hospital a recoger los resultados de unos análisis de Alessia y hablar con el médico.
Por lo general, todo lo que requiere contacto directo con otras personas, la madre acaba delegándomelo a mí, ya que soy la única aquí que puede mantener una conversación y dar las explicaciones necesarias. Por eso hago las entregas a los clientes y recibo las donaciones.
A pesar de no haber hecho votos y de no ser una monja de verdad, siempre que salgo del monasterio uso la ropa tradicional de las monache, con el hábito completo, cubriéndome el pelo.
Así evitamos preguntas innecesarias sobre por qué una mujer que no es monja está acogida por el convento, y además funciona como una especie de disfraz.
La verdad es que, desde que llegué a Italia, no ha ocurrido nada que me haya hecho pensar que me siguieron hasta aquí o que sospechen de mi paradero, pero, precisamente por haber encontrado un refugio seguro, hago lo posible por mantenerlo todo igual y pasar desapercibida.