Ettore Santacroce Una rata en la mesa #2
8%

Una rata en la mesa #2

Conozco a Edoardo desde que nacimos, treinta y seis años de diferencias y un amor fraterno, deforme y complejo, mucho antes de que él aprendiera a disfrazar al monstruo.

Antes de que el apodo lo transformara en una leyenda, antes de que El Diablo pasara a ser un nombre susurrado por los rincones oscuros, con respeto y pavor.

En esencia, somos muy diferentes, pero físicamente somos prácticamente copias el uno del otro, y solo nos diferencia la cicatriz, un pequeño tajo en su rostro, hecho por el único enemigo que ya consiguió acercarse lo suficiente, según la historia que él cuenta.

Por mucho que Filippo tema una pelea o el caos de un enfrentamiento entre nosotros, sé exactamente cómo tratar con mi sombra, mi gemelo diabólico.

Entro en mi Maserati Quattroporte Trofeo, negro como el velo negro de la madrugada que se despliega ante mí.

Arranco y los 580 caballos despiertan con un sonido grave que genera un temblor en el volante y sube por mi brazo.

Necesito sentirlo, la adrenalina cruda de un motor que responde como si tuviera dientes.

Mientras mis escoltas se posicionan para acompañarme, yo ya me pongo en marcha, consciente de que tendrán trabajo para mantener el ritmo casi musical del V8.

Edoardo y yo siempre hemos vivido con nuestro padre, al fin y al cabo, así es como viven las buenas familias tradicionales italianas, pero desde que alcanzamos la mayoría de edad ambos tenemos nuestros refugios fuera de los dominios del Don, tanto para llevar mujeres cuando eso todavía podía herir el honor de nuestra madre como para descansar del apellido Santacroce.

Por eso, cuando no está en la mansión, sé exactamente dónde encontrar a mi hermano.

A esta hora de la madrugada, solo puede estar en su fortaleza, evitando verme la cara. Edoardo es excéntrico, y, como su dueño, su residencia particular es como un castillo moderno, construido para mantener el mundo fuera.

Cuando me acerco, el portón se abre antes incluso de que me detenga.

Los hombres de mi hermano reconocen el coche y uno de ellos hace un gesto rápido y se acerca para cumplir con la inspección de rigor.

Soy el Don, pero no me opongo. Las reglas son reglas.

La seguridad no es un detalle negociable, sobre todo después de que haya caído un Don.

El patio tiene las luces encendidas, pero la atmósfera es nocturna, casi sepulcral.

Igual que a mí, a Edoardo no le gusta tener a muchos hombres pisándole los talones, y aunque sea responsabilidad suya coordinarse con nuestro jefe de seguridad y organizar, en la práctica, los ataques y las defensas de los soldatos[11], cuando se trata de su descanso y su soledad, no confía en casi nadie.

Un ser humano en su sano juicio no intentaría invadir la fortaleza del Diablo.

Aun así, a los enemigos les encantaría exhibir el cráneo de la leyenda en sus comedores, por eso es imprescindible que mantenga a algunos hombres cerca, en posiciones distintas, atentos, esperando lo peor, incluso cuando todo está bajo control.

Al bajar del coche, me encuentro con Francesco Mancini. Además de ser el jefe de seguridad de la mafia, es el braccio destro [12]de Edoardo. Antes de que diga cualquier cosa o intente darme una explicación por estar aquí y no en la mansión, pregunto, impaciente:

—¿Dónde está?

—En la sala de entrenamiento, Don.

Son las dos y media de la madrugada.

—¿Borracho? —pregunto.

—No más de lo habitual —responde.

Entro en la casa y Francesco viene justo detrás de mí.

El interior de la residencia es frío, pero impecable, bonito de una manera que no encaja con el sadismo de mi hermano. Parece un escenario escogido para oponerse al monstruo que vive dentro de su dueño. Suelo claro, paredes limpias, obras de arte caras. Lujo, riqueza y cultura.

Oigo un sonido, un impacto seco, repetido, en una cadencia violenta. El sonido de un cuerpo chocando contra algo.

Seguimos el sonido por un pasillo que baja al subsuelo y, cuando la puerta doble se abre, lo avisto de inmediato.

Edoardo está en el centro de la sala, sin llevar nada más que unos calzoncillos negros.

Igual que yo, en el día a día esconde bajo los trajes caros innumerables tatuajes.

La diferencia es que aún consigo contar los que me he hecho.

En cambio, El Diablo tiene el cuerpo completamente cubierto, y los dibujos negros e intrincados ahora están empapados de sudor.

Lleva las manos envueltas en vendas que deberían ser blancas, pero que ahora están manchadas de rojo.

El saco de boxeo se balancea con violencia, como si intentara huir de él.

Por el rabillo del ojo, diviso a dos mujeres desnudas, tumbadas sobre el tatami, una de ellas con las manos atadas con una cuerda, mientras que la otra tiene marcas rojas en el cuerpo, una de ellas del tamaño exacto de la palma de la mano de Edoardo.

Al principio temo que estén muertas, pero pronto una de ellas, morena, con el pelo negro y largo, se mueve, soltando una risa estridente en respuesta a algo que dice la pelirroja.

Aparentemente no son rehenes, están tiradas allí, inertes, después de que Edoardo descargara su furia en una follada a tres consensuada.

Pero ni siquiera eso parece haber sido suficiente para que volviera a tener la mente bajo control.

Él da otro golpe más y solo entonces gira el rostro en mi dirección. Los ojos negros me encuentran con la misma precisión de siempre.

Sonríe.

—El rey de Italia ha venido hasta mi humilde residencia. —Su voz suena demasiado calmada para alguien que más bien parece un cuadro de sudor y sangre—. ¿Es un honor o una amenaza?

—Deja de decir tonterías, estás descargando tu rabia en la persona equivocada. —Me vuelvo hacia Francesco—. Déjanos a solas. Y llévate a esas dos contigo —completo, señalando a las putas tiradas en el suelo.

Las mujeres reaccionan a la voz de mando. Enseguida se ponen de pie, después de que una desate a la otra, recogiendo sus ropas y zapatos, y acompañan a Francesco fuera de la sala. Solo cuando Francesco cierra las puertas, me vuelvo hacia Edoardo.

—¿Por qué iba a amenazarte? Somos hermanos, joder. Ya va siendo hora de entender que, si peleamos entre nosotros, entonces sí que estaremos jodidos.

Su sonrisa crece un poco, casi como si sintiera un orgullo venenoso por mi respuesta.

—¿Entonces quieres tregua?

Avanzo un paso, entrando de lleno en su espacio.

—¡Pero qué coño! ¿Tregua de qué exactamente? ¿Estás cabreado porque le di a Filippo el cargo de consigliere?

—Yo ni siquiera quería esa mierda... —dice, entornando los ojos.