Ettore Santacroce Una rata en la mesa #3
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Una rata en la mesa #3

—No lo querías, pero crees que lo hice por fastidiarte.

No fue así. Tengo otros planes para ti, pero necesitas tener paciencia y volver a centrarte.

Sé que tenemos nuestras diferencias, pero no es momento para eso.

Estás irritado porque interrumpí tu carnicería de antes, lo entiendo, pero sabes que lo hice porque necesitaba respuestas.

Él sopesa mis palabras, moviendo el rostro hacia un lado, de forma que deja la corta cicatriz a la vista.

—¿Está muerto? —pregunta, refiriéndose al sospechoso.

Asiento y veo una sombra de alivio en sus ojos.

—Lo está. Y aunque a veces no estemos de acuerdo en cuanto a los métodos, conseguí extraer un dato de aquel maldito, y he venido aquí a ponerte al corriente.

Edoardo aprieta la mandíbula, la irritación pasa por su rostro como un relámpago, antes de soltar el aire por la nariz.

—¿Qué conseguiste? —pregunta, cogiendo una toalla en el rincón con la que se seca el rostro.

Su tono es de urgencia y curiosidad.

—Antes necesito que me des tu palabra de que vas a ser capaz de acatar mis órdenes y no vas a salir a hacer una salvajada por tu cuenta. Estamos juntos en esto.

Suelta una risa corta, sin humor.

—Sangre y lealtad por encima de todo lo demás... —dice, y la voz le sale casi como un hilo, susurrada, pero es suficiente para mí.

Bajo un poco el tono, igualándolo al suyo.

—Fuimos traicionados por alguien de dentro.

Sus ojos se endurecen en el mismo instante.

—¿Quién?

—Murió antes de darnos nombres, y eso es lo que tenemos que descubrir. Te necesito ahora, pero con la cabeza en su sitio. Solo Filippo, tú y yo tenemos esta información, necesitamos actuar con cautela.

Edoardo permanece inmóvil durante un segundo, como si la palabra cautela fuera un insulto.

Su irritación es nítida, llego a oír el chasquido de los dientes apretados, además de ver la mandíbula endurecida.

Tira de las vendas de las muñecas y las manos con fuerza, como si el movimiento también pudiera arrancarle la piel, y las arroja al suelo.

—Cautelosos los cojones… —replica, con la voz baja y áspera—. ¿Después de que alguien de dentro escupiera en nuestra mesa?

Camina hasta el saco de boxeo y da un golpe corto, seco, solo para descargar. El saco se balancea pesado, gimiendo en las cadenas. Edoardo ni parpadea.

—¿Qué más sacaste de aquel gusano? —pregunta, girando el rostro hacia mí, con los ojos entrecerrados.

Respiro hondo, al fin y al cabo, mi objetivo aquí es amansar a la fiera y no instigarla, y Edoardo irritado es como un terremoto buscando una ciudad sobre la que caer.

—Nada. Si tuviera algo más, si supiera quién fue, ya te lo habría entregado.

Pero ahora sabemos que no fue un golpe de azar ni una oportunidad que surgió sonriendo para nuestros enemigos.

Fue algo calculado. Lo hizo alguien con acceso a la rutina, los horarios y el personal, algo que solo alguien de dentro de la casa podría conseguir sin levantar nuestras sospechas ni las de Filippo.

Edoardo suelta una risa corta, con la rabia brillándole en los dientes.

—Entonces, además del que ha muerto, tenemos otra rata, solo que esta se sienta con nosotros.

—Probablemente se sentaba, comía, lo observaba todo, solo esperando. —Me acerco un poco, manteniendo la voz firme—. Y por eso te necesito entero. Si tú estallas ahora, el traidor desaparece, si hacemos demasiado ruido, se esconde más hondo. Necesitamos que crean que están a salvo.

Se pasa la mano por la nuca, esparciendo el sudor, y los dedos le tiemblan de rabia.

—¿Solo nosotros y Filippo sabemos esto? ¿Y el tío? —pregunta, con los ojos entornados.

—Joder, Filippo estaba allí en ese momento y es como un hermano, pero le pedí que no se lo contara ni al tío Giuseppe. Confío en nuestro tío, pero no confío en las paredes de su casa y nadie más puede saberlo. Ningún caporegime, ningún soldado, nadie. Ni Francesco.

Los ojos de Edoardo se entornan.

—¿Quieres ocultarle esto a nuestro jefe de seguridad?

—Te quiero vivo. —Las palabras salen duras, pero no retrocedo—.

Lo primero que pensé fue que alguna mafia rival podría haber hecho esto, nunca imaginé que alguien dentro de casa quisiera la muerte de nuestro padre.

Él no se ganaba enemigos en la famiglia —digo, expresando un pensamiento que viene atormentándome desde que lo descubrí.

Edoardo esboza una pequeña sonrisa.

—De verdad no tienes ni la menor idea, ¿verdad?

Entrecierro los ojos, intentando entender qué quiere decir.

—¿No tengo ni idea de qué?

—¿Crees que el Don era un santo? Solo te digo una cosa, tú eras el heredero del trono, fuiste colocado en un pedestal y, para ti, él era el padre perfecto. Pero mucha gente odiaba a nuestro padre, Ettore. Te lo garantizo.

—Claro que lo odiaban, joder —rebato, impaciente—. ¡Era el Don de la Cosa Nostra!

Edoardo se acerca despacio, y siento su rabia todavía bajo la superficie.

—Cautela, entonces. —Inclina la cabeza—. No importa si el Don era un ángel o un demonio, quien hizo esto rompió el orden de las cosas, nos faltó al respeto, fue desleal y eso no puede quedar impune. Lo haré como quieras, explícame dónde encajo en el plan.